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Los 90 en 200 discos (o casi) que hay que (re)descubrir (Parte XL)

1 Comment 24 October 2007

Laughing Stock – Talk Talk (1991)

Con el paso de los años y de los discos, Mark Hollis se había hecho con el control absoluto de Talk Talk. Cierto que siempre fue el líder o el cabeza de familia, pero su personalidad se fue adueñanado de casi cada segundo de canción, de cada letra impresa. Pese a todo, el propio Hollis se ha encargado siempre de matizar esa sensación dándoles a compañeros como Tim Friese-Greene más importancia de la que los críticos y periodistas musicales le otorgaban. Por el camino, el grupo había perdido a su bajista, Paul Webb, y en 1990, cuando entraron al estudio a grabar su nuevo disco, sus integrantes no se encontraban en un gran momento.

A Mark le gusta el silencio. Lo ha asegurado en bastantes entrevistas y, con el paso de los tiempos, ha hecho de él un elemento más de sus música, uno tan importante como el piano o las guitarras. Tanto como su tremenda voz, que en la madurez (en este Laughing Stock, por ejemplo) adquirió toques de negrura y profundidad muy poco típicos.

A Mark le gusta no escuchar nada y casi todo en Laughing Stock, con sus tonos jazzies, con su atmósfera de penumbra, parece temer romperlo. Ya desde el inicio, cuando durante 20 segundos el disco se paraliza y no arranca. Los cinco minutos que siguen a esa pausa sonora, los de la intensa Myrrhman, son la puerta de entrada a unos Talk Talk renovados y acosados por un entorno poco propicio. Hollis vivía aislado. En declaraciones de Phill Brown, ingeniero de sonido del disco:

“Mark no se comunicaba con nosotros. No esperaba que él lo hiciese con los músicos de estudio, porque nunca lo había hecho, pero sí con Tim y conmigo. Aquella época era de risas y de animación, pero él se pasó la mayor parte del tiempo mirándose a los pies mientras los tres trabajábamos.”

A Mark le gusta tanto el silencio que le dijo a algunos de sus amigos que los mejores momentos de muchos discos eran las pausas entre canción y canción. Y no le gustan demasiado que otras personas, aparte de esos amigos, metan mano en sus obras. Por eso, en Laughin Stock, y pese a que 21 personas están acreditadas durante su grabación (y más de 40 participaran en ella), la mayoría de los instrumentos pasaron por las manos del trío fundacional de la banda. Lo asegura Tim Friese-Greene:

“Preferíamos escribir los arreglos nosotros y tocarlos también nosotros, porque así no lo íbamos a echar a perder. Y cogimos bastantes instrumentos a los que no estábamos acostumbrados, tocándolos desafinados o haciendo que entrarán en el momento incorrecto, pero que, inevitablemente, se convirtieron en los mejores fragmentos de las canciones. Laughing Stock está hecho de cosas que son irrepetibles”.

Irrepetibles y nada sencillas. Pese a una primera apariencia, el último disco de Talk Talk es rico en matices, casi ostentoso. Lo esconde bien porque está en clave baja, casi en un tímido hilo musical. También por la importancia de lo que no suena. Pero lo que sí se oye es mucho y muy bueno: cosas tan sorprendentes como el ruido que inunda After The Flood aproximadamente a la mitad de la canción (que, no lo olvidemos, es una de las esenciales del disco, con sus nueve minutos y pico de duración). Hecho con un sintetizador alemán controlado a través de la respiración que Mark nunca llegó a controlar bien. ¿Artie? Puede. Pero de espectaculares resultados.

After The Flood, de apocalíptico y casi dylaniano título, fue la última canción que terminaron para Laughing Stock. La pusieron como cierre de la cara a, donde tiene más sentido que en la secuenciación en cd, que la deja situada justo en mitad del disco. Antes de ella, además de Myrrhman de la que Phil Brown cree que sintetiza todo lo que la banda quería ser, está Ascension Day, la más sonora y brutal de todas las canciones del disco, la que menos espacios deja al silencio.

Como bien indica Ivan Conte en su artículo respecto a este disco Ascension Day recuerda por igual a Coltrane y a Branca y da sopas con honda a cualquier intento de la época en meter el jazz en un contexto más rockero. Sin veleidades de pianobar, sin desbarres freejazz tampoco, Talk Talk logran en Ascension Day una de las canciones más intrigantes de la década.

Frente a ese triplete ganador, Taphead parece ser el eslabón débil de la cadena. Es culpa de escuchar en cd un disco pensado para el vínilo. Tras After The Flood se hacía indispensable una pausa para cambiar de cara el disco. Vista así, Taphead no sería la peor canción de un disco inmenso, sino el segundo quicio a un universo en expansión, cambiante.

En cualquier caso, tras ella se presenta, de sopetón, la dulzura personificada, New Grass, un tema donde la garganta Mark se hace definitivamente inmortal, acompañando a una batería tocada con escobillas (jazz no sólo por eso, que el sello Verve resucitó de entre los muertos para dar cabida a este disco entre su catálogo) y a una estructura repetitiva, pero no inmóvil.

Después de la inundación y de que haya crecido la nueva hierba, Talk Talk acaban refugiándose en un órgano y en una guitarra slowcore para dar forma a una canción, Runeii, que se pone en rampa de lanzamiento hacia una explosión que nunca llega, porque está contenida, retringida a que el silencio haga su trabajo de demolición. Teñida con metáforas religiosas, como todo el resto del disco, Runeii pone un hermoso anticlímax a Laughing Stock y a toda la carrera de Talk Talk. Curioso final para un disco de bella portada y también para una banda que empezó en el pop y acabó en la antítesis. Una carrera de valientes, un final a su altura.


Laughing Stock en La increíble verdad

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Los 90 en 200 discos (o casi) que hay que (re)descubrir (Parte XXXIX)

No Comments 19 October 2007

Me, Me, Me – Air Miami (1995)

Cuatro años necesitó Mark Robinson para que la ruptura de Unrest (longeva banda del underground USA de los 80 y principios de los 90) no fuese en vano. Junto a su ex-compañera de banda Bridget Cross y el batería Gabriel Stout (más bajistas varios), capturaron como Air Miami la efervescencia del sonido indie-rock estadounidense y de las “college radio” o radios universitarias, donde se cocinaron gran parte de los sonidos ajenos al mainstream que tanto gustan a quien firma este blog.

Ese “College Rock”, apelativo aún no sé si de tono despectivo, tenía bastantes más caras de las que a primera vista pudiera parece y Me, Me, Me es el disco que puede servir de resumen. Entre el pop mínimo de Seabird y el punk acelerado, de clase media y de niños bien de I Hate Milk, el debut y único disco de la banda actúa como si de un gran hipermercado del indie-rock se tratase. Eso sí, todo lo que venden son delicatessen de cuidado.

A ver: ¿qué era el indie? ¿Contrastes de voces femeninas y masculinas envueltas en seda y acompañadas por bases rítmicas contundentes? ¿Las Marine Girls? en la zona dedicada a Special Angel tienen de todo eso al mejor precio y con una calidad. Si se la llevan, pueden probar también con la suavidad ensoñadora de Afternoon Train, estos días en promoción especial.
 

¿Nada que echarse por encima? En nuestra sección de jerseys twees encontrarán también algún anorak, igual a los que lucía usted cuando era joven.

¿Cerveza y panchitos, pero aún sin una música agradable con la que aliviar la espera de un nuevo disco de Yo La Tengo? Seguro que Dolphin Expressway es su mejor aliado.

¡Sorprenda a sus amigos con las mejores barras de caramelos desde el Psychocandy!: llévese en su carro la penetrante Sweet as a Candy Bar.

¿Hijos con acné? Cómprenles una guitarra para que se desfoguen en himnos de punk adolescente (You Sweet Little Heartbreaker) y que digan cosas como I´m gonna fuck you up today.

Advertencia: aplicar con cuidado en las zonas íntimas.


¡Stocks fuera! Cojan todo cuanto puedan y sepan que jangle y jingle pueden ir juntas (Definitely Beachy).

Pd: Aceptamos pagos a crédito para todos las edades. Consultar condiciones.

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Los 90 en 200 discos (o casi) que hay que (re)descubrir (Parte XXXVIII)

1 Comment 15 October 2007

Grand Prix – Teenage Fanclub (1995)

Thirteen fue un golpe al estómago de los que (creánselo, fue así) en las Islas Británicas habían acogido a Teenage Fanclub como los Nirvana ingleses. Aquel disco de producción horrible y canciones bastante más estimables de lo que la prensa musical de por aquel entonces nos quiso hacer creer tuvo que lidiar con el final del zeitgeist: de repente, Teenage Fanclub no eran un grupo enorme de guitarras eléctricas, sino otros nuevos seguidores de Big Star y demás ralea pop. Nostálgicos. Repetidores. Olvidémonos de ellos: sigamos en la pista de baile.

Y así llegó Grand Prix. Según las anécdotas, el disco en el que Norman encontró a su mujer Krista. O el álbum en el que desapareció Brendan O´Hare de la batería. O ésa obra que David Bianco, amigo personal de Frank Black, les pidió producir. Cuando llegaron a Oxford y se pusieron a tocar Neil Jung por segunda vez en el día, Bianco recuerda que pensó: “Ésta canción es la hostia”. Lo mismo de Sparky´s Dream, una de las primeras que Grand Prix te graba a fuego en la memoria. También, según la opinión de los cuatro, la mejor del disco.

No les quitemos mérito: los escoceses son responsables de sus buenas canciones. Pero en Grand Prix, la figura definitiva es la del productor. Bianco limpió el sonido de Teenage Fanclub con mimo, como si de un cristal finísimo se tratase. Saneó las canciones, les robó feedbacks y eléctricas saturadas y ni siquiera cayó en la tentación del muro de sonido de guitarras powerpop.

Bianco evitó en la medida de la posible que Grand Prix fuese abigarrado y lo que salió fue un disco que respira aire fresco por todos sus surcos. Él amaba al grupo (“a no ser que estés muerto, no puedes evitar enamorarte de ellos”, dijo allá por 1995 a la revista Mojo), sus “grandes canciones pop”, sus exhuberantes melodías, su armonía, sus voces (¿alguien les preguntó alguna vez por qué todos cantan igual de bien?) y quiso hacerles justicia. Hablamos de alguien había trabajado en discos de Tom Petty o Mick Jagger; es decir, de un productor totalmente mainstream, alejado del mundo de los hypes y de la suciedad autoimpuesta de muchas bandas underground.

En cierto modo, Grand Prix es uno de los discos más revivalistas de los 90. Entiendame todos bien: lo digo desde el enamoramiento absoluto, pero con la conciencia de que sus canciones son una continua mirada nostálgica al pasado. Si hasta Bandawagonesque a Teenage Fanclub aún los podías hilar con el presente, a partir de Grand Prix ya sólo serán artistas de otros tiempos los que puedan citarse al hablar de ellos. Desde esa perspectiva, no sorprenden nada textos como “la rebelión es un tópico”, que cantan cándidamente en Verisimilitude. Para ellos está claro que así era. Lo bueno es que, instalado en su mundo musical, el oyente también podía pensar así.

Grand Prix se grabó en cinco semanas. En sólo cinco semanas. Una cifra absolutamente ridícula si se tiene en cuenta que lo que suena está tan elaborado como el pop cinemascope de Don´t Look Back (canción para romperse una y otra vez), ese tema que toda banda deudora de Big Star y los Byrds quiere hacer, pero que casi nunca sale: siempre se acaba estancando en lo tópico, en lo mil veces escuchado antes. O Mellow Doubt, suicida primer single del disco, la enésima canción acústica de Norman, la enésima también que sonaba a cielo, a ángeles y a lágrimas lloradas por amor. A cosas hermosas y sencillas.

“Just something simple and unaffected”, como cantan en I´ll Make It Clear. Decirlo es fácil. Hacerlo y que no haya forma de ponerte a parir no tanto. Sobre todo cuando la banda ha estado al borde del adiós. Cuando a raíz de tu carrera musical has tenido que dejar amigos atrás (Brendan O´Hare). “Música para cuando vuelves a casa de juerga, no para cuando estás a punto de salir”: palabras de Gerardo Amor.

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4 Comments 15 October 2007

(Lo explica Loveof74)


“Es muy importante saber cuando entrar. Lo dicen los expertos en karaoke y nuestros amigos ligones, esos que con dos miraditas y media sonrisa acaban sudando entre sábanas.

Yo nunca he sabido. O No he querido. Vale, esta última es fruto de la autosugestión. Pero con Teenage Fanclub no es tan fácil darme el palo

Ellos y yo, separados varios cientos de miles de kilómetros, hemos llevado una vida paralela. Empezamos católicos, seguimos reyes, nos montamos en el dólar y hasta disfrutamos con aquella maqueta en formato CD que tenía el número favorito de Angel Nieto en la portada. Por cierto, que esa es otra. ¿Acaso los melódicos de Glasgow son amantes de las causas perdidas y ofrecer su artwork a la gente de la ONCE escocesa? Porque, hay que ver…

Menos mal que el contenido les salva. Aunque en este caso no pueda seguir la gran marea española de “¡El Songs from northern Britain es un disco cojonudo!”. Muchísimo más deslavazado que el Thirteen (grandes canciones mal grabadas. Si no lloras con Tears are cool es que eres descendiente de los nazis), la primera de las aportaciones democráticas en las que piedra, papel y tijera escribían todas las caniones se queda en eso, en experimento gaseoso.

Lastrado por una ecualización monocorde y plana, sorprendidos por tener que tener todos los miembros el mismo poder para que no nos pase como a los Smiths. Las canciones del norte de Inglaterra tienen demasiados altibajos para estar basadas en los Beach Boys y en los Byrds. Era mala época, lo se, pateados de Creation cuando llevas 6 años girando por el mundo, con Sony apostando por Oasis y su Farlo-rock. Intuyo que a mí, en una disyuntiva similar, me pasaría algo igual. O Peor

Yo no quiero convencer a nadie. Nunca lo intenté. En mi defensa diré que hace 3 años que ese disco no suena en casa, que Grand Prix viaja conmigo cada vez que cojo dos autobuses y que el último de los cuatro encantadores me sigue pareciendo maduro como un tomate de huerta. Así se lo diré cuando coincida con ellos el próximo 29 de septiembre de Donostia. Yo actuaré, y ellos pinchan.

(Este texto fue escrito hace más de un mes, pero por culpa de la estresada vida laboral de un servidor, no lo pude subir aquí a tiempo. Si quieren saber qué les dijo Love a los Teenage en Donosti, pueden seguir sus andanzas aquí. Si quieren saber cuál es el disco olvidado de Teenage Fanclub elegido por este blog para su lista de los 90, permanezcan en sintonía)

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Los 90 en 200 discos (o casi) que hay que (re)descubrir (Parte XXXVI)

3 Comments 04 October 2007

Radio Hits 1 & 2 – Helen Love (1994 & 1997)

Summer pop radio,
Plays the hits we all know,
All your favourite happening bands,
Are being played in radio land…

¿Qué se puede contar de un disco (o de una pareja de ellos, mejor dicho) que contiene una declaración de principios tan clara como la que dice “Rockaway Beach for me, Heartbreak Hotel for you“? ¿O que contiene una canción llamada Summerpop Radio?

A ritmo de casiotone, fuzz y voces pizpiretas y gritonas, Gales dio vida a otra de las bandas ínfimas en repercusión pero con un culto creciente. Y, en su momento, casi una necesidad histórica, puesto que en las islas crecía el adocenamiento britpop (¿nos ponemos a dar nombres de bandas de mierda?).

Helen Love no sólo han camiando por el lado amable de la vida, sino que le han puesto banda sonora a los sueños adolescentes de los que se quedaron colgados, musicalmente hablado, con una pata en el punk y otra en el año (C-)86.

Los Ramones olían a espíritu adolescente playero y aquí sobrevuelan todos los surcos e, incluso, a veces aterrizan en ellos bien en forma de sampleado, bien de homenaje explícito (Joey Ramone se llama una de las canciones del primer volumen), bien de letras hablando de cuánto les gustan (he perdido la cuenta). Curioso lo de la banda neoyorquina: son uno de los grupos más reverenciados y con más seguidores desde que nacieron, pero su influencia puede ir desde lo más perjudicial (horribles bandas de punk que no han entendido de la misa, la media) hasta lo más inesperado (Helen Love, por ejemplo, captaron el mensaje y las aficiones musicales de la familia Ramone y la adaptaron a un nuevo contexto, en el que la velocidad la ponía la caja de ritmos o el casio).

El verano a toda pastilla (6 weeks out of time, with nothing on my mind than you and me) y la cultura pop desde la base (Greatest Fan) son los dos grandes núcleos temáticos de una banda que, aunque funcione bien en disco, es en single donde se gana todos los corazones. De hecho, los Radio Hits no son más que recopilaciones de caras a y caras b, el modo arquetípico del funcionamiento del pop hasta que se hizo (¿demasiado?) adulto.

El lema-canción Love, Kiss, Run, Sing, Shout Jump! define mejor que mil de mis palabras estos éxitos de una radio inexistente, una cuya programación aún nadie se ha atrevido a programar de verdad. ¿Y quién no piensa que nuestras emisoras musicales están adocenadas?

Si alguien más, como yo mismo o Nick Cohn, a quien voy a citar textualmente, piensa que el pop ha de ser “principalmente un negocio de bandidos, dirigido por variopintos aventureros, vendedores de pócimas e inspirados lunáticos”, en Radio Hits tiene brebajes de la eterna juventud a cada segundo.

Do you go bang shang alang, everytime you see him,
Do you go bang shang alang, everytime your near him,

En Internet
Un repaso anotado a la discografía de Helen Love

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Los 90 en 200 discos (o casi) que hay que (re)descubrir (Parte XXXIV)

1 Comment 24 September 2007

Tras el último no va nadie – Los enemigos (1994)

La vida mata, sí, pero antes te da buenas hostias y algunas alegrías. No es ser tremendista: vivir mola, aunque a veces se haga duro. Y si eres un perdedor, la cosa está jodida. Al menos te cabe la esperanza de saber que tras el último no va nadie.

Esa máxima encabeza el disco ‘perdido’ (o casi: es inencontrable en las cubetas de más de medio país, mientras el resto se puede encontrar sin dificultad) de Los Enemigos. Una obra magna disfrazada de continuismo y que alberga por igual frases con lo mejor y lo peor de Josele Santiago y los suyos: en ella se dan citas tibias reflexiones en clave de humor y magníficos recuerdos de cómo encajar los golpes sin parecer sensiblero.

Aquí, Los Enemigos abren foco, cambian de punto de vista y se lucen. Su rock que empezó vacilón pero ya había pasado a ser existencialista brilla en la inicial ¿Por qué yo?, ejemplo inmejorable de la escritura seca y cortante de Santiago. Les funciona la misma receta en El ring (plena de ritmo, groovie), en Las Tornas (acelerando para igualar lo ya consegudio en Brindis, de La vida mata) o Nada, con tremendos versos:

Camino cortao,
la inmensa pared que ríe.

Hasta aquí hemos llegao,
amigo ahora usted decide.

Camino cortao, y en la pared,
camino cortao, martillo y cincel.
¿Martillo y cincel?
¿Desandar lo andao?
Y se ríe la pared.

Te has dejao la piel,
ahora tienes ¿qué?, nada.

Camino cortao,
la inmensa pared se ríe.

Camino cortao, y en la pared,
camino cortao, martillo y cincel.
¿Martillo y cincel?
¿Desandar lo andao?
Y se ríe la pared.

La receta está a punto de patinarles en la cáustica No importa, de sonido fiero aunque ligeramente inferior. Precisamente ésta es la que demuestra la importancia de Fino Oyonarte en cómo suena este disco. Editado casi a la vez de que el Enemigo bañase en ácido ruidoso a Los Planetas (¿o fueron ellos los que lo hicieron con él?), Tras el último no va nadie es rocoso, las guitarras se apropian de todo desde el primer renglón y Josele Santiago sepulta su voz detrás de todo.

¿He oído Los Planetas? Obviamente, a ellos suena Sin Hueso (y por algo la grabaron junto a los granadinos en concierto para las Obras escocidas): psicodelia ruidosa de hermosos contrastes. Tampoco es difícil imaginar Clonaciones SA como uno de los himnos escritos por Florent, justo antes de ponerse a pensar en El artista madridista o cosas así.

La venganza de HP Expósito también podría ser granadina, pero de unos Lagartija Nick menos crípticos, menos cíber y más malasañeros. Su divertido letra es uno de los escasos momentos de relx y sonrisa (junto a Clonaciones SA) en un album trazado con desesperanza y dolor. No del físico, sino del emocional. Y no del fingido, sino del auténtico, del que se supera porque no queda más remedio que hacerlo.

La espera podría ser tan sólo un medio tiempo de blues-rock sin más, pero Josele Santiago no se calla sus decepciones. Armado de una calculada ambiguedad, lo mismo puede hbalar del amor que de la muerte, del éxito que del fracaso. Abrazando una religión cualquiera (podría ser el fútbol, ya digo que todo queda en el aire), el protagonista aguarda su gran momento: “ Mientras llega sólo tienes que esperar. / Fe y paciencia nada más.”. ¿Y si no llega? La última frase es desarmante: “¿hay cerveza en la nevera?”

Antes, La carta que no… es la hermosa confesión de un amigo muerto desde el otro lado. Perfecta toma acústica donde el romaticismo callejero alcanza una cumbre de inesperada delicadeza. No puedo imaginar voz más acorde con el tema (y menos sensiblera; por ello también más acertada) que el lamento ronco y austero de Josele.

Sueña (por mí) es, por contra, el reverso, la petición que los vivos le hacen a los que miran desde allá.  “¿Lo recuerdas? Yo sigo aquí / apurando tu sueño hasta el fin, / sueña por mi”.

Broche de oro para un disco que (parafraseándolos) “no es de amor, es de amar”.

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Los 90 en 200 discos (o casi) que hay que (re)descubrir (Parte XXXIII)

5 Comments 14 September 2007

It´s a Shame About Ray – The Lemonheads (1992)

Evan Dando es una contradicción con patas, el sísifo de la canción pop alternativa. Tenía tantos motivos para ser feliz y convertirse en una estrella y tan pocas maneras para desperdiciar su don que decidió tomar el camino difícil. Ésta es la historia de un músico empeñado en lograr algo y que siempre se quedó al borde, por su propia culpa.

It´s a Shame About Ray debería haber convertido a Lemonheads en cabeza de león. Como cabezas de ratón llevaban ya un tiempo entregando discos irregulares pero disfrutables y como colas de león se pasarían el resto de su carrera (incluso tras su vuelta hace ya unos cuantos meses), dando canciones muy buenas junto a otras que daban risa.

La culpa la tiene su líder y el único motor del grupo: un tío tan pagado de sí mismo que no dudaba en utilizar unas fotos en la cama para hacerse propaganda. Alguien que creía que el estrellato pop simplemente consistía en salir en la sección rosa junto a miles de amantes.

Evan Dando era un superdotado. Seguramente en lo sexual también, a juzgar por su físico y por su notable lista de amantes, pero aquí lo que nos ocupa es lo simplemente musical. Y ahí, el tipo tenía una mano increíble para hacer que el chicle pareciese alternativo, para darte la misma canción de siempre envuelta en guitarras razonablemente ruidosas y melodías nada obvias.

Dando había pasado por su fase hardcore y, dando una voltereta en triple mortal, también había probado sus influencias country. Pero nada de eso ocultaba lo que siempre había querido hacer: hits masticables y escupibles al momento, bubblegum pop para la generación X.

En It´s a Shame About Ray lo consigue. Curiosamente (dado lo bajo de su deseo), apelando a una inteligencia bastante por encima de la media de los músicos de su generación. Aquí no hay berreos ni frases pretendidamente surrealistas que esconden el vacío más absoluto. No, no, no. Aquí hay hay un narrador consistente con algunos de los puntos de vista más extraños y sin embargo plausibles de la época.

Véase Rockin´ Stroll , el vibrante número que abre la función. Obsérvese como Dando habla de los primeros pasos de un bebé como metáfora de vaya usted a saber qué y piénsese en cómo contrasta la letra con los latigazos eléctricos de la canción. Onomatopeyas de nuevemesino (gdunk gdunk gdunk gdai) en envoltorio de rock alternativo, ¿quién da más rareza?

En serio, es sorprendente desentrañar cada uno de los recovecos de este disco. Pero lo mejor es que todo viene después de la música, porque ésta brilla con luz propia. Guitarras rasgadas para evocar un divorcio en Confetti (la canción que imitaban una y otra vez los primeros Australian Blonde ), R.E.M. (y sus mandolinas) y Sonic Youth (y sus afinaciones sui generis) colisionando de manera perfecta en Rudderless (uno de mis himnos generacionales, quizas el #84) o Juliana Hatfield ejerciendo de enfadada en el previo de una de las canciones más dulces (y más simples, bubblegum de nuevo) de todo el disco, Bit Part (“quiero ser algo más que una pequeña parte de tu vida, algo que más un breve cameo“, dice). Hermosísima es Hanna & Gabi, la más country de todo el lote, con una steel que rompe por dentro y una letra que lo hace por fuera (you can scream but I’ll just dream how you might dissapear; sí, a mí estas frases me impresionan).

Todo el disco está atravesado por un rayo de melancolía que brilla con luz propia en la letra fúnebre de la titular (donde Ray tiene su nombre grabado en una piedra, ¿sera una lápida?) o en la terrible Buddy (que fue renombrada así después de que algunas cadenas comerciales no quisieran apoyar un single llamado My Drug Buddy) donde ella reconoce que las adicciones no sólo pueden venir de las drogas, sino también de las personas enganchadas. Afortunadamente, Evan Dando acelera el pulso cuando el edificio le resulta demasiado traumático y así crea algunas de las canciones de los 90 más dolorosas y, no obstante, más pegadizas (porque duele oír cómo se enamora, la verdad, cuando escupe -y las escupe, en serio- frases como “she’s the pebble in my mouth and underneath my feet she’s the puzzle piece behind the couch that made the sky complete, Alison’s starting to happen“).

Yo era un pipiolo cuando este disco llego a mi vida. Pero un pipiolo de libro: con tanto por hacer que cada paso nuevo dolía, con tanto por dar que me lo quedaba para mí mismo. No tenía ni idea de música (ahora tampoco, pero lo oculto bajo una fachada de mil discos oídos) ni tampoco sabía que existía un musical llamado Hair. Había visto el graduado y, seguramente, no la había entendido (quizás incluso le había dado al fast forward para ver el momento en que había esperado que Anne Bancroft se desnudaba, sin éxito): No hubiera entendido que Frank Mills fuese una versión (tan delicada y fuera de lugar ella). Pero Evan Dando, a quien ya había escuchado en el magnífico (aunque terriblemente irregular) Come On Feel, me metió un golazo por toda la escuadra que me dura hasta hoy.

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