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Saturnalia – The Gutter Twins (parte I de XII)

3 Comments 25 February 2008

1. The Stations (Imeem)

The Gutter Twins son una broma. O, al menos, nacen de eso: de una pregunta que un periodista italiano hizo a Greg Dulli (Afghan Whigs) comparándole con Mark Lanegan. Dulli llamó a Lanegan y éste le dijo: “Vale, montemos un grupo que se llame así”. Unos cuantos años después llega Saturnalia, primer disco de la banda de las dos gargantas más infravaloradas de los 90.

Saturnalia sale en Sub Pop porque, como asegura Dulli, sólo allí podía editarse un disco así. Ahora que el sello se ha reinventado, quienes contribuyeron a darle el epítiteto de “epicentro del grunge” regresan, pero también con una reinvención en sus manos.

Porque Saturnalia suena poco a lo que ambos, Dulli y Lanegan, hacían en los 90. Si se parece a algo, es a lo que ambos han ido dejando en la primera década del nuevo milenio, a esos tics acumulados a lo largo de los años que en sus manos alcanzan la categoría de “estilo”.

The Stations, la canción que lo abre, está vampirizada por Greg, como gran parte del disco, lo cual no quiere decir que Mark se haya limitado a poner la voz. En cierto modo, la sensibilidad compartida de ambos pasa por lo mismo: de su paseo por el lado salvaje de la vida, Dulli y Lanegan han sacado en claro que la música tiene para ellos un profundo poder redentor. Por eso cuando los Soulsavers decidieron que Lanegan cantase para ellos Revival acertaron de pleno. En su voz siempre ha habido historias de resurrección, como en la del que fuera cantante de Afghan Whigs.

Había historias de resurrección, pero tenían que ver la luz por ellas mismas. Y The Gutter Twins comienzan su disco con The Stations, una de ésas.

Oh Mama, ain’t no time to fall to pieces
He has arrived, He has arrived

Escorada más hacia el lado Twilight Singers que hacia el grumoso de los discos en solitarios de Lanegan, The Stations no suena excesivamente sorprendente, lo cual no es necesariamente algo malo, porque todos los que les hemos seguido sabíamos que estos gemelos de sangre alcoholizada y drogada tenían esta canción en mente cuando aquella broma les hizo ponerse en marcha.

I hear the rapture’s coming; they say he’ll be here soon
(They say)
Right now there’s demons crawling all around my room
(All around my room)
They say He lives within us; they say for me He died
(They say)
And now I hear his footsteps almost every night
(Almost every night)

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Debo decir…

No Comments 21 February 2008

…que los que, como yo, amen a Greg Dulli y a Mark Lanegan ya pueden hacerse una idea previa de su Saturnalia, gracias a Bolachas Gratis.

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My Enemy

No Comments 12 September 2006

Pitchfork dejaba caer el otro día, entre sus abundantes noticias, una sorprendente a medias.
Según la influyente publicación digital, Greg Dulli va a reunir a los Afghan Whigs para grabar al menos un par de canciones de cara a la retrospectiva que Rhino tiene previsto publicar a comienzos de 2007.

Eso no implica que Dulli vaya a abandonar sus actividades actuales con los Twilight Singers, grupo con el que ha conseguido uno de los discos más interesantes de 2006, Powder Burns. Tampoco se habla de continuidad más allá de esa grabación en estudio, en la que va a colaborar uno de los ingenieros de sonido de 1965, aunque no el responsable de la producción de aquel enorme disco.

En cualquier caso, bienvenidas sean esas nuevas canciones de los liberales afganos si no supone manchar el excelso legado de una de las grandes bandas de rock´n´roll de los años 90.

(El video inicial es un montaje de imágenes hecho por algún internauta sobre la canción 66, de los Afghan Whigs).

Discos

Powder Burns – The Twilight Singers

No Comments 02 June 2006

Twilight Singers - Powder Burns

La p�lvora arde. �Andamos necesitados de verdades de perogrullo? Si contestan afirmativamente, entonces hay va otra: Greg Dulli es uno de los talentos m�s infravalorados del rock de las dos �ltimas d�cadas. Y eso que tiene todos los ingredientes para convertirse en un m�sico de �xito: es un cantante sexy (al menos su voz lo es, y mucho), tiene un pasado ilustre (Afghan Whigs, �les suenan?), otro escabroso (drogas por un tubo) y es capaz de hacer poderosas canciones rock. Si se hubiera muerto en los 90 por alguna fatalidad con reclamo sensacionalista, ya ser�a rico. Pero sigue aqu� y, como la p�lvora, a�n arde.

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1965

No Comments 25 January 2006

El rock es peligro, sí, pero sobre todo es sexo. Cuando los pioneros del estilo tomaron las raíces negras y sureñas y las pervirtieron en un polvo rotundo que unió country y blues, lo tuvieron claro: su música les servía para expresar ya no sólo tristeza (temas básicos de los géneros madre), sino sobre todo deseo, pasión, necesidad biológica… en definitiva, sexo.
No quiero echar mano de los ejemplos básicos, todos aquellos que cualquier aficionado a la música debería conocer y que reafirman mi tesis. Me basta con citar este párrafo de Nick Cohn, el gran pionero de la crítica musical, en su fundamental Awopbopaloobop Alopbamboon:
“Era una música para pasarlo bien, bailable y sin pretensiones. Comparándola con la sensiblería de la música blanca del mismo período, resultaba una ventana abierta por donde escapaba algo de aquel aire tan viciado. Una de sus características fue su tratamiento directo del sexo. Trataba el sexo de forma particularmente descarada. De hecho, en la mayoría de los casos eran decididamente escabrosas: “Trabájame, Annie”, de Hank Ballard, “El Hombre de los 60 minutos”, de Billy Ward, o el “Nena, déjame tocar tu caja”, de los Penguins, fueron típicos.”
El rock es peligro y sexo, sí, pero también es negro. Por mucho que las compañías de discos hayan tratado de falsificarlo, de vendernos miles de ídolos blancos que podrían salir de las más típicas familias anglosajonas, los verdaderos héroes del rock, los que le dieron forma, los que le dieron su carácter fogoso y le inyectaron de miedo eran “de color”. El más salvaje de ellos, el siempre reivindicable Little Richard, homosexual declarado (bisexual practicante) cuando a muchos se les aplicaban tratamientos eléctricos y lobotomías como métodos para curar la enfermedad.
Quien quiera acercarse al rock y revisarlo desde sus conceptos básicos, ha de partir por tanto de estas premisas: violencia, sexo, raza. A finales de los 90, cuandoo muchos iluminados proclamaban la muerte del estilo (como consecuencia del revival imperante), un grupo norteamericano se atrevió a insuflar vida al estilo en varios discos imprescindibles y uno definitivo. Ellos eran los Afghan Whigs y su obra, 1965.
El título no es casualidad: 1965 fue un año casi épico para la historia de los EEUU y la portada y el libreto del disco clarifican aún más las cosas. En primer plano, un paseo espacial de un astronauta, en plena carrera por llegar a la Luna. En el interior, la marcha negra a Washington, vigilada por helicopteros militares, fotos de Vietnam, barras y estrellas en blanco y negro y, por último pero no por ello menos importante, un top 30 de lo más vendido en aquel año, con las Supremes reinando con su vibrante Stop: In The Name Of Love, seguidas de los Impressions. ¿Eso es todo? No, porque casi arrinconado aparece un vinilo de Highway 61 Revisited (Dylan cambió la historia, ¿aún no os habéis enterado?).
El soul, por tanto, es un ingrediente fundamental en este 1965 que (supuestamente) debía haber supuesto el empujón comercial definitivo de los Afghan Whigs, el único grupo al que metieron dentro del saco sin fondo del grunge que no logró ni una pizca de éxito comercial. Canciones para lograrlo tenían, especialmente en este disco expansivo y sexy, muy sexy.

Porque la sensualidad domina ya desde el riff que da inicio a Somethin´Hot, la canción que sirve de apertura. Una cerilla encendida y esa guitarra acompañada de una sección rítmica contagiosa abren el disco, con una vitalidad inesperada y un cantante, Greg Dulli, siempre con la magia en los pulmones. La letra lo deja claro:
“I got your phone number, baby; i´ll call you sometime, I think I might be out tonight, Maybe give you a ride (…) and dream awhile about yout smile and the way you make your ass shake”.
La forma en la que ella mueve el culo es tan importante como su sonrisa: no hay medias tintas, hay ganas de pasarlo bien. Todo el grupo se contagia de la vitalidad de Greg Dulli y le acompaña con un piano que hierve, una batería a punto de estallar pero que se mantiene siempre en el punto máximo de ebullición y no pasa de la raya y unas guitarras que puntúan cada frase con la vitalidad necesaria.
La primera canción es sublime, pero es que toda la primera mitad del disco lo es. Crazy comienza con voces de bar lleno de gente y de humo y se regodea en guitarras puramente rockeras para dar entrada, por primera vez en el disco, a unos violines de acompañamiento que dejan la sección de cuerdas de Bittersweet Symphony en pañales. Crazy es el clásico ejemplo de canción que crece con el paso de los segundos para cortarse en pleno crescendo vocal.
Porque, ante todo, 1965 es el disco en el que Greg Dulli se muestra totalmente seguro de sí mismo y se convierte en el perfecto sucesor de Marvin Gaye. Tanto tiempo buscando una voz negra que relevase al malogrado genio para que venga un blanquito y lo ponga todo patas arriba.
Uptown again es el siguiente ejemplo de que todo en 1965 funciona a la perfección: el grupo al completo apuesta ahora por un ritmo casi funky, lleno de barroquismo, y sin embargo firmemente rock. Las guitarras suenan épicas, las que oyes en segundo plano dan ganas de llorar por su hermosura y el fraseo de Dulli se acopla a la perfección al ritmo para llegar a un estribillo mágico, en el que la misoginia del letrista y sus contradicciones se plasman de lleno en la letra:

“Niña, desátame ahora, estoy listo para retirarme, dar un paso atrás. Niña, lloras demasiado y estoy cansado del sonido, eres tan cría”.

Un breve interludio de gemidos sexuales llamado sweet son of a bitch (y el insulto suena dulce y todo) precede a LA CANCIÓN, la que debería haberles hecho famosos si el mundo de la música fuera justo y no una inmundicia y una farsa. 66 es un single perfecto, donde las ansias sensuales de Dulli se extienden por toda la canción. El cantante de los Afghan Whigs parece al borde del orgasmo, en un susurro continuo y tremendamente sexy, mientras la sección rítmica toma el mando, con una guitarra acústica y un piano dando el toque melódico y un sampleado de batería entrecortado ribeteando la gema. Dos momentos para el recuerdo: ese “I HAVE NEVER FELT SO OUT OF CONTROL” que suena precisamente a lo que dice, a locura de amor, y ese “Come on, come on” que Dulli repite una y otra vez antes de que regresen los gémidos de la fémina. Desde Je t´aime, moi non plus, nada había sonado tan torrido en el mundo de la música. 66 es tan perfecta que no me resisto a colgarla para vuestro disfrute. Juzgad y si no os enamora, hablamos.
Esta canción marca también un punto y aparte en 1965. El disco, que se grabó en la mítica (y ahora inundada y casi abocada a la desaparición) Nueva Orleans, se contagia por fin del espíritu de una ciudad que nunca duerme y en la que hay bares que se jactan de no haber cerrado nunca (ni siquiera en pleno huracán). Tras 66, toda la música se vuelve pantanosa, humeda, abigarrada y de tonos afrancesados.
Precisamente todo eso es Citi Soleil, que se hable con un recitado en francés acompañado únicamente por un punteo que pronto se ve desbordado por coros femeninos y puro soul de raza. Si las guitarras estuvieran en primer plano, serían un gesto innecesario de virtuosismo. Así como están, sepultadas bajo capas de seducción, suenan a paso valiente para un grupo de rock. El tema perfecto para oír en un bar con una buena copa de licor (whisky, ron, ginebra; elegid lo que queréis) justo antes de darte cuenta de que este sábado por la noche necesita de la aparición de una mujer para ser perfecto.John The Baptist es un nuevo tiempo rockero con un sección de vientos febril, un tema agresivo y fiero en el sentido más romántico de la palabra. Imaginad la escena de Alejandro Magno en la que la esposa del joven amo del mundo lucha con él para evitar hacer el amor (pero queriendo hacerlo). Ahora pensad en esa escena filmada por alguien que no sea Oliver Stone (y por tanto, por alguien capaz de no convertirla en algo ridículo, sino pasional). Ponedle música: sólo puede ser John The Baptist, ejercicio de seducción otra vez explícito:

“Hey, bienvenida a casa, tengo algo de vino, algo de Marvin Gaye; Ven, pruébame, ven y cógeme, soy tuyo. Baila, hermanita, baila (…) Cógeme, pruébame, bórrame, soy tuyo, hagamoslo”.

En realidad, un espejismo, porque el disco ya ha entrado en una dinámica melancólica imparable. Si 1965 puede ser el retrato de una noche de juerga, The Slide Song es el momento en el que la realidad aparece de nuevo ante los ojos: los ojos tristes de ella, la conciencia de que uno es un vampiro de almas, la certeza de que esto también tendrá un final y de que hay gente para la que la redención no es posible en el amor. En palabras de Greg Dulli:

“¿En quién piensas cuando estas sola? Recuerdo cuando cantabas sobre tu único amor; eres tan estúpida: ahora sé que me conoces realmente.”

Sí, las palabras suenan duras cuando vienen de boca de un amante que las utiliza como un juguete, pero aquí nadie está a salvo. Ni siquiera el Greg Dulli chulo de este disco, que ala altura de Neglekted se da de bruces con su propia medicina:

“Conocí a una chica extraordinaria que me sugirió algo casi enfermo. Mientras le pedía tiempo para considerar su oferta, ella me lanzó un beso y me dijo ’sabes que sé que lo deseas; yo también lo deseo, así que cuándo te haga lo que pienso hacerte, trata de recordar mi nombre’ “. Ella es la horma de su propia zapato y al final, él, el amante imbatible, el Casanova rompecorazones, acaba suplicando “puedes joder mi cuerpo, cariño, pero, por favor, no me jodas la mente”. Todo en un tono (de nuevo) soul, casi lúgubre, y (claro) con un slide acompañando el desarrollo.

Y llegamos a la penúltima parada: Omerta, la canción filosófica que te surge en la mente después de cuatro, cinco, seis copas de más. Si alguna vez habéis oído o leído la palabra “groovy” y no sabéis a que sensación se refiere, sólo tenéis que escuchar este tema para reconocer el sentimiento. Violines y trompetas se van apropiando de la melodía hasta convertirla en un hechizo vudú que contiene frases como “No duermo, porque el sueño es el primo de la muerte”.
Y si toda película debe tener un final que te deje espacio para pensar, que te haga desear más, pero que cierre por completo el círculo de la historia, 1965 no puede concluir mejor. Omerta se empalma con la instrumental The Vampire Lanois, el broche de oro para una carrera excelente, la demostración de que las jams aún pueden tener sentido y el pedazo de música sin palabras más imaginativo, libre y jazzy de toda una década. Acongojante. Necesario. Arriesgado. Emocionante. Sexy. Todo lo que el rock (la música) debe ser y ya casi nunca es.


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