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España no siempre is pain. Para los que vivimos de espaldas a la realidad, diferentes planes y diferentes estrategias de las manos de muchos sobresalientes artesanos y sólo un genio granadino. Y ése no es Lapido, que conste.
El triunfo de la constancia, de un corredor de fondo que ya derrochó talento con los añorados 091. El triunfo de alguien capaz de convertir la miseria y la derrota en bellas estrofas de poesía, no sólo en simples canciones. La victoria de quien sabe que ya no tiene nada que perder y vuelca todo su corazón en lo que mejor sabe hacer: rock en estado puro, clásico y moderno, lo que otros desean y sólo pueden envidiar. El mejor disco del año porque tiene también las canciones más bellas, como esas mentiras que formaron parte de nuestros mejores días. Lapido derrocha genio y nos da el lugar y el tiempo en el que quedarnos para siempre.
De la mímesis a la tesis en 11 canciones (y un diamante escondido). Pianos, vocoders, épica con buen gusto y mucho, mucho acierto para temas intensos, todos por igual. Love Of Lesbian han encontrado aquí sus distintas maneras de escapar de ellos mismos y, a la vez, permanecer fieles. Melancólicos, como en ese Domingo Astromántico en el que vuelan los manteles, eufóricos, como en la Carta a Todas Tus Catástrofes, vodevilescos que aún añoran a Marlene, la vecina del ático o simplemente tremendos, concisos y brutales, como esos Niños del mañana. Ni pizca de ganas de escapar de este ascensor en el que suena semejante música.
Para llegar lejos siempre es necesaria la ambición, pero aún más el riesgo, la capacidad de mandarlo todo al carajo y plantarse, empezar de cero. Jet Lag ya era un buen grupo de pop, uno de los mejores en España cuando se trataba de acelerar guitarras. Pero, contradiciendo a la máxima de Alfonso Guerra, ellos se han movido y han logrado -¡por fin!- salir en la foto de los medios. Lo han hecho gracias a un disco de tonos melancólicos, menos Wilco de lo que en principio pudiera parecer y en el que lo que importa, a pesar de la magnífica producción y los muchos instrumentos, es lo básico: unas canciones eternas. Los rascacielos no se derrumbarán, pero las reticencias sí. Grandes.
Un corazón que explota, diez canciones desesperadas y ninguna -o todas- de verdadero amor. Deneuve, que podían ser el grupo más artificial de toda la escena española, vuelven a tirar de concepto y triunfan por un sonido diez: guitarras encendidas, su violín quemando en cada aparición, letras al filo de lo ridículo y un vocalista especial. La receta para despertar a salvo de los incendios que ahora nos queman y la mejor manera de recordar que, muchas veces, lo perverso es que aún ignoren que usamos a los demás para encontrar donde estamos. Nunca una frase tran truculenta como “a los quince años muy pocas alcanzan tu nivel” sonó tan romántica.
Nunca va a ser famoso. Nunca España va a entender el inmenso -aunque esquivo- talento que tiene Antonio Luque. Lleva ya tanto tiempo dándonos pequeñas grandes alegrías que corrre el riesgo de desaparecer en sí mismo. Que este año se atreviese a hacer pop no cambia nada. Nunca superará El por qué de mis peinados. Nunca podrá ser la estrella rutilante del universo musical, sea indie o no. Qué mas da. El romanticismo de Morado, las aventuras infieles de Remordimientos, el poema flamenco de El Rito, el punteo inicial de El Rayo Verde o los tesoros hundidos en El Cabo de Trafalgar… Todo eso ya convierte esta nueva aventura chinarra en otro disco imprescindible. Y van…
Kiko Veneno siempre ha sido el vacilón más triste de este país. Desde los tiempos de Veneno hasta ahora, su tono jovial y su alegría en la cara han estado marcados por una pena flamenca genuina. Ahora, mientras le pide a ella que, por favor, se lo lleve todo, y que recupera su mejor pulso en temas como Pistachito, el veneno más dulce de España se atreve a recuperar el ritmo mítico de Volando Voy y convertirlo en Contigo. No se queda corto cuando le canta a su Morena y llega allá donde progres como Sabina o Ana Belén nunca pudieron imaginar en la mejor canción protesta española que recuerdo (al menos, desde La Funcionaria, de Vainica Doble), la mordaz “Hoy No”. Le necesitábamos recuperado y, como el hombre invisible, ha llegado sin avisar.
Hay que dejarlo claro, y decírselo a todo aquel que no trague con el flamenco: Enrique Morente es un genio musical, el único capaz de pervertir una vez tras otra los géneros, hacer hervir la sangre integrista de los “más puros” y el único que ha logrado que muchos jóvenes hayan girado su vista hacia un género puramente español, pero perjudicado por tantos misterios y por haberse convertido en el nuevo jazz, la música culta que “hay que oír”. Ahora que muchos han conseguido que el flamenco se encierre en los teatros, Morente lo saca a festivales y lo junta con gente tan diversa como Sonic Youth, Khaled, Khaled o Pat Meheny. Esto ya es suficiente defensa pero hay más: discos de tan viva emoción como este Sueña la Alhambra. Una vez más, los pelos de punta.
Duele más este adiós que el de Chucho, pero sólo porque Mercromina han editado disco este año y Fernando Alfaro no. Quizás estemos diciendo adiós atoda una generación de grandes músicos que, pese a la incomprensión, han sabido hacer de cada nueva obra un pequeño monumento al cambio. En esta cumbre tan alta, Mercromina, sin saberlo, ya dejaron muescas para adivinar su adiós. Canciones para la decepción y el final de una (nueva) quimera. Hubieran podido repetir las tormentas de guitarras de este disco mil millones de veces y no hubiera pasado nada. Han preferido marcharse así y nos dejan el mejor sabor de boca posible. Dan ganas de insultarles, pero mejor les adoramos.
Unos se van y otros llegan y el recambio no puede ser más prometedor. Fino y Cristina habían avisado previamente, pero, en realidad, nos habían engañado con pequeñas maravillas contagiosas como Mundo. Ahora, a los mandos de un cohete mucho más versátil, regalan a los aficionados un gran disco indie, como hacía mucho tiempo que no se oía por aquí. No sé si llegan tarde o demasiado pronto (el revival aún no está aquí) pero se traen bajo del brazo buenas canciones que algún día -espero- serán las peores de su repertorio. Se adivina mucho futuro, se presencia mucho presente, ¿qué mas se puede pedir a un debut?
No parece Nacho Vegas la persona capaz de entregar un disco mediocre. Seguramente, sí el músico proclive a anclarse a un estilo muy definido y variar poco. Puede que sea el típico cantautor incapaz de ir más allá de su propio personaje. Eso lo dirá el tiempo. De momento, en su tercer disco largo (aunque sus eps nunca son cortos) Nacho Vegas se ha depurado a sí mismo, se ha hecho acompañar de una banda tremenda y le ha dado bríos rockeros a unas canciones, las suyas, con cierta querencia acústica. Además, ha entregado algunos de los mejores versos del año, como toda la Nuevos Planes, Idénticas Estrategias y nos ha hecho estremecer con la balada de la década: Ocho y medio.
A medianoche puede salir el sol. Es un acontecimiento extraño, que impregna de rareza el día. Hay también países en los que casi nunca es de día y, sin embargo, el sol sigue presente. No es ciencia ficción, sino una realidad sorprendente. El primer disco de Mate consigue precisamente imitar esa sensación de sorpresa. Lo mismo suena espacial que calidamente ínitmo, lo mismo podríamos estar en Donosti que en una estación espacial en la que se escucha un disco de Madchester. Se puede escuchar el silencio y luego componer un disco así. Se puede escuchar un disco así, pero luego es difícil aguantar el silencio.
Han crecido demasiado para este circo de enanos español. Han crecido lo suficiente como para dejar de sonar a Los Planetas, a pesar de que podrían hacerlo prácticamente sin esfuerzo. Han girado la cabeza hacia los años 60, pero en este caso la coartada retro no suena forzada, sino mamada desde siempre. Han pensado que podían estirar las canciones, llenarla de giros, dotarlas de voces angelicales y salir vivos del intento. Han causado numerosas deserciones entre los fanáticos de su primer disco y han dejado descolocado a prácticamente todo el mundo. Dicen llamarse Lori Meyers y así lo pintan en la puerta de su hostal, pero casi parece que el local haya sido traspasado a otros. Casi triunfan.
ainica Doble fueron grandes. Corazón, como los primeros La Buena Vida, las citan para crear este Melodrama bellísimo, que pudiera ser mainstream si las propias autoras de Taquicardia hubieran abierto las mentes de los españoles. Como no ocurrió, Corazón es un disco para disfrutar a solas y compartirlo con muy poca gente. El resto, que sigan riendo. También The Sounds Of Silence parece a muchos una canción de misa.
Pues eso, cursis y blandos como cualquier grupo del Donosti Sound, pero con suficiente talento para romper prejuicios. Y con una fábula de amor escolar para los que aún echan de menos aquellos años de recreo. La letra pequeña vuelve a vencer.
En este disco me cansan las voces, me sobran muchas canciones y, en el fondo, me avegüenza que me guste. Pero eso, ay, es algo que también me pasó -y me pasa si las escucho acompañado- con Vainica Doble (de nuevo por aquí). Me gustaría no ser tan snob como para que me guste más Adiós al pop por la letra que por la música y no ser tan sensiblero -incluso tan AOR- como para que me gusté Hasta Cuando. Pero así es como soy. Y, además, qué más da todo esto cuando este disco nos regala ese Lloraré que no anda tan lejos de los ritmos Motown. Que tenga que justificarme para que me guste este disco… Traedme a los Soundgarden, a ver si se me pasa. (Me da a mí que va a ser que no, pero bueno)
1. X&Y by Coldplay
2. Demon Days by Gorillaz
3. Employment by Kaiser Chiefs
4. Dont Believe The Truth by Oasis
5. Im Wide Awake, Its Morning by Bright Eyes
6. Back To Bedlam by James Blunt
7. You Could Have It So Much Better by Franz Ferdinand
8. Funeral by Arcade Fire
9. Eye To The Telescope by KT Tunstall
10. Stars Of CCTV by Hard-Fi
Y para colmo le dan el título de hombre del año a ¡¡¡BONO!!! ¿Se puede ser más rancio?
Ahora, Lapido ha recuperado de un plumazo todas las oportunidades perdidas, con un disco que da donde más duele y lo hace sin inventar nada (esto es rock clásico), pero rehaciéndolo todo con ingenio. “En otro tiempo, en otro lugar” es a 2005 lo que “Las Golondrinas, etc…” de Josele Santiago a 2004: la confirmación de que el perro se vuelve más sabio cuanto más viejo y de que un músico no necesita de su grupo de origen para mantener una carrera brillante. Esperemos que en 2006 sea Fernando Alfaro quien nos vuelva a demostrar que hay vida en solitario, vida más allá de los destellos de genio que se quedaron prendidos a las ramas del pasado.Hay más: cuando Lapido se aplica a la balada al piano (Con la Lluvia del Atardecer; llevo siglos siendo equilibrista, aunque quise ser domador, sangran en mí las heridas de zarpazos que me dio tu amor), cuando crea himnos de ritmo básico y palabras llenas (La antesala del dolor; El pensador de Rodin se ha levantado harto de no hallar respuestas. Lleva siglos esperando el momento justo de entrar en acción), cuando se pone rockero de bar y de pulso sincopado (Más difícil todavía; Llevo tatuado “amor” y “odio” en los nudillos, tengo reservado día a la revolución), cuando se envuelve en lamentos a una infancia perdida teñidos de slide guitar (Cuando la noche golpea el corazón, El Niño del caleidoscopio ahora es el hombre que viste de gris, el ángel se ha vuelto demonio dentro de mí), cuando parece que va a iniciar una nueva Space Oddity pero crea un himno épico de muy distinta piel (Rincones secretos; En cada lamento que se hace canción, hay versos que sangran; los encontré en los rincones secretos del alma), o en un final con tres canciones emocionantes como pocas (Agridulce, Por sus heridas y De espaldas a la realidad, ésta con un inicio similar al de Un Buen Día planetero)… En todas triunfa Lapido y gracias a ellas crea (ahora sí, sin dudas) el disco del año.
No, no es fácil mantener una trayectoria impecable como músico, un alto nivel en todas las cosas que escribes o una gran capacidad emocional en todas las letras que escribes. Semejante hazaña sólo es posible para unos pocos afortunados que se conocen bien, muy bien. Tanto como para poder citarse a sí mismos en una canción y no sonar presuntuosos.
“Mientras Saturno devora a sus hijos, Lapido escribe otra canción que habla de flores y alambre de espino, de olvidos y superstición”,
canta unos de los pocos rockeros españoles que aún mantiene el prestigio. Gracias a él, unos pocos todavía podemos seguir de espaldas a esta realidad y mirar atrás sin que las lágrimas nublen nuestra vista. Gracias por ello, José Ignacio.

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