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14 September 2006
Es lo que llaman “espíritu de campamento”. Uno está allí, en medio de ninguna parte, rodeado de gente que le gusta. Y de pronto, en un segundo, ha perdido pie. Casi sin darse cuenta se encuentra en una burbuja, el resto del mundo ya no existe… nosotros y el paisaje somos uno.
Nos creemos especiales, distintos. Nos rompen el corazón y pensamos que somos los únicos. Nos despertamos del sueño de la infancia abruptamente y parece como si fuéramos los únicos. Nos enamoramos y el mundo a nuestro alrededor desaparece. Pero no somos tan raros. A todo el mundo le pasa algo similar. Lo difícil es contarlo.
Paul va a trabajar este verano, de Michel Rabagliati, es el enésimo intento humano por describir las emociones y sensaciones que se dan en el tránsito de la niñez hacia la edad adulta, en esa irregular y poco tangible etapa que llama adolescencia. Puesto que las experiencias de nuestra juventud nos marcan para el resto de la vida, es lógico que los artistas quieran desentrañar sus misterios. El problema es que, la mayor parte de las veces, este tipo de obras acaban en un batiburrillo sentimentaloide y cursi que las emparenta más con los malos folletines que con la buena novela de aprendizaje.
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