Los 90 en 200 discos que hay que (re)descubrir (en progreso)

200. The Dirt of Luck – Helium (1995)

¿Todo disco escogido en una lista debe tener una tesis que lo sostenga? Debería ser, aunque no siempre sucede. El de Helium la tiene. Tan importante que hasta podría abrir esta lista por la cola. Ser el número 200. El que es significativo y sirve para poner sobreaviso de por dónde van a ir los tiros.

El Dirt of Luck es el disco de indie-rock que puede ejemplificar una parte importante de los sonidos de los 90. De esa generación que cogió los discos de Sonic Youth, Throwing Muses y los Pixies (y una pizca del sonido hardcore), los bati� y le quedaron cosas tan saladas como esta.

Es el disco cuyo sonido que explica por qu� las Breederss fueron ef�meramente famosas. El que cuenta por qu� Matador se convirti� en una discogr�fica fundamental para muchos. El que es irregular y, sin embargo, disfrutable cien por cien en el descaro y el desconocimiento de la juventud.

¿X? ¿JASP? Y una mierda: Helium segu�an la frase maestra de Pavement (Fight this generation) y se situaban a un lado de todos, a�n compartiendo las mismas esencias. En pleno auge del cock-rock y con las Riot Grrrls apaleadas por la prensa tras servir de divertimento temporal, eran feministas y sensibles. Vamos, la diana perfecta para no tomarles en serio, para meterles en el caj�n de sastre del rock alternativo. Un grupo para olvidar.

Pues no.

�Qu� tiene The Dirt Of Luck? Un bajo atronador, cortes�a del miembro de los tambi�n infravalorados Polvo, Ash Bowie. Una voz sugerente. Canciones, muchas canciones. Y un atractivo singular. Tanto que hasta Sonic Youth decidieron saquear Skeleton para dar con su mejor canci�n en a�os, Sunday.

�S�lo eso? No. Principalmente The Dirt Of Luck tiene la magia suficiente para que el andamiaje musical sobre el que se construye, que en manos de cualquier otro sonar�a a d�j� vu, hechice.

Cuando tus maestros te plagian toman como modelo, es que algo bueno has hecho, �no? S�lo por eso Mary Timony, la culpable de que Helium existieran, debe de estar frot�ndose los ojos.
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195. Frizzle Fry (1990). Tales from the Punchball. (1995) – Primus

(Según la visión sonora de Santo)

Empezaremos por afirmar que Primus es una banda underground entre las underground. ¿Lo es? Yo qué sé. Porque si bien sus primeros discos reptaron entre las sombras más oscuras del mercado, a lo largo de la d�cada de los 90 fueron gan�ndose un amplio espacio en la liturgia de los aficionados a la m�sica rock, hasta llegar a vender una cantidad nada desde�able de copias.

A continuaci�n, dir�amos que �ste es un tr�o de Punk-Funk. �Lo es? Yo qu� s�. Todo parecido con el Punk-Funk al uso es pura coincidencia.

Por otro lado, Primus quiz� sea el proyecto de un bajista experimental, Les Claypool, que hace lo que quiere con su instrumento: llevar la pauta r�tmica, la mel�dica, imitar ruidos, sacar petr�leo del tapping o del slap y, por supuesto, influir a innumerables aspirantes a bajistas. �Lo es? Yo qu� s�. Dif�cilmente se puede entender Primus sin un Tim �Herb� Alexander y su colosal bater�a, o sin Larry Lalonde y su forma de completar una l�nea mel�dica con unos arreglos de guitarra que son como la guinda de un pastel de chorizo.

En tercer lugar, se nos ocurre que Primus viene a ser la versi�n musical del dibujante Edward Gorey (para quien no lo conozca, el incorrecto inspirador de Tim Burton). Es decir, que mediante recursos infantiles (voz caricaturesca, letras en c�digo de canci�n infantil, car�tulas con mu�ecos de plastilina�) busca la realizaci�n de un macabrismo atemporal. �Lo es? Yo qu� s�. Sus temas glosan una absoluta inadaptaci�n con el consumismo, con la guerra, con las enfermedades sociales de la actualidad, que no tienen nada de atemporal.

Por �ltimo, podemos opinar que Frizzle Fry y Tales from the Punchball son sus mejores discos. Me encantan sus arranques (To Deffy the Laws of Tradition y Profesor Nutsbutter�s House of Treats), su tenebrismo (Frizzle Fry y Southbound Pachyderm), su humor negr�simo (Too Many Puppies y Wynona�s Big Brown Beaver). �Lo son? Yo qu� s�. Lo mismo ustedes prefieren Pork Soda o Sailing in the Seas of Cheese, y tendr�an toda la raz�n del mundo.
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191. Icky Mettle – Archers of Loaf (1994)


Como una versi�n ’superchunkizada’ de Pavement, los Archers Of Loaf debutaron con un disco lleno de pildorazos pop caminando por el filo de la navaja indie.

Fueron muy criticados por ello, sin que a�n tenga claro por qu�. Quiz�s les pudo una robustez que comenzaba en la voz rasgada y rockera de Eric Bachmann, bastante menos interesante y s� mucho m�s t�pica que las de algunos de sus compa�eros de generaci�n (no ten�a la locura de Malkmus, desde luego, aunque a veces el grupo fuese directamente a por Pavement).

Quiz�s lo que ocurri� fue que se quedaban a medias de todo y que ni siquiera eran un grupo que hiciese bandera de nada. Quiz�s su problema fue ser uno de los grupos a los que se les pod�a pegar hostias sin que el corazoncito del cr�tico sufriese demasiado en la intimidad.

Quiz�s no lograron transmitir ese magnetismo del que hablaban en Web in Front, quiz�s hab�a que seguir el ejemplo y no dejar pasar al estrellato a ning�n otro grupo como Weezer, culpables todos de que quien de verdad se lo merec�a no hubiese logrado el reconocimiento.

El caso es que todo eso ech� a muchos de los que pod�an haber sido su p�blico potencial para atr�s. Se perdieron as� una colecci�n de canciones fracturadas hecha por una banda que hab�n escuchado hardcore, pero necesitaba sonar lo m�s pop posible. Un disco de himnos vitaminados para saltar (Wrong, Might) y hacer el cafre (Last Word), para hacerse el herido y lamerse las llagas con electricidad (You and Me) y para tensar demasiado las cuerdas de la guitarra. Para hacerse el punk sin serlo. Para hacerse el indierock sin parecerlo. Para gobernarlos a todos y, al final, no acabar convenciendo a nadie.

Digan lo que digan, Icky Mettle mola.

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184. The Thing We Make – Six By Seven (1998)

Precedido por un single m�s que brillante, que conten�a dos de las mejores canciones de su carrera (European Me y Brilliantly Cute), �ste disco se debate entre las ganas de gustar masivamente (For You, con un poco m�s de aliento �pico, les pondr�a al lado de U2) y la necesidad interna de abrasar al oyente entre guitarras al rojo vivo.

Publicado al poco de que Radiohead reventaran la ligereza britpop con e inaugurar�n as� un camino casiprogresivo que, afortunadamente, no quisieron seguir, Six By Seven mostraban otras v�as de progreso: dejar que las guitarras chisporroteasen como hac�a tiempo que no lo hac�an en el pop ingl�s (las dos canciones del citado single previo, por ejemplo, son dos caras de esa misma moneda) y utilizar elementos del post y del space-rock para crear algo exclusivamente rock (Something Wild y su crescendo, por ejemplo).

Crescendo; la palbara que define las cosas que no hicieron. A Beatiful Shape abre el disco subiendo, pero sin explotar. Eso se lo deja a Candlelight, que rompe pero no destroza. Podr�an subir alto, apostar por los efectismos, ser bigger than life. Pero se quedan en lo b�sico, rompiendo a veces las expectativas, haciendo regates a sus propios peligros como banda, saliendo victoriosos de una propuesta que, sinceramente, pod�a haber sonado de lo m�s dinos�urica. As� se ve triunfos como Spy Song, donde el ritmo marcial y obsesivo, germ�nico, es acompa�ado en todo momento por un saxo espectacular.

Ideas hab�a muchas, pero el problema era hacerlas realidad. En a Six By Seven se les ve maneras, pero tambi�n se les nota superados por sus ambiciones y a veces a medio camino de todo. Sin embargo, las dos pen�ltimas canciones acaban por otorgarles el honor de promesas por confirmar: Oh Dear y 88-92-96 podr�an haber sido un mal reflejo de los peores Pink Floyd, pero cuentan con ese encanto que las bandas con futuro dan a sus primeras canciones.

�Fueron mucho m�s lejos? Pues no, la verdad. Se quedaron en promesa, en banda de segunda. Pero su primer disco no ha sufrido desgaste con el paso del tiempo y eso tiene m�s m�rito del que parece cuando haces lo que ellos hac�an: cosas sin utilidad, pero con una bonita (y algo hinchada) silueta.

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180. Fork Songs – Tall Dwarfs (1992)

Neozelandeses, no se sabe si fue antes el huevo o la gallina, o si se sabe no da lo mismo, porque lo que anosotros nos interesa, como a John Ford, es imprimir la leyenda. No se sabe, digo, si Flying Nun les acogi� en la escena de baja fidelidad de las islas kiwis o si fueron ellos los que dieron lugar a la escena y a la propia Flying Nun. Si fueron ellos, dir�a incluso para hacerlo m�s m�tico todo, los que dieron nombre musical a esa Nueva Zelanda que para los indies tiene desde entonces sentido.

Los enanos altos eran un d�o tan de contrastes como su nombre. De ser humoristas, seguro que hubieran optado por lo mismo que Faemino y Cansado: bajo presupuesto, chistes donde el humor s�lo existe en la mente del que ve el gag, improvisaciones que van desviando el tema pero lo hacen m�s gracioso todo y una repetici�n obsesiva de patrones que convierte ese inmovilismo en la verdadera gracia. Que si el corderooooo, que si al calabozo, que si el �nico animal que hay aqu� es usted, que si el arzobispooooo de Nueva Zelandaaaaaaaaa.

�He dicho bajo presupuesto? Algunos quisieron hacer ver en eso el concepto de Tall Dwarfs. �Pioneros del lofi? �Hay para tanto? �De verdad hab�a que darle tanta bola a una manera de grabar (en pa�os menores, sin aderezos y casi siempre en directo) que, como demuestran los Nuggets, en los 60 ya hab�a logrado los m�ximos beneficios garageros?

Vamos, vamos, el lo-fi fue otro invento m�s de una prensa musical siempre en busca de nuevas y cada vez m�s ambiguas etiquetas. A los neozelandeses Tall Dwarfs casi los etiquetaron como los padrinos del movimiento y en el sentido norteamericano del t�rmino puede que lo fueran: no en vano, bandas como Neutral Milk Hotel los citaron como influencia directa. Y son citas nada balad�es; no hay m�s que o�r la inicial Dare To Tread, el extra�o magnetismo de Skirl o el acorde�n de Wings para ver el In The Aeroplane Over The Sea de los de Jeff Mangum reflej�ndose en un espejo deforme.

Sin embargo, apenas se puede hablar aqu� de baja fidelidad. En todo caso, hay una b�squeda expandir los l�mites de  las grabaciones caseras, de las tomas recogidas por un cuatro pistas. Pero eso, mucho antes de que el lofi existiera como tal, era lo que Brian Wilson buscaba en los primeros discos de los Beach Boys.

Y m�s que sonido, Tall Dwarfs tuvieron canciones: algo siempre de agradecer y que en Fork Songs tuvo su momento m�s cohesionado y menos bizarro. Para mi gusto m�s a�n que en ese Weeville que muchos admiran m�s. Todo en este disco exuda tal sencillez para dar vida a canciones lo mismo bizarras (�esas letras, por favor!) que encantadoras.

Tratemos de resolver su enigma en s�lo una frase: el d�o que formaban Chris Knox y Alec Bathgate demostr� que no siempre ser dif�cil de encasillar significa sacar de sus casillas al oyente.

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175.  Set and Setting – Bardo Pond (1999)

Un helic�ptero que llega y se aleja. Una guitarra que sube y baja. Un pedazo de rock acid�simo. Un magma volc�nico ech�ndose a hervir. Walking Stick Man te lanza contra la pared y rebotas. Y te vuelves a encontrar con lo mismo. Poco a poco comienzas a pensar en unos Sonic Youth colgados de Altamont, Charles Manson y el final del sue�o hippie. Y caes en una espiral violenta. Cruda. Larga. Pesada. Heavy. Pero no de ese heavy que piensas. Hard, quiz�s. Stoner. Fumata. Yonkarra. Brutal, en cualquier caso.

Salidos de Philadelphia, poco tienen que ver con las calles a las que cantaba el Boss. Y menos con la forma en que les cantaba. Un bajo atronador, una arm�nica asilvestrada que entra y sale. Black Sabbath si hubieran nacido tras Daydream Nation. Los o�dos sangrando pero pidiendo guerra.

Set and Setting es casi una jam, pero nunca se extrav�a, nunca pierde de vista el final de la canci�n, nunca camina detr�s del flautista de Hamelin llamado “solo virtuoso” o “exhibicionismo”. Es como si el feedback les mantuviese atados en corto, como los globos aerost�ticos se atan a la tierra. Vuelan, pero nunca se pierden. Se controlan.

Bardo Pond, en este disco, se pasan el rato control�ndose unos a otros. Se miran mientras tocan. Se amenazan. Se quieren. Y a veces hasta les da por acercarse f�sicamente. Pero, siempre, siempre, siempre acaban a hostias. A leches con sus propias canciones. Elevan tanto los decibelios que, claro, al final la nieve s�nica cede y llega la avalancha. Y qu� gozada ser arrastrado por ella.

Blues hipn�tico. Bardo Pond son una droga mal cortada. Una arm�nica que da miedo. Y este tiempo (tan jodido-s), una nana enterrada bajo las exploraciones de Spacemen 3. Bardo Pond son lava de guitarras dream que m�s que so�ar te hacen agarrarte a las s�banas y mirar a esa sombra nocturna que parece algo que no es. A veces veo muertos. This machine kills (pero no s�lo fascistas, sino a todos). A m� me asustaron  tanto que no he vuelto a meterme con ellos nunca m�s (o no m�s de lo necesario).

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178. Eureka – Jim O´Rourke (1999)


Algo tendr� el agua cuando la bendicen y es capaz de dar un vuelco a las carreras de grupos tan definidos como Wilco y Sonic Youth.

Escondido tras una portada entre naif y asquerosa (los conejitos de peluche hacen felaciones en este mundo de sat�n y gordos), O´Rourke se sabe un orfebre antes que un genio y saca partido de sus limitaciones y, sobre todo, de su extensa colecci�n de discos.

Prelude to 110 or 200 suena a mantra pop tejido con deliza y artesan�a extrema y O´Rourke, m�s snob que nadie, va y cita a Ivor Cutler.

Ghost Ship In A Storm no es s�lo uno de los t�tulos m�s bonitos de la d�cada, sino la canci�n 70´s para radiof�rmula que Wilco no han podido hacer en Sky Blue Sky. O la que Smog se dej� en el tintero cuando compon�a Knock Knock, vaya usted a saber.

Es Eureka delicado y propenso a la caricia, incluso en paisajes como Movie On The Way Down, donde la melod�a desaparece y lo �nico que queda es una suerte de Fennesz avant-la-lettre (y bastante menos radical tambi�n) hasta que la canci�n vuelve a la senda de la normalidad. Entonces, O´Rourke demuestra que a quien quer�a imitar era a Lou Reed y hacer un Perfect Day menos engolado.

Vestido con oropeles lujosos, pero sin alzar una voz por encima de la otra, Eureka toma enseguida la pose del perfecto disco adulto. Uno que pueden o�r nuestros padres sin que nos avergoncemos de ellos (ni de que a nosotros nos guste). Algo que muchos ya tienen superado, pero que sirve para que los m�s j�venes nos quitemos los prejuicios y luego s�, luego nos metamos hasta el fondo en la mugre de los discos de pap�.

Digo m�s: Through The Night Softly deber�a desbancar a Kenny G en las habitaciones y salones pre-polvo de medio mundo.

Bossa nova a lo Tortoise, una ELO con bromuro, un Sufjan ap�trida y ateo, sin estados ni religi�n a los que cantar y tambi�n menos infantil (en el buen sentido). De todo eso quiere vestirse O´Rourke y s�lo le tiembla el pulso cuando se pone el traje de Bacharach en Something Big. Algo tendr� el agua cuando Sonic Youth se lo agenciaron durante una etapa para utilizarlo como desfibrilador.

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174. Chiastic Slide – Autechre (1997)

Los caminos de la psicodelia son inexcrutables. trrrrrrr. cllllllllckkk.

Humphry Osmond. trrrrrrrr.clllllllllckkkkkkk

“To make this trivial world sublime, take half a gram of phanerothyme” en versi�n 2.0.

trrrrrrrrcllllllllllllllllkkkkkkkkkkkkk fuzzzzzzzzsd

prrrrrrrrrrrrrrrrr

Como con William Gibson: o le odias o le amas.

ttrrrrrrrr.clllllllllckkkkkk

prrrrrrrrrrrrrrrrr

Odio a Gibson hasta que me d� una edici�n anotada de Neuromante, para no tener que volver sobre mis pasos en cada frase.

prrrrrrrrrrrrrrrrr

Click y trrrrrrrrrsssssssss.

lckikeikdklakcirjk grkjehh lel�e ellekjeh ejkmene trrrrrrr. cllllllllckkk. pirur� pirur�.
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170.ng> She´s The One – Tom Petty (1996)
Todo un ejemplo de supervivencia. Y no s�lo hablo del rubio preferido del rock de ra�ces m�s mainstream de los USA, sino del mismo disco. Porque las obras bellas pueden florecer tambi�n como encargos y desde la m�s absoluta falta de pretensiones.

She´s The One fue una de mis pel�culas favoritas de los 90. Una cosa, entre rom�ntica y mordaz, tan modesta en planteamientos que acababa por ganarte el coraz�n. Una pel�cula apta para todos y, seguramente, desechada por eso mismo por muchos. Su aparencia de comedia rom�ntica con Jennifer Aniston y Cameron D�az al frente, sus tramas dignas de telecomedia televisiva o su sencillez en la realizaci�n son, para algunos defectos. Lean, lean el palo que se lleva aqu�:

“En fin, un bodrio que maquilla su pobreza art�stica con un reparto lleno de rostros famosos y atractivos, que a buen seguro incitar�n a algunos y algunas a conceder mayor importancia a esta simplona comedieta”.

Juzguen ustedes si pueden, pero que conste que yo de ‘El critic�n’ no me f�o nada. �Hombre, que a Zoolander le dan una estrella y media!

Volvamos a lo nuestro. Edward Burns, director y actor del film, llam� a su amigo Tom Petty para pedirle un par de canciones, que acept� sin pensarlo mucho y reuni� a sus Heartbreakers para componerlas. A todo esto lleg� Rick Rubin, se puso a los mandos del estudio y entre todos decidieron que, mejor que dos canciones, iban a hacer una banda sonora completa.

Pero She´s The One (el disco) inmediatamente dej� de funcionar exclusivamente como banda sonora. S�, las canciones casaban a la perfecci�n con la historia del final de la juventud y el adi�s al ingenuo abandono, pero el �lbum cobra vida propia dentro de la discograf�a de Tom Petty.

Los aromas a The Byrds, siempre bien mezclados por el rubio, vuelven a estar presentes en canciones tan espectaculares como Walls (Circus), con uno de los mejores (y m�s optimistas) estribillos de la d�cada, Grew Up Fast, doliente rock adulto, o Zero From Outer Space, rock´n´roll encabalgado.

Con dos buenas versiones (la primera de Lucinda Williams, la segunda del Asshole de Beck) y unas cuantas canciones asumibles por cualquier radiof´romula para treinta�eros (California, precioso pop de eterna simplicidad), el disco alcanza su segunda cumbre justo al final, cuando Petty no s�lo se pone el traje de los mejores Beach Boys de los a�os 70, sino que invita a Carl Wilson a poner coros y a Ringo Starr a tocar la bater�a. El resultado, los cinco minutos largos de Hang Up Overdue, anulan cualquier posibilidad de resistencia.

Un disco menor que engrandece cualquier colecci�n de discos.
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164. It´s Hard To Find A Friend – Pedro The Lion (1998)

Caminando por la l�nea que divide la acci�n de la apat�a, David Bazan dej� en el debut de su banda destellos de la mejor m�sica folk que puede tocarse en los porches de una familia indie. Una familia en la que la madre es la borracha y el padre el insatisfecho y en la que los gatos s�lo sirven para que los hijos hagan enso�aciones; sue�os de un futuro peor en el que el felino es la �nica “mujer” que quiere vivir con �l en un apartamento.

Abriendo fuego con el escapismo submarino de Of Up and Coming Mornachs (Swim with me and we’ll escape all the trouble of the present age /  Finally free / Mermaids teach us how to breath beneath) y poni�ndose a veces el traje de unos Lemonheads (como en Big Trucks o en la final Promise), Bazan se desvela como un artesano de canciones en las que la simpleza se traduce en belleza.

Se impone as� la dulzura sard�nica de The Longer I Lay Here, el sarcasmo brutal de When They Really Get To Know You, They Will Run (esas chicas que con s�lo depilarse las piernas ya creen ser estrellas de cine y esos chicos que tambi�n piensan lo mismo) o el amante dolido y altivo de Minor Prophets. Se impone un cantante/poeta que suelta verdades como pu�os y las hace sonar originales a pesar de ser s�lo t�picos del indie “confesional”; su disco s�lo se ahoga en la apocada y algo aburrida The Longest Winter.

Las dudas las vence el ritmo perezoso de indierock sin el�ctricas que propulsa Bad Diary Days, esa canci�n en la que dos entradas de cine sirven para descubrir que ella no ha ido a ver esa pel�cula contigo y que todas las promesas ser�n en vano:  She swore that she could explain / She swore that it would not happen again / She swore that she could explain / We both knew her words were in vain.

Sus letras, las de un cristiano en crisis, acaban por ganar la partida, incluso vistas desde una perspectiva agn�stica. Al fin y al cabo, cuando las encrucijadas llegan, la diferencia entre creer y no creer es la misma que entre un naufrago sujeto a un fino tabl�n y otro a un flotador pinchado. 

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126. Rapple Dapple – The Greenberry Woods (1994)

A veces hay que recorrer la historia musical al rev�s. Uno no puede (ni siquiera debe pretender hacerlo) estar siempre en la l�nea de fuego, ser el primero en descubrir los discos buenos de verdad. De ello, es bastante m�s agradable que otros hagan el trabajo por ti y luego te gu�en: si no, a veces la b�squeda es casi el fin, en lugar de ser el medio.

Viene esto a cuento de c�mo Splitsville y Santo, el siempre amable colaborador de esta p�gina (y amigo), me llevaron hacia atr�s desde The Complete Pet Soul hasta Rapple Dapple, uno de los discos m�s injustamente infravalorados de la d�cada de los 90. Porque de aquel homenaje expl�cito a los Beatles ya los Beach Boys en forma de power pop de la d�cada del 2000 hab�a que tirar del hilo. El disco y la magnitud de lo que por all� rondaba as� lo ped�an. Ciertamente, The Complete Pet Soul no era la octava maravilla, pero s� mostraba demasiado talento como para que hubiese surgido de la nada.

Dicen que la imitaci�n es la forma m�s importante de adulaci�n. Hay algo cierto en ello, algo que, sin embargo, esta fatalmente visto entre los cr�ticos de rock. Y de ello se han aprovechado muchos para hacer del power-pop un g�nero menor, un conjunto de bandas cuyo sonido siempre hay que despachar r�pidamente. La canci�n es d�j� vu, todo ya lo hemos o�do antes, as� no hacemos avanzar a la m�sica, el rock/pop est� muerto. Curiosamente, afirman esto quienes luego se rinden ante la canci�n m�s facilona y funcional posible. Ojo, que yo no veo mal que lo b�sico sea alabado (hay pu�ados y pu�ados de canciones as� que son ESPECTACULARES): lo que me molesta es la falta de coherencia.

Aclaremos, pues, que el powerpop es uno de los g�neros con los que m�s gusta jugar a tirar piedras. Que nadie quiere hablar de canciones de estructura arquet�pica y guitarras exaltadas salvo determinadas (y muy escasas) excepciones. Al respecto, es muy interesante la apreciaci�n que Steve Albini le hace a Pablo Gil en su libro “El pop despu�s del fin del pop”:

Hay un clich� generalizado seg�n el cual si escribes una buena canci�n, todo lo dem�s es sencillo. O sea, que la composici�n es lo m�s importante. Pero si la composici�n fuera lo m�s importante, cada que vieras a un grupo de versiones adaptando un tema de The Beatles deber�as pensar que es fant�stico; sin embargo, pensamos que es basura, un completo error. Ese clich� de que todo gira en torno a la canci�n es, sencillamente, una mierda. Yo creo que el efecto combinado de todo es lo que importa. (…)

Pero mucha m�sica que por estructura es muy similar no me dice absolutamente nada.

Curioso que Albini siga siendo uno de los tipos del negocio con los discursos m�s certeros y, a la vez, m�s parad�jicos (porque la segunda parte de la frase casi niega a la conclusi�n de la primera). En fin, otro d�a hablamos del airado grabador de discos. Qued�monos con el asunto del efecto combinado. Lo que parecen olvidar muchos cr�ticos es que, en el mundo del power pop, tambi�n hay bandas buenas y bandas malas. Algunas se quedan en la estructura, en la m�mesis (la forma de adulaci�n m�s importante), y otras llegan al “efecto combinado”. Dan en el clavo. Como Greenberry Woods.

Nacidos con los 90 en Maryland, los Woods son paradigma del g�nero hasta en su composici�n: tres compositores con muy buena mano para el pop melanc�lico (el de las 4 B�s: Beach Boys, Beatles, Byrds, Big Star, pero sobre todo el de estos �ltimos y bastante poco de los terceros) que duran poco juntos por tensiones. Creo que los �nicos que han sabido salvarse del estereotipo son Teenage Fanclub, pero de ellos hablaremos en breve.

En Greenberry Woods tenemos a los gemelos Matt y Brandt Huseman y a Ira Katz, el tr�o que en el 94 deja una obra maestra, este Rapple Dapple que nos ocupa. Un disco en el que los requiebros de las guitarras de Trampoline comparten espacio con las cuerdas vocales trenzadas y absolutamente conmovedoras de Feels So Strange. Un �lbum que en la primera escucha ya te deja con varias canciones enganchadas a tu cerebro, con las melod�as vibrando en tu interior y los estribillos pidi�ndote que los cantes.

Lo raro de este disco es que, con canciones como I�ll Send A Message no haya conquistado a los fans de Belle & Sebastian. O que los seguidores de David Gedge en Cinerama no le hayan echado un o�do a Oh Christine. O que los mismos que ahora se caen rendidos ante los pizpiretos The Lodger (qu� gran grupo!) no recuerden en ellos las buenas vibraciones de canciones como That�s What She Said.

Pero, sobre todo, lo raro es que la prensa especializada hiciera mucho caso a gente como Matthew Sweet o los mism�simos Posies y nada de nada a The Greenberry Woods. Esperemos que el tiempo ponga las cosas en su sitio. Animemos a la gente de hoy a que recorra la historia musical al rev�s.
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122. Andromeda Heights – Prefab Sprout (1997)

A los 90 les hac�a falta la participaci�n de Prefab Sprout. Alguien ten�a que llenar los heucos que la d�cada iba dejando entre pastillitas, indies, una electr�nica cada vez m�s cubista, post-rock y brit-pop con o sin iron�a.

Elegancia, sofisticaci�n, clase. Eso es lo que ejemplifica Paddy McAloon. S�, Jordan: The Comeback es uno de los discos conceptuales m�s solidos que cualquier aficionado se pueda echar a la cara, pero Andromeda Heights, que tard� 7 a�os en hacerse para, al final, no remover ninguno de los cimientos de la banda, tiene canciones a la altura de Steve McQueen.

Aqu� la elegancia, el encanto, nace desde la portada. Muchas de las canciones, la mayor�a, vienen de lejos, lo que permite a Paddy haberlas adecentado todo lo que quiere y m�s. El sonido que nace de ah� es extremadamente suave, casi de radiof�rmula adulta, digno tambi�n de ser la banda sonora de cualquier peli rom�ntica al uso.

No suena excitante, ¿verdad?

(Con perd�n: ) �Tontos!

(Y ahora me explico por mi insulto.)

En una entrevista de 1997, el ingl�s confesaba al respecto del disco:

Puedo decir honestamente que me gusta lo que escrib�. No quiero parecer arrogante o vanidos, pero debo decir que, sea buena o menos buena, �sta es la clase de m�sica que a m� me gustar�a o�r. Como no la veo en las tiendas, la hago yo mismo.

Pues eso, nadie hac�a m�sica como en �l en los 90. Nadie era capaz de conjugar romanticismo y sue�os lujosos. Mientras otros comenzaban a tirar de dramatismo y a fijarse en Scott Walker, mientras el soul se vert�a por el desague con disco de baladistas infumables, Paddy McAloon creaba melod�as encantadoras con los mimbres m�s desechables. Hac�a del sonido adulto (m-80, para que nos entendamos) la m�s perfecta capa de seda para sus fantas�as de hombre enamorado. Y no s�lo te lo cre�as, sino que hasta te emocionabas, para luego mirarte siempre con cara de “�me estar� haciendo mayor?”.

Fue bonito ver despe�arse a Paul McCartney mientras trataba de lograr disco a disco lo que a Prefab Sprout les sal�a sin casi ni pensarlo.

Venga, pongan este disco, cojan de la mano a su pareja, miren al cielo y disfruten de una buena copa de vino bajo las estrellas antes de entrar al trapo.

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115. The Real Ramona – Throwing Muses (1991)

En 1990, Kristin Hersh sufri� una de sus crisis personales m�s graves: tuvo que luchar a la vez contra el que fuera su rpimer manager, contra el padre de su hijo Dylan (ya ex), tuvo que embarcarse en una aventura tras otra en los triubunales y tuvo que convencer a Tany Donelly de que las Breeders estaban bien, pero que hab�a que volver al trabajo con Throwing Muses, porque Hunkpapa (1989) ya se hab�a quedado viejo y, sobre todo, dif�cil.

Cuando las musas volvieron al estudio (rodeados de modelos de Playboy y de artistas de hip hop, para espanto de Tanya Donelly), segu�an tratando de desembarzarse de la alargada sombra de los Pixies. Bostonianos como ellos, tambi�n en 4AD y sin poder trascender m�s all� de los elogios de la cr�tica. Guiados por una Kristin Hersh con trastorno bipolar (ella dice que “la personalidad mala era la que escrib�a las canciones”), Throwing Muses eran mucho m�s oscuros que los duendecillos.

The Real Ramona supone el definitivo salto adelante del grupo. Mantiene las coordenadas que se han ido perfilando en sus cuatro discos anteriores (Throwing Muses, The Fat Skier, House Tornado y Hunkpapa): el ritmo hipn�tico, las guitarras recalcitrantes, la voz dulce pero al l�mite de Hersh, las letras dolorosas aunque impenetrables.

Lo que ocurre es que es en este disco cuando el engranaje funciona sin fallos. Es, y que nadie se me escandalice, el primer grupo de finales de los 80 y principios de los 90 que consigue conciliar la revoluci�n sonora que se vive en esos momentos en el seno del underground USA con las melod�as limpias y radioformulables de la new wave (Graffiti es un ejemplo perfecto de su amabilidad nuevaolera, mucho m�s asumible por el gran p�blico que cualquier canci�n de los Pixies).

As� que en 1991, con sus presupuestos vitales como grupos asimilados, consiguieron canciones tan eternas como el single Counting Backwards (con sus caracter�sticas voces dobladas), la trotona Him Dancing o las dos jubilosas aportaciones de Tany Donelly (Not To Soon y Honeychain, las primeras que compuso para las musas y que anticipan lo que vendr�a con Belly). Junto al resto de temas hacen de The Real Ramona (nombre sacado de una postal) un disco casi perfecto.

Y despu�s explotaron y nunca m�s volvieron a ser un grupo como tal.
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100. 100. Futureworld – Trans Am (1999)

Futureworld, de entrada, asusta. 1999 abre el disco con un pedazo de m�sica que bien podr�a haber sido extra�da del muro de Pink Floyd. Asusta, aunque s�lo dura un minuto y 37. Lo peor es que lo que viene luego es una sucesi�n de clich�s e instrumentos horteras (ese vocoder omnipresente) metidos en un ambiente te�ricamente serio. As� que los oyentes que se quedaron fascinados por el post-rock de Surrender to The Night se tiraron de los pelos.

Craso error seguir a los cr�ticos en este caso, que tambi�n lo pusieron a parir. Futureworld, guiado por una secci�n r�tmica espectacular, quita el aliento desde el desarrollo brutal de Television Eyes y se muestra como un divertido homenaje del underground norteamericano al rock alem�n.

Al rock y  algo m�s, claro. La vanguard�a de unos Kraftwerk expoliados aqu�, pero sin teclados, las marchas r�tmicas de Neu! y, sobre todo, el humor que destilan esos discos que se toman siempre tan en serio, viven presentes en las 10 canciones de un mundo futuro tremendamente retro. Como ver hoy en d�a Tron y seguir sabiendo que es una pel�cula divertid�sima, pese a que las l�neas en verde fosforito ya hace tiempo que pasaron de moda. Horteras, s�, (el tema titular pone del rev�s a los peores Air), pero metiendo tal tralla que el pie se desboca. Vean, vean:

No pod�a ser menos de un grupo que supuestamente ven�a de Chicago pero que en realidad proced�a de la zona de Washington DC y que contaba con un argentino entre sus filas. Loquequieran-Core con mucho humor y pensamientos musicales matem�ticos. Voces rob�ticas, ritmos esp�dicos, �he dicho ya Kraftwerk?, pongan tambi�n a Can. City in Flames es una llamada al desorden mundial con tonos de hardrock y pose cercana al metal, as� que si se empe�an Trans Am se r�en hasta de Ramstein.

Aberrante, anormal, inusual, monstruoso. Una jart� de re�r con la que, encima, te lo pasas tan bien que no te queda m�s remedio que volv�rtelo a poner.

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96. Mighty Like a Rose – Elvis Costello (1991)

Dec�a Darren Hayman que el problema de Elvis Costello era que siempre cargaba las canciones con demasiados arreglos. Spike, disco justo anterior a �ste, y The Juliet Letters, el posterior, le dan la raz�n de sobra. Tambi�n Mighty Like A Rose. Pero, se�ores, eso s�lo es un problema si no soportas las canciones hiperarregladas.

En El Ruido de la Calle gustan, como tambi�n lo hacen los temas desnudos. El problema viene a ser el mismo: si la canci�n es regular, uno no va a poder esconderlo. Pero los temazos, con excepciones, sobreviven a cualquier maltrato.

Aqu� la n�mina de invitados es de lujo (y en ocasiones, de espanto). Est� Paul McCartney, co-componiendo un par de canciones (la bell�sima So Like Candy y la m�s prescindible Playboy to a Man). Est� su antigua mujer, robada a los Pogues, Cait O´Riordan. Est�n tambi�n viejos compa�eros como Nick Lowe en el bajo o Jim Keltnerr en la bater�a. Y, por si fuera poco, hasta el padre de Elvis Costello, Ross Mac Manus, pasa por el disco para tocar la trompeta.

En el quicio de los 90, a Costello no se le hab�an olvidado las maneras exhibidas cuando explot� la new wave. Sus canciones a�n pod�an ser espectaculares fanfarrias de pop supervitaminado, como demuestran The Other Side Of Summer o How To Be Dumb. Sin embargo, bajo su apariencia de empoll�n de aspecto hortera, bajo la rosa que inunda una portada horrible, Costello esconde todo un cat�logo de reflexiones sobre la treintena, sobre el final de los a�os vitalistas en los que s�lo importa el hoy.

Gracias a ellos, rompe corazones con sus baladas totalmente desnudas (After The Fall, donde, �milagro en el mundo anglosaj�n!, es capaz de que una guitarra espa�ola no suene hortera), destroza almas con aquellas recargadas de arreglos (All Grown Up) o te deja tiritando con medios tiempos llenos de misterios como Georgie And Her Rival.

Lanzando puyazos a diestro y siniestro (a Lennon le suelta: “¿Fue un millonario el que dijo ‘imagina que no hay propiedades’?” en la misma canci�n en la que le cae otra a Roger Waters), pero reservando los mejores fragmentos de su siempre l�cido verbo para las disecciones de la madurez, Costello pega fuerte y acaba  por triunfar hasta en las experimentales Hurry Down Doomsday o Invasion Hit Parade. Un disco de los de segunda mirada.

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84. A Truckload of Trouble – The Pastels (1993)

Estrictamente, �ste es el disco menos 90 de la lista. Pero bueno, que si ustedes le ponen pegas, metemos cualquier otro de los Pastels. Total, �bamos a disfrutar igual.

A Truckload of Trouble: 1986–1993 recopila casi todos los singles que sacaron los escoceses en ese intervalo de tiempo. Y es fiel a su imagen de reyes del error, que cantar�a Fernando Alfaro. Desafinan un huevo, las canciones se deshacen si soplas y todo apesta a amateur. �Qu� maravilla!

No para todos. Vean lo que opinan en Rateyourmusic: “Como una mala lobotom�a”. “Todo lo que la m�sica no deber�a ser”. “Un atajo de incompetentes”. “Todo lo que o�go es pobre”. “Inaudible”. 

¿Qu� pasa? ¿Estamos tontos? ¿Tan dif�cil es entender que la m�sica no ha de ser una sucesi�n de notas perfectas? ¿Que no tiene por qu� consistir todo el rato en lujo? ¿Que las canciones, en su nacimiento, son siempre imperfectas, pero muchas de ellas ya parecen demoledoras?

¿Qu� pasa? ¿Que no tenemos derecho a sacar pecho?

Vale. Pasemos la goma de borrar a los Pastels. Ya que estamos, estiremosla a TV Personalities (unos tarados que tambi�n desafinan lo suyo). Ni puto caso a los Fall (vaya mierda de m�sica ratonera). ¿Beat qui�n? ¿La Velvet? Yonkis ruidosos. Vaya mierda de m�sica que escuchas.

Pero ¿qu� dices, colgado? ¿Que a Kurt Cobain le encantaban?

A ver, d�jame o�rlo otra vez…

Bueno, ya sabes que tampoco andaba bien de la chota, ¿no? Que este disco es una mierda, co�o, escucha, escucha.

Y lo escucho y lo escucho y cada d�a que pasa me maravilla m�s la de oro que sale de aqu� sin apenas menear el cedazo. Pedruscos gigantes, melod�as emborronadas. Chicos y chicas.Pop de chicle y punk de golosina. Flequillitos y anoraks. Crawl Babies y Thru´Your Heart. Chico/chica. El sonido de la joven Escocia y el de la cabeza destartalada de Stephen. Nothing To Be Done y Different Drum

¿C�mo se les llamaba a los disco as�? ¿C�mo se dec�a? Ah, s�: piedra de toque. Y ya de paso: Thank for being you, pasteles.
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69. Laughing Stock – Talk Talk (1991)

Con el paso de los a�os y de los discos, Mark Hollis se hab�a hecho con el control absoluto de Talk Talk. Cierto que siempre fue el l�der o el cabeza de familia, pero su personalidad se fue adue�anado de casi cada segundo de canci�n, de cada letra impresa. Pese a todo, el propio Hollis se ha encargado siempre de matizar esa sensaci�n d�ndoles a compa�eros como Tim Friese-Greene m�s importancia de la que los cr�ticos y periodistas musicales le otorgaban. Por el camino, el grupo hab�a perdido a su bajista, Paul Webb, y en 1990, cuando entraron al estudio a grabar su nuevo disco, sus integrantes no se encontraban en un gran momento.

A Mark le gusta el silencio. Lo ha asegurado en bastantes entrevistas y, con el paso de los tiempos, ha hecho de �l un elemento m�s de sus m�sica, uno tan importante como el piano o las guitarras. Tanto como su tremenda voz, que en la madurez (en este Laughing Stock, por ejemplo) adquiri� toques de negrura y profundidad muy poco t�picos.

A Mark le gusta no escuchar nada y casi todo en Laughing Stock, con sus tonos jazzies, con su atm�sfera de penumbra, parece temer romperlo. Ya desde el inicio, cuando durante 20 segundos el disco se paraliza y no arranca. Los cinco minutos que siguen a esa pausa sonora, los de la intensa Myrrhman, son la puerta de entrada a unos Talk Talk renovados y acosados por un entorno poco propicio. Hollis viv�a aislado. En declaraciones de Phill Brown, ingeniero de sonido del disco:

“Mark no se comunicaba con nosotros. No esperaba que �l lo hiciese con los m�sicos de estudio, porque nunca lo hab�a hecho, pero s� con Tim y conmigo. Aquella �poca era de risas y de animaci�n, pero �l se pas� la mayor parte del tiempo mir�ndose a los pies mientras los tres trabaj�bamos.”

A Mark le gusta tanto el silencio que le dijo a algunos de sus amigos que los mejores momentos de muchos discos eran las pausas entre canci�n y canci�n. Y no le gustan demasiado que otras personas, aparte de esos amigos, metan mano en sus obras. Por eso, en Laughin Stock, y pese a que 21 personas est�n acreditadas durante su grabaci�n (y m�s de 40 participaran en ella), la mayor�a de los instrumentos pasaron por las manos del tr�o fundacional de la banda. Lo asegura Tim Friese-Greene:

“Prefer�amos escribir los arreglos nosotros y tocarlos tambi�n nosotros, porque as� no lo �bamos a echar a perder. Y cogimos bastantes instrumentos a los que no est�bamos acostumbrados, toc�ndolos desafinados o haciendo que entrar�n en el momento incorrecto, pero que, inevitablemente, se convirtieron en los mejores fragmentos de las canciones. Laughing Stock est� hecho de cosas que son irrepetibles”.

Irrepetibles y nada sencillas. Pese a una primera apariencia, el �ltimo disco de Talk Talk es rico en matices, casi ostentoso. Lo esconde bien porque est� en clave baja, casi en un t�mido hilo musical. Tambi�n por la importancia de lo que no suena. Pero lo que s� se oye es mucho y muy bueno: cosas tan sorprendentes como el ruido que inunda After The Flood aproximadamente a la mitad de la canci�n (que, no lo olvidemos, es una de las esenciales del disco, con sus nueve minutos y pico de duraci�n). Hecho con un sintetizador alem�n controlado a trav�s de la respiraci�n que Mark nunca lleg� a controlar bien. �Artie? Puede. Pero de espectaculares resultados.

After The Flood, de apocal�ptico y casi dylaniano t�tulo, fue la �ltima canci�n que terminaron para Laughing Stock. La pusieron como cierre de la cara a, donde tiene m�s sentido que en la secuenciaci�n en cd, que la deja situada justo en mitad del disco. Antes de ella, adem�s de Myrrhman de la que Phil Brown cree que sintetiza todo lo que la banda quer�a ser, est� Ascension Day, la m�s sonora y brutal de todas las canciones del disco, la que menos espacios deja al silencio.

Como bien indica Ivan Conte en su art�culo respecto a este disco Ascension Day recuerda por igual a Coltrane y a Branca y da sopas con honda a cualquier intento de la �poca en meter el jazz en un contexto m�s rockero. Sin veleidades de pianobar, sin desbarres freejazz tampoco, Talk Talk logran en Ascension Day una de las canciones m�s intrigantes de la d�cada.

Frente a ese triplete ganador, Taphead parece ser el eslab�n d�bil de la cadena. Es culpa de escuchar en cd un disco pensado para el v�nilo. Tras After The Flood se hac�a indispensable una pausa para cambiar de cara el disco. Vista as�, Taphead no ser�a la peor canci�n de un disco inmenso, sino el segundo quicio a un universo en expansi�n, cambiante.

En cualquier caso, tras ella se presenta, de sopet�n, la dulzura personificada, New Grass, un tema donde la garganta Mark se hace definitivamente inmortal, acompa�ando a una bater�a tocada con escobillas (jazz no s�lo por eso, que el sello Verve resucit� de entre los muertos para dar cabida a este disco entre su cat�logo) y a una estructura repetitiva, pero no inm�vil.

Despu�s de la inundaci�n y de que haya crecido la nueva hierba, Talk Talk acaban refugi�ndose en un �rgano y en una guitarra slowcore para dar forma a una canci�n, Runeii, que se pone en rampa de lanzamiento hacia una explosi�n que nunca llega, porque est� contenida, retringida a que el silencio haga su trabajo de demolici�n. Te�ida con met�foras religiosas, como todo el resto del disco, Runeii pone un hermoso anticl�max a Laughing Stock y a toda la carrera de Talk Talk. Curioso final para un disco de bella portada y tambi�n para una banda que empez� en el pop y acab� en la ant�tesis. Una carrera de valientes, un final a su altura.


Laughing Stock en La incre�ble verdad

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66. Melting In The Dark – Steve Wynn (1995)
Vale, los tiempos del Dream Syndicate hab�an pasado y los del Miracles estaban a�n por venir, pero resulta que Steve Wynn ha acabado siendo due�o de una carrera en solitario que honra y mucho la maestr�a de sus d�as de vino y rosas. Y, encima, siempre se ha sabido rodear de la gente adecuada para que su rock (deudor de Lou Reed y de la Velvet, nada nuevo bajo el sol) brillara adecuadamente.

Aqu� se le unieron los Come y, claro, Wynn se dej� de las sutilezas de sus primeros discos en solitario para ponerse el cuchillo en los dientes. Melting In The Dark es un disco visceral, con el ritmo desbocado, la bater�a echando humo y las guitarras abras�ndolo todo e impidiendo que la hierba crezca a su paso.

¿Por qu� Melting In The Dark? Porque cuando Wynn abanona el Sindicato, se autoimpone la necesidad e huir de todo lo que all� hab�a hecho, de explorar las m�sicas que el grupo no le dejaba. Y as� se pasa tres discos prob�ndose a s� mismo. En los primeros, Kerosene Man (magn�fico t�tulo) y Dazzeling Display se pone el traje de cantautor cuasi-spectoriano. En el tercero, Fluorescent, se desnuda, lleva sus canciones al m�nimo y se pone �ntimo.

A la altura de su cuarto disco en solitario, como les suele pasar a los m�s sabios, Wynn por fin se ha reconciliado con lo que fue. No desde�a su juventud ni siente la imperiosa necesidad de olvidar los errores cometidos. Piensas en todas las tonter�as adolescentes desde una perspectiva madura, te arrepientes y te tienes, a la vez, conmiseraci�n. Incluso puede que hasta un poco de envidia.

Volver a las ra�ces, calzarse la guitarra distorsionada de nuevo y hacer lo que mejor sab�a a hacer. Literal, �se fue el objetivo de Steve Wynn en Melting In The Dark. “Y fue exactamente como quise que fuera, no hay nada que, mir�ndolo ahora, cambiar�a”

Apenas pop, los ganchos en este disco son los riffs y los solos de guitarra, la furia recuperada (casi desconocida, para ser sinceros) de un hombre que siempre se ha manejado mejor en segundo plano. As�, fundido en la oscuridad, Wynn brilla mucho m�s.

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62. The Comforts Of Madness – Pale Saints (1990)

El glamour de la locura es pasajero. El confort, tambi�n. Dura un rato. Una explosi�n. Un chispazo y se va. Pero mientras tanto, puedes ponerte un gorro blanco de papel y hacer turutur� con tus manos como trompeta y pasar por una persona feliz.

A los Pale Saints les pasa algo parecido con su primer disco: que el chispazo les dur� lo justo y no acab� de entusiasmar a nadie. Se perdieron, con su pop de ensue�o (dream pop, vale), en el limbo de los justos. No se les hizo caso, porque tampoco se ve�a la necesidad. Hab�a un porr�n de grupos como ellos, ¿no?

Pues no. Hab�a muy pocos. Vale que los Pale Saints s�lo le pon�an un poco de pimienta ruidosa a la f�rmula reverberada de Galaxie 500. Vale que eran unos My Bloody Valentine menos et�reos. Vale que eran como unos Stone Roses m�s yonkarras y menos cristalinos. Pero en The Comforts of Madness les cuadraron las influencias de tal manera que, al final, se han convertido en totem de la �poca.

Bastar�a mirar las habitaciones de los m�s jovencitos universitarios de USA para comprobar que muchos de ellos paran en el abrevadero noisy de los Pale Saints. Quiz�s porque all� nunca se edit� el disco y todas las copias que circulaban eran de importaci�n. Quiz�s porque en los 90 estuvieron muy cerrados en s� mismo. Qui�n sabe. El culto empieza ahora.

En 1987, un jovencito llamado Ian puso una nota en la que buscaba a alguien con quien escribir canciones:

No importa lo que toques o lo bien que lo hagas: si te gustan Eyeless In Gaza, Dead Can Dance, Ravel, John Barry, McCarthy, 13th Floor Elevators, The Miseunderstood, Johnny Smith, Flatmate, Severed Heads, Television o algo similar, pero no quieres fotocopiarles, ya tenemos algo en com�n.

Es s�lo otra nota m�s, otro anuncio con el que fabricar la materia de los sue�os. Pero justo tres a�os despu�s, Pale Saints editan The Comforts of Madness y pasan desapercibidos en un sello tan exquisito como 4AD. As� es como un debut con un sonido exquisito, con un perfecto juego de contrastes entre la voz adolescente de Ian Master y las guitarras et�reas a lo Boo Radleys, encalla en la arena sin ni siquiera zarpar.

¿Fallos? Pocos. Construido de principio a fin casi como si fuera una sola canci�n la que sonara, las melod�as se pegan a la piel, pero est�n escondidas bajo capas y m�s capas de instrumentos. Nada suena en primer plano. A veces parece que son las guitarras las que toman el protagonismo, pero a la vez la bater�a se las est� comiendo, arremetiendo desde atr�s. Fell From The Sun es idiosincr�tica al respecto.

En True Coming Dream son unos Pixies rebozados en ruido y sepultados bajo el pan rallado de una producci�n magn�fica. En You Tear The World In Two tienen su himno, en Sight of You la canci�n que les emparenta con Ride y con el shoegaze, en Sea of Sound (es obvio) su mar de sonido particular.

Hay quien les sigue acusando de sosos. Tal vez les mire con los ojos vidriosos y siempre cr�dulos de la adolescencia, pero el ruido, el bendito ruido controlado que hac�an, sigue provoc�ndome a�n el mismo chispazo. Ese confort de saber que nadie m�s entiende tu diversi�n. Esa atracci�n que tienen los locos que cantan por las calles. El glamour de la locura.

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60. Grand Prix – Teenage Fanclub (1995)

Thirteen fue un golpe al est�mago de los que (cre�nselo, fue as�) en las Islas Brit�nicas hab�an acogido a Teenage Fanclub como los Nirvana ingleses. Aquel disco de producci�n horrible y canciones bastante m�s estimables de lo que la prensa musical de por aquel entonces nos quiso hacer creer tuvo que lidiar con el final del zeitgeist: de repente, Teenage Fanclub no eran un grupo enorme de guitarras el�ctricas, sino otros nuevos seguidores de Big Star y dem�s ralea pop. Nost�lgicos. Repetidores. Olvid�monos de ellos: sigamos en la pista de baile.

Y as� lleg� Grand Prix. Seg�n las an�cdotas, el disco en el que Norman encontr� a su mujer Krista. O el �lbum en el que desapareci� Brendan O�Hare de la bater�a. O �sa obra que David Bianco, amigo personal de Frank Black, les pidi� producir. Cuando llegaron a Oxford y se pusieron a tocar Neil Jung por segunda vez en el d�a, Bianco recuerda que pens�: “�sta canci�n es la hostia”. Lo mismo de Sparky�s Dream, una de las primeras que Grand Prix te graba a fuego en la memoria. Tambi�n, seg�n la opini�n de los cuatro, la mejor del disco.

No les quitemos m�rito: los escoceses son responsables de sus buenas canciones. Pero en Grand Prix, la figura definitiva es la del productor. Bianco limpi� el sonido de Teenage Fanclub con mimo, como si de un cristal fin�simo se tratase. Sane� las canciones, les rob� feedbacks y el�ctricas saturadas y ni siquiera cay� en la tentaci�n del muro de sonido de guitarras powerpop.

Bianco evit� en la medida de la posible que Grand Prix fuese abigarrado y lo que sali� fue un disco que respira aire fresco por todos sus surcos. �l amaba al grupo (“a no ser que est�s muerto, no puedes evitar enamorarte de ellos”, dijo all� por 1995 a la revista Mojo), sus “grandes canciones pop”, sus exhuberantes melod�as, su armon�a, sus voces (�alguien les pregunt� alguna vez por qu� todos cantan igual de bien?) y quiso hacerles justicia. Hablamos de alguien hab�a trabajado en discos de Tom Petty o Mick Jagger; es decir, de un productor totalmente mainstream, alejado del mundo de los hypes y de la suciedad autoimpuesta de muchas bandas underground.

En cierto modo, Grand Prix es uno de los discos m�s revivalistas de los 90. Entiendame todos bien: lo digo desde el enamoramiento absoluto, pero con la conciencia de que sus canciones son una continua mirada nost�lgica al pasado. Si hasta Bandawagonesque a Teenage Fanclub a�n los pod�as hilar con el presente, a partir de Grand Prix ya s�lo ser�n artistas de otros tiempos los que puedan citarse al hablar de ellos. Desde esa perspectiva, no sorprenden nada textos como “la rebeli�n es un t�pico”, que cantan c�ndidamente en Verisimilitude. Para ellos est� claro que as� era. Lo bueno es que, instalado en su mundo musical, el oyente tambi�n pod�a pensar as�.

Grand Prix se grab� en cinco semanas. En s�lo cinco semanas. Una cifra absolutamente rid�cula si se tiene en cuenta que lo que suena est� tan elaborado como el pop cinemascope de Don�t Look Back (canci�n para romperse una y otra vez), ese tema que toda banda deudora de Big Star y los Byrds quiere hacer, pero que casi nunca sale: siempre se acaba estancando en lo t�pico, en lo mil veces escuchado antes. O Mellow Doubt, suicida primer single del disco, la en�sima canci�n ac�stica de Norman, la en�sima tambi�n que sonaba a cielo, a �ngeles y a l�grimas lloradas por amor. A cosas hermosas y sencillas.

“Just something simple and unaffected”, como cantan en I�ll Make It Clear. Decirlo es f�cil. Hacerlo y que no haya forma de ponerte a parir no tanto. Sobre todo cuando la banda ha estado al borde del adi�s. Cuando a ra�z de tu carrera musical has tenido que dejar amigos atr�s (Brendan O�Hare). “M�sica para cuando vuelves a casa de juerga, no para cuando est�s a punto de salir”: palabras de Gerardo Amor.

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57. Mic City Sons – Heatmiser (1996)

Cada d�a me cuesta m�s escuchar un disco de Elliot Smith. Ya empez� a complicarse desde que al cantante le dio por atravesarse con una espada, haciendo realidad alguno de mis cuentos adolescentes m�s tenebrosos y, de paso, puntualizando a lo bestia alguna de sus canciones m�s tristes.

Cada d�a me cuesta m�s escucharle, aunque su disco p�stumo fuese tierno y bonito como sus obras anteriores, aunque su voz siga teniendo la cualidad sedosa y sin embargo �spera.

Me cuesta volver a �l porque suponer revisar partes de su historia que est�n tan ligadas a la m�a que cuesta aguantarse la tristeza. Y miren que odio que siemrpe tenga que aparecer esa plabra en todas las rese�as que se hacen de Smith, pero es que era as�. Un torrente de tristeza que, en vez de devastarte, iba goteando sobre ti hasta que todos los huesos quedaban empapados.

Me cuesta mucho escuchar a Elliot Smith, pero bastante menos hacerlo con Heatmiser, la banda de Oregon en la que milit� Smith hasta que todos decidieron partir peras, precisamente al poco de editarse este Mic City Sons.

La cumbre y el adi�s. As� se define este disco en el que, �ay! (suspiro de nuevo por �l), Elliot Smith ejerce su rol de l�der de banda, pero s�lo a medias. A pesar de que en la edici�n definitiva del disco todas las canciones ven�an firmadas a Smith y Neil Gust, cualquiera que haya seguido m�nimanente la obra de Elliot Smith puede reconocer cu�les le pertenecen y cu�les no.

En cualquier caso, y sin ser un disco de los que quitan el aliento, casi todas las canciones mantienen niveles altos y algunas punt�an cercanas al diez. Por ejemplo, Plainclothes Man, See You Later, Pop in G o la acreditada sin t�tulo Half Right, esta �ltima con una de esas frases con las que Smith tocaba la fibra: 

Would you say that the one of your dreams
Got in you and ripped out the seems That’s what I’d say.

Parecido al p�stumo From a Basement on The Hill, pero mucho m�s centrado en los tiempos m�s r�pidos, Mic City Sons sobresale en m�ritos ante el resto de discos de la banda y no desmerece demasiado a la impoluta carrera posterior de Elliot Smith. Y hoy por hoy, es el menos doloroso de escuchar. Tambi�n el arrinconado. Y de eso va esta serie, �no?

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54. It�s a Shame About Ray – The Lemonheads (1992)

Evan Dando es una contradicci�n con patas, el s�sifo de la canci�n pop alternativa. Ten�a tantos motivos para ser feliz y convertirse en una estrella y tan pocas maneras para desperdiciar su don que decidi� tomar el camino dif�cil. �sta es la historia de un m�sico empe�ado en lograr algo y que siempre se qued� al borde, por su propia culpa.

It�s a Shame About Ray deber�a haber convertido a Lemonheads en cabeza de le�n. Como cabezas de rat�n llevaban ya un tiempo entregando discos irregulares pero disfrutables y como colas de le�n se pasar�an el resto de su carrera (incluso tras su vuelta hace ya unos cuantos meses), dando canciones muy buenas junto a otras que daban risa.

La culpa la tiene su l�der y el �nico motor del grupo: un t�o tan pagado de s� mismo que no dudaba en utilizar unas fotos en la cama para hacerse propaganda. Alguien que cre�a que el estrellato pop simplemente consist�a en salir en la secci�n rosa junto a miles de amantes.

Evan Dando era un superdotado. Seguramente en lo sexual tambi�n, a juzgar por su f�sico y por su notable lista de amantes, pero aqu� lo que nos ocupa es lo simplemente musical. Y ah�, el tipo ten�a una mano incre�ble para hacer que el chicle pareciese alternativo, para darte la misma canci�n de siempre envuelta en guitarras razonablemente ruidosas y melod�as nada obvias.

Dando hab�a pasado por su fase hardcore y, dando una voltereta en triple mortal, tambi�n hab�a probado sus influencias country. Pero nada de eso ocultaba lo que siempre hab�a querido hacer: hits masticables y escupibles al momento, bubblegum pop para la generaci�n X.

En It�s a Shame About Ray lo consigue. Curiosamente (dado lo bajo de su deseo), apelando a una inteligencia bastante por encima de la media de los m�sicos de su generaci�n. Aqu� no hay berreos ni frases pretendidamente surrealistas que esconden el vac�o m�s absoluto. No, no, no. Aqu� hay hay un narrador consistente con algunos de los puntos de vista m�s extra�os y sin embargo plausibles de la �poca.

V�ase Rockin� Stroll , el vibrante n�mero que abre la funci�n. Obs�rvese como Dando habla de los primeros pasos de un beb� como met�fora de vaya usted a saber qu� y pi�nsese en c�mo contrasta la letra con los latigazos el�ctricos de la canci�n. Onomatopeyas de nuevemesino (gdunk gdunk gdunk gdai) en envoltorio de rock alternativo, �qui�n da m�s rareza?

En serio, es sorprendente desentra�ar cada uno de los recovecos de este disco. Pero lo mejor es que todo viene despu�s de la m�sica, porque �sta brilla con luz propia. Guitarras rasgadas para evocar un divorcio en Confetti (la canci�n que imitaban una y otra vez los primeros Australian Blonde ), R.E.M. (y sus mandolinas) y Sonic Youth (y sus afinaciones sui generis) colisionando de manera perfecta en Rudderless (uno de mis himnos generacionales, quizas el #84) o Juliana Hatfield ejerciendo de enfadada en el previo de una de las canciones m�s dulces (y m�s simples, bubblegum de nuevo) de todo el disco, Bit Part (“quiero ser algo m�s que una peque�a parte de tu vida, algo que m�s un breve cameo“, dice). Hermos�sima es Hanna & Gabi, la m�s country de todo el lote, con una steel que rompe por dentro y una letra que lo hace por fuera (you can scream but I’ll just dream how you might dissapear; s�, a m� estas frases me impresionan).

Todo el disco est� atravesado por un rayo de melancol�a que brilla con luz propia en la letra f�nebre de la titular (donde Ray tiene su nombre grabado en una piedra, �sera una l�pida?) o en la terrible Buddy (que fue renombrada as� despu�s de que algunas cadenas comerciales no quisieran apoyar un single llamado My Drug Buddy) donde ella reconoce que las adicciones no s�lo pueden venir de las drogas, sino tambi�n de las personas enganchadas. Afortunadamente, Evan Dando acelera el pulso cuando el edificio le resulta demasiado traum�tico y as� crea algunas de las canciones de los 90 m�s dolorosas y, no obstante, m�s pegadizas (porque duele o�r c�mo se enamora, la verdad, cuando escupe -y las escupe, en serio- frases como “she’s the pebble in my mouth and underneath my feet she’s the puzzle piece behind the couch that made the sky complete, Alison’s starting to happen“).

Yo era un pipiolo cuando este disco llego a mi vida. Pero un pipiolo de libro: con tanto por hacer que cada paso nuevo dol�a, con tanto por dar que me lo quedaba para m� mismo. No ten�a ni idea de m�sica (ahora tampoco, pero lo oculto bajo una fachada de mil discos o�dos) ni tampoco sab�a que exist�a un musical llamado Hair. Hab�a visto el graduado y, seguramente, no la hab�a entendido (quiz�s incluso le hab�a dado al fast forward para ver el momento en que hab�a esperado que Anne Bancroft se desnudaba, sin �xito): No hubiera entendido que Frank Mills fuese una versi�n (tan delicada y fuera de lugar ella). Pero Evan Dando, a quien ya hab�a escuchado en el magn�fico (aunque terriblemente irregular) Come On Feel, me meti� un golazo por toda la escuadra que me dura hasta hoy.
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50. Geek The Girl – Lisa Germano (1994)

Geek The Girl tiene uno de los comienzos m�s at�picos que pudiera esperarse de un disco de 4AD: un poco de folk europeo antincipando lo que parecen aires felices, pero My Secret Reason no tarda en recordarnos d�nde estamos: en mitad de la atm�sfera m�s cruda que uno pudiera so�ar. Arreglos intrincados, susurros, instrumentos ululantes y una el�ctrica en primer plano, siempre matizada por mil efectos de pedales.

As� se define el estilo de un disco que te la mete doblada. Parece amable, pero es turbio. Como una cuchilla de afeitar escondida en bollycao. Cuando se le quitan un par de capas, Geek The Girl comienza su labor de demolici�n.

Germano, multiinstrumentista que hab�a actuado como responsable de los violines y mandolinas de algunos discos de John Mellencamp, dej� que pocos metieran mano en quiz�s su obra m�s personal. Muchas veces en Geek The Girl no se sabe que est� sonando y, quitando la excepcional, escapista y brillante declaraci�n de amor que es Stars (y que cierra el disco de manera optimista), este �lbum es un armario muy oscuro y con un fondo lleno de cad�veres y monstruos infantiles a�n por expulsar.

Casi un disco conceptual, Germano explora las muchas formas que tiene una ni�a de convertirse abruptamente en adulta. No siempre negativas, pero s� en todo momento vistas desde el prisma violento y muchas veces tremendista del adolescente:

What are we gonna do /  With ourselves / And our addictions  / And our desire to kill each  other? / And special things, your own dreams? canta en Of Love and colors y piensas en las veces que te quedabas tirado en la cama, d�ndote golpes metaf�ricos contra el mundo.  I’d like it more if I dance, yeah, sure / Oh oh, I’m not too cool, oh no, I’m not too cool / Wrong move and you’re not too cool, wrong move and you’re not too cool susurra en la titular y recuerdas todas las veces que te has sentido rid�culo.

Hay otras en las que sus excesos a lo Henry, Retrato de un asesino hasta le funcionan. En Cry Wolf es inevitable pensar en una violaci�n : She does alot of things and regrets it / Love can hurt, love / Love is weird, love / A girl who wants it, but has no clue / She’s says she’ll give it, cry, cry wolf / A change of mind in a back seat or that dirty room / They say she got just what she wanted / Love can be bad / Love is weird, love / You should’a known better.

Y en …A Psychopath, la narraci�n impresionista de bates de beisbol junto a la cama, mujeres paralizadas, gritos de p�nico y jadeos deja bien claro lo que ocurre. Encima con giro ir�nico final, volviendo de nuevo a recuperar la cantinela inicial. Nada en el disco la iguala. Nada tampoco en la carrera de Germano.

Se agradece as� que Lisa Germano introdujera varias canciones instrumentales en su disco. Casi se comprende. Pero la segunda mitad de Geek The Girl tampoco alivia demasiado el horror. Si acaso lo expande: Cancer of Everything arremete contra la idea del artista torturado, con su vida en la cuerda floja; en A Guy Like You utiliza la dulzura para poner en marcha el ventilador de la mierda de algunas vidas en pareja…

No, el mundo de Geek The Girl no reluce por ning�n lado. Pero el disco, con su atm�sfera misteriosa y cuidada, te atrapa, te hechiza y en muchas ocasiones te acongoja. Experiencias que se prodigan poco.
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40. Radio Hits 1 & 2 – Helen Love (1994 & 1997)

Summer pop radio,
Plays the hits we all know,
All your favourite happening bands,
Are being played in radio land…

�Qu� se puede contar de un disco (o de una pareja de ellos, mejor dicho) que contiene una declaraci�n de principios tan clara como la que dice “Rockaway Beach for me, Heartbreak Hotel for you“? �O que contiene una canci�n llamada Summerpop Radio?

A ritmo de casiotone, fuzz y voces pizpiretas y gritonas, Gales dio vida a otra de las bandas �nfimas en repercusi�n pero con un culto creciente. Y, en su momento, casi una necesidad hist�rica, puesto que en las islas crec�a el adocenamiento britpop (�nos ponemos a dar nombres de bandas de mierda?).

Helen Love no s�lo han camiando por el lado amable de la vida, sino que le han puesto banda sonora a los sue�os adolescentes de los que se quedaron colgados, musicalmente hablado, con una pata en el punk y otra en el a�o (C-)86.

Los Ramones ol�an a esp�ritu adolescente playero y aqu� sobrevuelan todos los surcos e, incluso, a veces aterrizan en ellos bien en forma de sampleado, bien de homenaje expl�cito (Joey Ramone se llama una de las canciones del primer volumen), bien de letras hablando de cu�nto les gustan (he perdido la cuenta). Curioso lo de la banda neoyorquina: son uno de los grupos m�s reverenciados y con m�s seguidores desde que nacieron, pero su influencia puede ir desde lo m�s perjudicial (horribles bandas de punk que no han entendido de la misa, la media) hasta lo m�s inesperado (Helen Love, por ejemplo, captaron el mensaje y las aficiones musicales de la familia Ramone y la adaptaron a un nuevo contexto, en el que la velocidad la pon�a la caja de ritmos o el casio).

El verano a toda pastilla (6 weeks out of time, with nothing on my mind than you and me) y la cultura pop desde la base (Greatest Fan) son los dos grandes n�cleos tem�ticos de una banda que, aunque funcione bien en disco, es en single donde se gana todos los corazones. De hecho, los Radio Hits no son m�s que recopilaciones de caras a y caras b, el modo arquet�pico del funcionamiento del pop hasta que se hizo (�demasiado?) adulto.

El lema-canci�n Love, Kiss, Run, Sing, Shout Jump! define mejor que mil de mis palabras estos �xitos de una radio inexistente, una cuya programaci�n a�n nadie se ha atrevido a programar de verdad. �Y qui�n no piensa que nuestras emisoras musicales est�n adocenadas?

Si alguien m�s, como yo mismo o Nick Cohn, a quien voy a citar textualmente, piensa que el pop ha de ser “principalmente un negocio de bandidos, dirigido por variopintos aventureros, vendedores de p�cimas e inspirados lun�ticos”, en Radio Hits tiene brebajes de la eterna juventud a cada segundo.

Do you go bang shang alang, everytime you see him,
Do you go bang shang alang, everytime your near him,

En Internet
Un repaso anotado a la discograf�a de Helen Love

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Me, Me, Me – Air Miami (1995)

Cuatro a�os necesit� Mark Robinson para que la ruptura de Unrest (longeva banda del underground USA de los 80 y principios de los 90) no fuese en vano. Junto a su ex-compa�era de banda Bridget Cross y el bater�a Gabriel Stout (m�s bajistas varios), capturaron como Air Miami la efervescencia del sonido indie-rock estadounidense y de las “college radio” o radios universitarias, donde se cocinaron gran parte de los sonidos ajenos al mainstream que tanto gustan a quien firma este blog.

Ese “College Rock”, apelativo a�n no s� si de tono despectivo, ten�a bastantes m�s caras de las que a primera vista pudiera parece y Me, Me, Me es el disco que puede servir de resumen. Entre el pop m�nimo de Seabird y el punk acelerado, de clase media y de ni�os bien de I Hate Milk, el debut y �nico disco de la banda act�a como si de un gran hipermercado del indie-rock se tratase. Eso s�, todo lo que venden son delicatessen de cuidado.

A ver: �qu� era el indie? �Contrastes de voces femeninas y masculinas envueltas en seda y acompa�adas por bases r�tmicas contundentes? �Las Marine Girls? en la zona dedicada a Special Angel tienen de todo eso al mejor precio y con una calidad. Si se la llevan, pueden probar tambi�n con la suavidad enso�adora de Afternoon Train, estos d�as en promoci�n especial.
 

�Nada que echarse por encima? En nuestra secci�n de jerseys twees encontrar�n tambi�n alg�n anorak, igual a los que luc�a usted cuando era joven.

�Cerveza y panchitos, pero a�n sin una m�sica agradable con la que aliviar la espera de un nuevo disco de Yo La Tengo? Seguro que Dolphin Expressway es su mejor aliado.

�Sorprenda a sus amigos con las mejores barras de caramelos desde el Psychocandy!: ll�vese en su carro la penetrante Sweet as a Candy Bar.

�Hijos con acn�? C�mprenles una guitarra para que se desfoguen en himnos de punk adolescente (You Sweet Little Heartbreaker) y que digan cosas como I�m gonna fuck you up today.

Advertencia: aplicar con cuidado en las zonas �ntimas.


�Stocks fuera! Cojan todo cuanto puedan y sepan que jangle y jingle pueden ir juntas (Definitely Beachy).

Pd: Aceptamos pagos a cr�dito para todos las edades. Consultar condiciones.


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34. 34. Veil – Band of Susans (1995)

Cuando uno arrastra el dedo por un a pared pintada de gotel�, no pasa nada. Cuando lo hace repetidamente, acaba por rozarse, por levantarse parte de la piel.

Cuando uno se rasca el picotazo de un mosquito, alivia el picor. Si lo hace obsesivamente, se deja ese peque�o contorno en carne viva y lo que se hac�a por calmar ahora  es de todo menos placentero.

Los peque�os gestos que se repiten hasta doler. Catarsis de la vida cotidiana que a veces llegan de forma inesperada. Veil suena a esa carne viva, a ese dedo mellado. Sus canciones son mazacotes de piedra en la que los instrumentos golpean como cinceles. Muros de sonido el�ctrico sobre los que rebotan bajos palpitantes y los fantasmas aun no exhumados de Joy Division (muy claros en Following My Heart), la juventud s�nica y ciertas ansias hardcore.

Aparte de otras muchas cosas interesantes, Band of Susans ten�an algo que le gusta mucho a quien suscribe esto: propiedades corrosivas de corto alcance. Su m�sica es como la sosa c�ustica, que te arranca la piel a pedacitos pero tan suave, tan caseramente, que s�lo te das cuenta cuando ya has acabado de hurgar en el agua sin guantes de protecci�n.

Lo que describe mejor a Veil son im�genes f�sicas, s�, todas con un poso violento, pero nunca irreales, ficticias o ni tan siquiera cinematogr�ficas. Todo en Veil es real y posible. Como usar duchas de agua hirviendo y agua helada para curar heridas.

Opresivo, denso y nada simple. Un gran disco dif�cil.
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31. Tras el �ltimo no va nadie – Los enemigos (1994)

La vida mata, s�, pero antes te da buenas hostias y algunas alegr�as. No es ser tremendista: vivir mola, aunque a veces se haga duro. Y si eres un perdedor, la cosa est� jodida. Al menos te cabe la esperanza de saber que tras el �ltimo no va nadie.

Esa m�xima encabeza el disco ‘perdido’ (o casi: es inencontrable en las cubetas de m�s de medio pa�s, mientras el resto se puede encontrar sin dificultad) de Los Enemigos. Una obra magna disfrazada de continuismo y que alberga por igual frases con lo mejor y lo peor de Josele Santiago y los suyos: en ella se dan citas tibias reflexiones en clave de humor y magn�ficos recuerdos de c�mo encajar los golpes sin parecer sensiblero.

Aqu�, Los Enemigos abren foco, cambian de punto de vista y se lucen. Su rock que empez� vacil�n pero ya hab�a pasado a ser existencialista brilla en la inicial ¿Por qu� yo?, ejemplo inmejorable de la escritura seca y cortante de Santiago. Les funciona la misma receta en El ring (plena de ritmo, groovie), en Las Tornas (acelerando para igualar lo ya consegudio en Brindis, de La vida mata) o Nada, con tremendos versos:

Camino cortao,
la inmensa pared que r�e.

Hasta aqu� hemos llegao,
amigo ahora usted decide.

Camino cortao, y en la pared,
camino cortao, martillo y cincel.
¿Martillo y cincel?
¿Desandar lo andao?
Y se r�e la pared.

Te has dejao la piel,
ahora tienes ¿qu�?, nada.

Camino cortao,
la inmensa pared se r�e.

Camino cortao, y en la pared,
camino cortao, martillo y cincel.
¿Martillo y cincel?
¿Desandar lo andao?
Y se r�e la pared.

La receta est� a punto de patinarles en la c�ustica No importa, de sonido fiero aunque ligeramente inferior. Precisamente �sta es la que demuestra la importancia de Fino Oyonarte en c�mo suena este disco. Editado casi a la vez de que el Enemigo ba�ase en �cido ruidoso a Los Planetas (¿o fueron ellos los que lo hicieron con �l?), Tras el �ltimo no va nadie es rocoso, las guitarras se apropian de todo desde el primer rengl�n y Josele Santiago sepulta su voz detr�s de todo.

¿He o�do Los Planetas? Obviamente, a ellos suena Sin Hueso (y por algo la grabaron junto a los granadinos en concierto para las Obras escocidas): psicodelia ruidosa de hermosos contrastes. Tampoco es dif�cil imaginar Clonaciones SA como uno de los himnos escritos por Florent, justo antes de ponerse a pensar en El artista madridista o cosas as�.

La venganza de HP Exp�sito tambi�n podr�a ser granadina, pero de unos Lagartija Nick menos cr�pticos, menos c�ber y m�s malasa�eros. Su divertido letra es uno de los escasos momentos de relx y sonrisa (junto a Clonaciones SA) en un album trazado con desesperanza y dolor. No del f�sico, sino del emocional. Y no del fingido, sino del aut�ntico, del que se supera porque no queda m�s remedio que hacerlo.

La espera podr�a ser tan s�lo un medio tiempo de blues-rock sin m�s, pero Josele Santiago no se calla sus decepciones. Armado de una calculada ambiguedad, lo mismo puede hbalar del amor que de la muerte, del �xito que del fracaso. Abrazando una religi�n cualquiera (podr�a ser el f�tbol, ya digo que todo queda en el aire), el protagonista aguarda su gran momento: “ Mientras llega s�lo tienes que esperar. / Fe y paciencia nada m�s.”. ¿Y si no llega? La �ltima frase es desarmante: “¿hay cerveza en la nevera?”

Antes, La carta que no… es la hermosa confesi�n de un amigo muerto desde el otro lado. Perfecta toma ac�stica donde el romaticismo callejero alcanza una cumbre de inesperada delicadeza. No puedo imaginar voz m�s acorde con el tema (y menos sensiblera; por ello tambi�n m�s acertada) que el lamento ronco y austero de Josele.

Sue�a (por m�) es, por contra, el reverso, la petici�n que los vivos le hacen a los que miran desde all�.  “¿Lo recuerdas? Yo sigo aqu� / apurando tu sue�o hasta el fin, / sue�a por mi”.

Broche de oro para un disco que (parafrase�ndolos) “no es de amor, es de amar”.
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29. 29. Le Jardin De  – Heavenly (1992)

Carraspeo. Tomo aire. Me cuesta mucho hablar de Le Jardin de Heavenly. Supone analizar todos los recovecos de mi coraz�n, si es que a�n podemos seguir conservando la l�rica de esa palabra despu�s de ver la v�scera, de comprobar que se puede sustituir por las m�quinas, de saber que puede protegerse con pilas, que puede ser real y no s�lo una met�fora.

Twee es una palabra que me suena a pedorreta. No lo puedo evitar. Me cae mal. En el fondo, es como este blog: un deseo de plasmar sensaciones musicales, de acotarlas con un lenguaje que muchas veces no le llega a las suelas de los zapatos. A veces este blog tambi�n me cae mal. Llevo unos d�as atascado en Heavenly (siento el retraso por los que siguen esto con asiduidad) y ahora mismo no me caigo bien, me caigo mal. Intentar� no hacerlo tan mal.

¿Se puede dibujar el mapa de las inc�gnitas del quicio entre la adolescencia y la edad adulta? ¿Se pueden llenar los vac�os p�beres, los agujeros negros por los que siempre hemos ca�do conscientemente, los subidones celestiales? ¿Se puede poner letra y m�sica a esa crisis que parece brutal, pero no llega a simple temblor?

Heavenly lo hicieron, con las palabras justas adem�s. 1–2–3, sota-caballo-y-rey. Musicalmente, tambi�n lo mismo: es tructuras b�sicas, sencillez casi como bandera, algo de iron�a y mucha candidez. El pop: sota-caballo-y-rey.

Veamos: Starshy, arpegios m�gicos para contar la historia de un enamorado muy t�mido.

Tool, aceleraci�n como de unos Smiths m�s c-86 para las frases que (casi) nunca se dicen cuando quieres a alguien con un estribillo fant�stico (I’m not sure what that’s for But I’ll use it / This is my art now, falling apart now / For love).

La encantadora Orange Corduroy Dress.

La bater�a a lo Maureen Tucker de Different Day (a�n me ponen los pelos de punta cuando pienso que hubo alguien a quien parec�a perfecto dedicarle cosas como On a different day, In a different way, I’d be the one to catch your heart when it falls. On a different day, In a different way, I’d give you, give you, give you, give you it all).

El dueto indie por antonomasia (con Calvin Johnson y su voz oxidada) en C Is The Heavenly Option, esa canci�n con el consejo m�s Spectoriano que ha habido desde las Ronettes (My boyfriends says he will leave me Should I (A) Get down on your knees. Should I (B) Tell him where to go. Or should I (C) Kiss him until it shows.).

Los Jam hechos trizas y reconstruidos con detallismo naif en Smile.

And The Birds Aren�t Singing: Un remedo de lo que la Motown podr�a haber sido si a Holland-Dozier y Holland se les hubiese sumado como compositor l�der Dan Treacy.

El punk adolescente pero sin acn� (que luego tan bien adaptaron aqu� las Juniper Moon) de Sort Of Mine (con la eterna pregunta: �es el/ella todo lo que he querido en mi vida? �De verdad quiero pasar por esto otra vez? Y si lo es, �por qu�?)

So Little Deserve, con esa maravillosa guitarra de Peter Momtchiloff.

I�m Not Scared Of You, l�cida reflexi�n final y el cierre perfecto al que todo disco aspira.

Si esas diez canciones no son la mejor alineaci�n del pop de los 90, andan cerca de ello.

But when you, when you grew up
You grew up and forgot what’s true
What’s nice, not nauseating
How you once felt how I feel for you

Estos versos de So Little Deserve definen como ninguno la actitud vital y musical de un grupo imprescindible, maravilloso y jam�s, jam�s aburrido. Leanlos de nuevo, estudienselos y si comparten esa actitud que va entre sus l�neas, no duden en escuchar Le Jardin De Heavenly. Y luego, cuando vayan a hablar de �l a otros, carraspeen, tomen aire y recuerden que nunca estar�n a su altura.
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25. Time For a Witness – The Feelies (1991)

Si Waiting no es una de las piezas rock m�s bellas desde que Television dejaron de existir, que me aspen. Time For A Witness es el testamento de los de New Jersey. ¿Su peor disco, tambi�n? No estoy seguro. Pero, claro, aunque lo fuera, eso a�n significa estar a a�os luz de tanta m�sica que da hasta pena usar esos t�rminos.

Try and find the way, it´s getting dark / Take me there before it gets too hard / Watch out for the things along the way / Try to find the path before we start

Rock´n´roll, baby. Del que se toca por amor a la m�sica. Sin trampa ni cart�n. Como el que suena en la explosi�n final de la canci�n titular. Como el del estribillo de Sooner or Later (Oh and we´re going… home). Como el del velvetiano discurrir de Find a Way.Como el que inyecta por vena las diez canciones. Apreciaci�n �ntima: a�n no s� por qu�, pero la atm�sfera y las guitarras que acompa�an Invitation a�n me dan un vuelco al coraz�n.

Si les preguntan, digan como ese DJ radiof�nico: “Los Feelies son lo mejor que ha salido de New Jersey desde la bombilla”. Farden de sus conocimientos wikip�dicos y, de paso, reivindiquenlos.

Hagan esto incluso antes quienes les digan que �ste es un mal disco. Porque no lo es. Porque es el �lbum m�s ruidoso y con m�s riffs de los Feelies. Porque supone un retorno al principio como nadie esperaba que fueran a dar. Y hablo del principio-principio. No de Crazy Rythms (nada se iguala a �ste, nada), sino al principio de todo, a cuando la banda daba sus primeros ensayos en cualquier local chungo. A las primeras cervezas. Al sabor del rock adolescente. A pureza musical. Bill Million lo dijo y anda escrito por ah�: “Nos sent�amos como si estuvi�ramos andando hac�a atr�s con pasos de gigante”. A�n no tengo muy claro si lo dec�a en positivo, pero yo s� lo veo as�.

H�ganme caso: reivindiquen este disco. D�jenlo que les pinche en la piel. P�ngalo bien alto en sus casas y redescubran las emociones escondidas. Cojan una lata de cerveza y si�ntase como si estuvieran viendo ensayar a la banda de unos amigos. Porque Time for a Witness es precisamente eso. Una larga colecci�n de cuasi-jams en las que no hay tiempo para preguntarse si esto es bello, si esto mola, si esto est� al d�a.

Cuando se acabe el sonido de cada canci�n, cuando queden los silencios, los descansos, aprovecha a darle otro trago a la lata de cerveza (hazte un favor, c�gete un pack y d�jalas que se vayan calentando a temperatura ambiente), asiente con la cabeza, sonr�e y diles que s�, que los Feelies segu�s siendo la hostia. Sin trampa ni cart�n. Tan b�sicos (en el sentido de sencillos) como b�sicos (por imprescindibles). Rock�n�roll, baby. Lo m�s.

Y luego, cuando dejen de zumbarte los sonidos y sientas la borrachera siempre desconcertante de la cerveza tibia, cuando te hayas tragado la chunga versi�n de Real Cool Time, trata de olvidar de que ya nunca ser�s una estrella del rock. Ni siquiera un m�sico de culto. Por no ser, ya no podr�s llegar ni tan siquiera a ‘pipa’.

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23.9. Nowhere – Ride (1990)

Seg�n la visi�n invitada de Mr. Love Of 74

En una especie de entrenamiento pre-alzheimer, regreso a  mis 16 a�os con frescura. Los juegos, las tonterias, el bal�n. Nadie olvida a su primer amor. Yo tampoco. Recuerdo como las ten�a de rojizas. Las mejillas, quiero decir.

As�, mientras yo callejeaba, a 1400 kil�metros de mi casa 4 chicos estaban construyendo uno de los discos de referencia de mis 90. La banda RIDE me ense�ar�a unos a�os m�s tarde que Nowhere, esa “ninguna parte”, iba a ser una de mis paradas preferidas.

Entr� en �l como entramos todos, con Vapour Trail. Un v�deo azulado y difuso que las im�genes estaban tan enmara�adas como las guitarras. Un romanticismo tan extremo como el que viv�a aquellos d�as, donde un “ya no te quiero” era comparable a un par de Nagasakis y tres Hiroshimas. Una conjugaci�n de belleza, ruido y cuerdas que jam�s hab�amos escuchado antes. Y que el tiempo descubri� que jam�s las �bamos a volver a escuchar igual.

Porque si algo ha hecho bien Nowhere ha sido envejecer. Parido cuando My Bloody Valentine ya hab�a empezado a partir el mercado (Isnt anything), antes de que hiciera saltar la banca con Loveless, un par de a�os antes de que los embellecedores Slowdive presentaran el mejor acicalador posible para el Shoegazing, Nowhere ten�a una rabia juvenil y amateur que a�n hoy en d�a sigue enganch�ndome. Seagull, la canci�n de 5 minutos que cerraba sus primeros conciertos durando casi 20, presenta todas las virtudes de la primera �poca de la banda. Kaleidoscope seguir�a enamor�ndome aunque la conociera hoy. In a different Place era primigenia y sencilla, mas bella como pocas. Here and Now defin�a la futura eclosi�n de reverb y arpegios, con la impresionante bater�a de Loz Colbert.

Decay era el “Baby Honey” pasado por Echo and The Bunnymen. Se les compar� con los Smiths, porque eso ya es una practica habitual en GB. Pero yo ve�a a los Chamaleons y Echo And The Bunnymen en las oscuridades, como contrapunto rom�ntico y cabreado de Joy Division.

Taste, una gema imperecedera, puso las bases para lo que en los USA se llam� Dream Pop. A su lado Dreams Burn Down era la languidez juvenil personificada. Recuerdo haberme pasado minutos por la ventana del bloque, mirando al cielo, escuchando esta canci�n. S�, ya dije que �ramos un poco “tostados”. Pero ayer me descubr� en una imagen similar.

Voces vaporosas (m�s presentes que las de Kevin Shields) y pegada sonora. Era la mezcla perfecta. Nowhere siempre me pareci� una soberbia muestra de Inglaterra, con una calidad y personalidad como s�lo all� saben engendrar y que aqu� (me incluyo) copi�bamos con tan poca perfecci�n como reparo.

(“Nowhere” sali� remasterizado, con extras, a principios del 2006.)

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20. Come Pick Me Up – Superchunk (1999)

Superchunk son uno de esos grupos que se llevan las excepciones de esta lista. A pesar de que s� est�n representados habitualmente entre lo mejor de los 90, por aqu� los amamos demasiado como para no traerlos a colaci�n 

La culpa la tiene Come Pick Me Up, el disco donde Mac y a los suyos sacaron todo el jugo posible a  la vena pop que se les hab�a explotado en el anterior Indoor Living.

Toda una savia escondida comenz� entonces a derramarse  sobre sus anfetam�nicos himnos con voz adolescente, rebajando la tensi�n guitarrera de discazos como On The Mouth (o mejor dicho, escondi�ndola tras arreglos ultraelaborados) y regalando canciones para la eternidad.

A ellos les encanta explicar sus canciones. Y de Come Pick Me Up han hablado sin tapujos: que si la gente dec�a que en Pink Clouds trataban de sonar como la E-Street Band, que si Good Dreams (el tem�s m�s cercano a sus primeros discos) se parece a I Am a Tree de Guided By Voices y es un homenaje a los Ramones, que si en Tiny Bombs Laura (la bajista del grupo) homenajea a Bill Wyman, que todos los t�tulos excepto el �ltimo est�n hechos con dos palabras…

Y s�, Come Pick Me Up son todos esos detalles y mil m�s: la apertura perfecta (So Conviced), el estribillo sublime de 1000 Pounds, la pegajosa Hello Hawk, el paradigma indie-rock que es Smarter Hearts, el homenaje a una estrella del porno en formato chicle (June Showers), la intensidad que eriza el vello de las guitarras de Pulled Muscle…

Me gusta mucho andar por la calle con los auriculares puestos. Y es un placer inmenso cuando suena una canci�n que te arrebata. Habr� o�do Come Pick Me Up miles de veces y siempre me ocurre lo mismo: a la altura de Cursed Mirror, tengo una sonrisa pintada en la cara y camino dando saltitos al ritmo de una m�sica (y aqu� el calificativo tiene m�s sentido que nunca) contagiosa. Pop de 24 quilates. Un grupo irrepetible.

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17.  Souvlaki – Slowdive (1993)
“Mi mujer te comer� la polla como si fuese Souvlaki”. Parece incre�ble que una frase tan obscenamente real diera t�tulo a un disco tan et�reo, que flota tanto en la no-existencia, tan apegado a la belleza irreal, como este segundo disco de Slowdive.

“Un vac�o deprimente” o “bonito pero inconsistente”. Tambi�n resulta incre�ble que la prensa especializada recibiera as� este disco. Fue la marejada contra el shoegaze lo que se llev� por delante el reconocimiento a un disco en el que los sue�os se musicaron con ambient de guitarras.

Se�ores, Brian Eno estuvo presente en Souvlaki, encargado de los teclados y los “tratamientos”. No aparece acreditado como productor, pero s� como compositor de Sing junto al resto del grupo. ¿Les parece una an�cdota? Pues no lo es: gran parte de las ense�anzas de sus �ltimos discos de los 70 (pienso en ese Another Green World al que me enganch� gracias al se�or Miguel, de Discos Guti�rrez) se hacen realidad en los 90 gracias a Souvlaki.

Claro que no eran tan radicales, tan impactantes como My Bloody Valentine. Ni siquiera lo pretend�an. Neil Halstead se dio cuenta tras su primera aventura discogr�fica (Just for a Day) que aquella huida hacia adelante en pos de la atm�sfera no iba a llevar al grupo a ninguna parte. As�, en pleno retroceso del prop�sito inicial, naci� un disco trabajado hasta la extenuaci�n que intent� capturar el sonido del espacio.

“Estuvimos ensayando las canciones un par de meses antes de grabarlas. Cada d�a, Neil llegaba, tocaba su guitarra y el resto nos un�amos. Canciones como Souvlaki Space Station nacieron de una especie de neblina narc�tica que hab�a en el local. Pese a todo, muchas de las canciones fueron casi improvisadas, experimentando con los distintos pedales de efectos y sacando diferentes sonidos. Christian llego a usar dos Fender unidas por un cable”.

La experimentaci�n con las melod�as les dur� apenas unos meses. Despu�s volver�an, erre que erre, a su prop�sito de ser menos concretos que nadie en la escena brit�nica. Y se sacar�an de la manga un ep de cinco canciones que pronto se adjuntar�a como a�adido al original Souvlaki, aunque, en el fondo, tuviesen poco que ver.

Porque Halstead dio en Souvlaki la misma emoci�n de la que luego nos vender�a m�s tazas en Mojave 3. Concret� esa m�sica que flotaba en el espacio en canciones donde las guitarras llegaban a los o�dos como las olas a la orilla, donde la voz de Rachel Goswell ejerc�a de sirena para un oyente que no pod�a atarse a ninguno mastil.

Lo peor de Souvlaki es, precisamente, su belleza. Es tan intensa que a veces pare un disco simplemente esteticista. Como el reflejo de Narciso en el agua. Es peligroso mirarlo: puedes quedarte encadenado a �l para siempre. Precisamente, lo que les pasa hoy a la mayor�a de los grupos del revival shoegaze.
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12. The Tenesse Fire – My Morning Jacket (1999)

El d�a en que estos de Kentucky decidieron tocar sus discos bajo el cielo estrellado, algo en m� hizo click. Sus armas, ese rock alternativo de ra�ces sure�as, son las mismas que en los 80 dieron forma a algunas de las bandas m�s indispensables en mi educaci�n musical, incluidos los mejores (los primeros) R.E.M., el grupo del que siempre me enamorar�.

A estos My Morning Jacket seguirles ha sido una obligaci�n desde que Jim James se dej� la piel y puso el coraz�n en un disco hermos�simo, como si a Galaxie 500 les quitasemos la Velvet y a Kramer pero a�n conservar�n su capacidad de demoler interiores intacta, sum�ndoles algo de Johnny Cash (En Nashville to Kentucky uno s�lo puede tragar saliva muy sonoramente; “glups, la emoci�n era esto”). No es country, pero ojal� lo fuera: me lanzar�a a la pista para bailarlo en l�nea (a pesar de mis nulas capacidad.

Es una mala idea ir contigo al malec�n en la oscuridad” canta una mezcla entre Wayne Coyne (Flaming Lips) y Neil Young dejando que las notas espaciadas entre s� cuenten (ya lo cantaban los otros, every little counts). “it’s a bad idea, cause they’re down on their luck and they’ve lost touch “, canta y de repente ya tenemos con nosotros la Tugboat de los 90.

“Tocar bajo el cielo estrellado”, dec�a antes, pero hace poco le� en internet (y no recuerdo d�nde, si alguien lo sabe, que me lo diga) que las canciones de My Morning Jacket parec�a compuestas bajo un cobertizo con el techo roto. En un lugar donde sus guitarras (ac�sticas o no) retumban, pero tambi�n tienen por donde escapar.

Hay mucha reverberaci�n en The Tenesse Fire. Tambi�n 15 canciones que se podr�an colocar en plena resaca posthippy y no desentonar�an. Si If All Else Fails no est� en Surf�s Up, seguro que rond� la mente de aquellos Beach Boys maduros y agobiados. Si It�s About Twilight Now no se le ocurri� antes a John Fogerty fue porque estaba enfermo (o de vacaciones).

Y, finalmente, hay frases como pu�ales, romanticismo puro y duro, misterios arcanos con los que hechizarte, convertirte en alguien sentimental, generoso y so�ador (�sa es la definici�n de rom�ntico). Letras suaves al tacto que se clavan en la piel tanto como el estribillo de Picture of You.

No digo m�s, s�lo muestro:

it was always good to hear you say:”you never were a drawback, you always were an asset, you never were a drawback,
no you weren’t.”

O:

there will be bigotry and there will be open minds. there will be days of peace you’ll
never have the time. as long as you keep a straight face, i will be there when you die.

O:

i’ve known you for years, i know all your moves, i just cant believe that it caved in this soon. and i’m playin it over and over again in my head.

o, finalmente, (y me emociono al leerla):

surely your lips deceive me.
surely i know you’re fine.
and if we get too close this evening, well apart we’ll grow in time…
and i know (that you’re mine). oooo.

sherie your heart, i’ll take you there, it ain’t far.
and if all else fails, i’ll come running back, wonderin where you went with my heart.

sherie your arms deceive me, sherie i know you’re fine…
and i know (that you’re mine) sherie your heart, i’ll take you there, it ain’t far.

and if all else fails, i’ll come running back, wonderin where you went with my heart.

Como un Murmur de bajas revoluciones. Uno de los discos de mi vida.

11. Flood – They Might Be Giants (1990)

Un disco para bailar con una sonrisa planchada en la cara. El debut de los Johns en una multi no consigui� domar su m�sica, saltarina, divertid�sima, capaz de re�rse de todos y de ella misma, pero detallista y continuadora de ese regreso a las ra�ces que hab�an propuesto la mayor�a de los grupos del Nuevo Rock Americano.

�Ah, los Johns! Un grupo con problemas de esquizofrenia y de hiperactividad. Una banda nombrada seg�n una pel�cula de los a�os 70 que hac�a referencia al Quijote. Un colectivo en el que dos Juanes llevaban el mando, haci�ndonos creer que eran gigantes, cuando en realidad ni siquiera llegaban a molinos de vientos.

En los 80 ya hab�an logrado el reconocimiento de la cr�tica con discos como ese Lincoln, pero los 90 les dejar�an en tierra de nadie.

Y eso que Flood, editado al comienzo de la d�cada, les puso en la senda del �xito, gracias al single Birdhouse In The Soul. Su atractivo y su rotaci�n continua les dej� a las puestas del platino. Despu�s llegar�a la eclosi�n del grunge y su pop lleno de requiebros humor�sticos se hizo demasiado suave para los nubarrones negros que deb�an (casi era obligatorio) guiar las carreras de los m�sicos m�s cercanos a lo alternativo. Dos a�os antes de que el grunge explotase, ellos ya se lo ol�an:

La gente tiende a interpretar a alguien que se r�e de una obra como si se tratara de una reducci�n, degradando a la obra. Pero, de hecho, el humor inunda todas nuestras cosas preferidas.

Queremos estar seguros de que no somos un grupo al que la gente va a odiar m�s tarde; una banda humor�stica tiene el potencial de molestar a la gente, as� que se debe tener cuidado.

Con una preciosa portada sacada del mismo carrete de la que sali� una foto hist�rica, la inundaci�n del t�tulo es culpa de un talento juguet�n, revoltoso e incapaz de delimitarse a un solo estilo.

Flood es menos socarr�n que Lincoln, quiz�s tambi�n menos afilado. Por momentos, casi es su parodia. Y en otros adopta un punto de vista sorprendente para un grupo como TMBG; por ejemplo, en Your Racist Friend, donde una fiesta es arruinada por un amigo racista que lleva demasiadas botellas encima.

Pero, musicalmente, Flood es la demostraci�n de que las ideas de Brian Wilson sobre el concepto de Smile (un disco sobre el buen humor, una comedia musical en la que palabra e instrumentos hagan re�r) pueden llevarse a cabo.

Istanbul (Not Constantinople) podr�a ejemplificar su estilo de comedia burda, no por ser mala, sino por ser como las de Rabelais, como los mejores parrafos de Cervantes o como el caudal humor�stico imposible de parar de Sterne. Como las de los Monthy Python, como los mejores sketches de Faemino y Cansado. Y en m�sica, como…; Como nadie m�s. Aunque ellos se sent�an cercanos a lo experimental:

Los Residents son la mayor influencia en lo que hacemos: hicieron lo que quer�an estrictamente en su propios t�rminos. Ellos son un gran modelo para nosotros, que podemos hacer tonter�as, pero estrictamente en nuestros propios t�rminos

Urgentes, m�s raros que un perro verde, excitantes en lo emocional y en lo racional, socarrones y capaces de helarte la carcajada con detalles que s�lo descubrir�s entrando en su mundo, Flood es el disco que deber�a alegrarte todos tus d�as chungos. Deja de lamentarte: estas 19 canciones cortas (ninguna supera los cuatro minutos) son mejor que el Prozak, tontaina.

10. Fun � Daniel Johnston (1994)

 Ahora que The Devil & Daniel Johnston ha arrojado una sutil�sima luz de genialidad sobre Johnston, bueno es que sus admiradores nos convenzamos de que no, de que �l no es un m�sico espectacular, ni siquiera un genio, aunque lleve toda su vida haciendo m�ritos para ellos.

No tendamos a convertir su figura tr�gica en adobe e ingrediente definitivo, hasta el punto de olvidarnos de que Johnston es, por encima de todo, un rockero con escasez de medios y demasiadas ideas. Un tipo imprescindible, s�, pero no s�lo porque est� enamorado de alguien a quien s�lo ha visto en un par de ocasiones. Como le pasaba al Quijote, lo mejor no es su locura, que debe quedarse en an�cdota, sino sus flechas directas al coraz�n y a la cabeza.

Ya sabemos que se empieza as� y se acaba d�ndole lustre a cualquier cosa editada por nuestros mitos. Por favor, mantengamos los pies en la tierra, que adem�s la m�sica de Johnston (y sus letras) se disfrutan mejor as�. Porque de lo que van sus disco es de tratar de sentirse arropado, de encontrar a gente que te comprenda, de mirar a todos lados y decir “�de verdad soy tan bicho raro?”, de leer los comics de Daniel Clowes y pensar que no exagera.

De disfrutar con el rock and roll de los a�os 50 y del encanto de lo primitivo, de hacer el cavern�cola en un local de ensayo, de tirarse un eructo en mitad de una canci�n blues, de no hacerle caso a tu depresi�n y luego hac�rselo y luego no, y luego s�. De cantar como si te hubieras bebido ocho botellas de whisky y, al momento, recordar a esa chica que te tiene loco, y aqu�lla a la que nunca conseguiste y luego desbarrar con los amigotes, antes de que tu padre te pille. De mirar a la infancia y darse cuenta de que no hay necesidad de borrar todo aquello, de que se puede seguir admirando a tus h�roes de tebeo, comprar golosinas furtivamente, empacharte de ellas.

De todo eso van los discos de Daniel Johnston. De eso va Fun.

It must have been
It must have been a happy time

The sun would shine
The candy bars
Kool Aid flowing like wine
The comic books
The TV shows
The bubble gum
The kitty cat

I was a time traveller
Listening to the heavenly laughter
Laurie was always with me
Ever after for ever, ever, ever, ever, ever, ever, ever, ever

A �l, a quien le he o�do parafrasear una frase tan dura como “tienes que sufrir para cantar blues” para definir su obra, habr�a que ense�arle que sus discos no s�lo duelen, sino que tambi�n son capaces de hacerte inmensamente feliz con dos-tres notas. De hacerte llorar de pena y de alegr�a. De reconciliarte con el pasado y buscarlo con ah�nco. De hacerte buscar viejas cartas o diarios perdidos en cajones llenos de polvo o papeles que un d�a, en una mudanza, pensaste que era mejor tirar. Y acabar sonriendo cuando las lees.

A �l, a quien salir de los hospitales no lo ha curado y a quien parece que algunos (inconscientemente) quieren verlo de nuevo jodido, habr�a que demostrarle que sus discos no son exploraciones del lado oscuro, sino el sonido que faltaba en la excursi�n de Alicia al otro lado del espejo. Y aquella fue una aventura divertid�sima.

(Y otro d�a, si quieren, hablamos de la m�sica genial que hay en Fun)
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07. Goat – The Jesus Lizard (1991)

El grito de un borracho. El esputo de un energ�meno. El alivio de saber que todo lo que est� soltando a la cara es verdad, pero nadie se hab�a atrevido a dec�rtelo. �sa es la sensaci�n de enfrentarte a un disco de The Jesus Lizard. Porque los �lbumes de la banda no se escuchan: se viven, se sienten.

Si existe el posthardcore como tal y no es s�lo un grupo de bandas con una coctelera en la que se daban de golpes Sonic Youth, Minor Threat, Husker D�Big Black y The Birthday Party; si existe, digo, entonces The Jesus Lizard hicieron uno de los mejores discos del estilo.

Goat son nueve canciones en 30 minutos grabadas por Steve Albini. Aqu� el de Chicago le dio al play y le sali� la mejor de todas sus no-producciones. Una burrada de sonido portentoso, que abruma por el detalle y la fiereza de cada una de las notas, de cada uno de los golpes de bater�a. Monkey Trick, creo, es la canci�n de cabecera en la mesilla sonora del Electrical Audio Studio. M�s incluso que cualquiera de las grabadas por Shellac.

Al frente de todo, aunque conscientemente sepultado en la mezcla final, David Yow, vocalista de The Jesus Lizard: utilizaba su garganta como si estuviera recitando una de las invocaciones a los se�ores del Caos que Michael Moorcock narraba en las cr�nicas de Elric. Como si alguien le estuviese echando agua en la garganta y la �nica manera de sobrevivir, de no ahogarse, fuera soltar las entra�as por la boca.

Goat es un disco para adorar, aunque la edad nos haya hecho m�s tranquilos y los arrebatos hormonales se nos hayan ido quedando en cada paso que d�bamos. Goat es un disco que va desde la velocidad terminal de Nub (espl�ndido sonido el de sus guitarras) a la sobreactuaci�n borracha de Seasick. Posiblemente no sea ni bello ni emotivo, en el sentido esencial de ambos t�rminos. Pero s� es excitante, s� es disfrutable con cerveza en la mano, s� que te da ganas de darle de hostias al mundo para mejorarlo, para que despierte.

Quiz�s Karpis est� descolocada, quiz�s no pegue nada su indierock en el fantasmag�rico mundo de Goat. Vale, apunt�moslo en el debe del �lbum. Pero nadie puede resistirse a la brutalidad encantadora de Lady Shoes, digna de unos M�torhead para el final del milenio.

A(rr)(g)o(ll)(t)ador.

Una �ltima cosa. En los discos de The Jesus Lizard hay una parte fundamental: el cuello. El tuyo, el del oyente. Y el peligro que corres de que se te disloque.

M�s en Internet:
-Perfect Sound Forever

06. Poor Fricky – East River Pipe (1994)
Editado primero por Sarah y despu�s en las filas de Merge, Poor Fricky es un disco tocado por una belleza que no es de este mundo. Su autor, ese FM Cornog a quien los Lambchop admiran tanto como para haber hecho versiones suyas cuando era un absoluto desconocido, lo grab� en tan s�lo un ocho pistas. Y digo tan s�lo porque la sensaci�n que da es que ha sido esculpido para la eternidad en uno de los los mayores estudios de grabaci�n del mundo.

Rom�ntico, relajado, conmovedor y melanc�lico a la manera que lo puede ser Caroline O (Beach Boys), Poor Fricky es como un disco de indie-rock al que alguien se le olvid� enchufar la electricidad. Quiz�s fuese que en su casa no se pod�a tocar muy alto, por no molestar a los vecinos. Porque (y que nadie se olvide cuando escuche este disco) Poor Fricky se grab� en el peque�o apartamento de FM Cornog en Astoria (NY).

Alcoh�lico, durante un tiempo homeless tambi�n, FM Cornog encontr� su salvaci�n en una estaci�n de tren, donde encontr� a la que ser�a su novia y a la persona que le dio la fuerza para sacar a la luz las canciones que habitaban en su interior. De all� salieron lo que primero fueron casettes y luego sus discos oficiales.

�ste es uno de esos discos que estar�a tambi�n en una hipot�tica lista de “Lo mejor de los 90″ para el ruido de la calle. Aqu� no hablamos de obras que se merecen salir del segundo plano, sino de la sordera brutal de gran parte de la cr�tica especializada, entregada a capturar el zeitgeist y, sin embargo, absolutamente opaca para con aut�nticas obras maestras del pop sentimental, doliente y maravilloso.

Su virtud, la cualidad principal de Poor Fricky, es esa capacidad �pico-dom�stica que te convierte en el primer hombre capaz de escalar el Himalaya con el coraz�n roto. Ese don para que fregar los platos mientras lo escuchas sea como si estuvieses esculpir el David. Esa seda musical que no te pone triste porque te acaricia mientras te susurra al o�do “todo esto ya lo ha pasado muchas gente en la humanidad”, “no es tan grave”, “llora si quieres”, “te sientes triste pero ya has pasado por esto antes”.

Con la misma sencillez, con los mismos acordes maravillosos con los que sonaba el motor de aquel Ford Galaxie 500 (a�adi�ndole unos teclados de l�grimas de �ngel, pero manteniendo el reverb), es capaz de ponerte al borde del llanto con sus historias de tristeza pop sin pizca de iron�a (dato nada desde�able en la siempre a la defensiva d�cada de los 90).

Poor Fricky te rompe en peque�os cachitos de papel, te pone sobre la palma de su mano y canciones como Superstar In France, Bring On The Loser o cualquiera de las 13 que lo componen son las encargadas de soplar.

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04. Cure For Pain – Morphine (1993)

Atm�sfera de funeral en los 46 segundos que dan la entrada y en el minuto y 41 segundos de Miles Davis´ Funeral. Tambi�n en unas pocas canciones, pero no en todo el disco. Porque Morphine, a pesar de su nombre y a pesar de buscar la cura para el dolor, no quer�an estar apesadumbrados. Al contrario, en Cure For Pain suenan con ritmo, con groove, propulsados por un bajo capado (�s�lo dos cuerdas!) y un saxo espectacular, la mejor demostraci�n de que soplar los vientos en los 90 no significaba hacer arreglos horterillas como los que hab�an matado muchas canciones en los a�os 80.

La historia de Morphine es la de un Mark Sandman empe�ando en buscarle los l�mites a un universo que, por obligaci�n, no pod�a abrirse demasiado. Al menos en teor�a:  su propia concepci�n como banda les dio r�pidamente un estilo propio, un lenguaje musical reconocible y distintivo, pero tambi�n unos m�rgenes demasiado estables.

Eso en teor�a, porque despu�s del estimable Good, Morphine derrumbaron sus propios l�mites con una m�sica plena de intriga, emoci�n y subidas y bajadas. Un disco vacil�n y vacilante. Una gozada en  la que las historias de amantes que se encuentran todos los jueves, de chicas llamadas Candy que te llevan a su tierra, de dolor,  de amor y de viajes de ida y vuelta; todos esos relatos, digo, se llenan con las atm�sferas urbanas, sofisticadas y brutales de un grupo que a�n espera cambiar tu vida.

En Buena la cosa suena rotunda, casi violenta. Podr�a valer como la primera canci�n de una pel�cula de cine negro. Mark Sandman se erige como t�tem vocal, con una profundidad en su garganta mayor que la de Linda Lovelace. Se exprime al m�ximo cantando y obliga a la banda a seguirle. Lo hacen.

Dana Colley, responsable del saxo, es el compa�ero omnipresente del malogrado Sandman. Es tal su protagonismo que ejerce el papel que en cualquier otro grupo tomar�a el guitarrista. Con decir que en All Wrong hasta le ponen un pedal wahwah a su saxo.

Por �ltimo, la bater�a posee los matices jazzs que pide el disco, d�ndole casi tantos detalles como escuchas. Pero �ste no es un disco de virtuosos, aunque s� de m�sica virtuosa.

Su estructura se asemeja a la del oleaje y el oyente bien puede ser el ba�ista que se deja flotar. Lo mismo est�s arriba (upbeat, swing por un tubo, ritmos molones, actitud con cierta chuler�a pero con mucha clase, igual a la que uno se imagina que deb�an tener las bandas canallas de jazz en el inframundo existencialista franc�s) que abajo (tristeza infinita, l�grimas derramadas en forma de saxo y una �nica y preciosa traici�n a su concepto: las mandolinas que hacen celestial e ingr�vida In Spite Of Me).

M�sica para aliviar corazones y despertar �nimos, para dejarte seducir por huracanes de notas y de historias s�rdidas (Thursday, una novela de James Elroy hecha m�sica), para echar de menos a un m�sico al que se le par� el coraz�n en pleno escenario. Un final de tintes m�ticos para una historia digna de aparecer en los titulares m�s grandes.

03. Kiko – Los Lobos (1992)
Al habla David Hidalgo, l�der de los angelinos Los Lobos:

Las canciones fueron saliendo y, una vez que nos metimos a grabarlas en un estudio, fue una sensaci�n distinta a todo lo anterior: �ramos simples espectadores, simplemente ve�amos todo ocurrir, el disco grabarse.

Los m�sicos son perfectamente conscientes de cuando se encuentran ante su obra maestra. Que luego nos intenten vender la moto de “�ste es mi mejor disco” forma casi parte del folklore del mundo del rock. No me creo que no sean capaces de reconocer la inspiraci�n precisamente cuando est�n tan pendientes de ella. Y frases como las que Los Lobos dedican a la creaci�n de Kiko, como las que acaban de leer, lo demuestran.

Es su mejor disco, est� claro, y digo eso de una banda criminalmente infravalorada por muchos medios especializados, tratados como parias o como mero divertimento ex�tico por culpa de sus ra�ces mexicanas o encadenados a la versi�n que realizaron de La Bamba para el bipoic de Richie Valens ejecutado a final de los 80.

Tal es su calidad y tan de imprevisto les lleg� a Los Lobos que, cuando terminaron de grabar Kiko, a David Hidalgo, l�der de la banda, las canciones le segu�an saliendo a borbotones. Para no martirizar al mercado, el y Louie P�rez se montaron un proyecto paralelo, los Latin Playboys. Es la fuerza de las musas.

Pero �qu� tiene de especial el disco que editaron los chicanos en 1992? Pues que en Kiko, el rock de ra�ces latinas que Los Lobos llevaban practicando durante m�s de diez a�os se vuelve absolutamente impredecible.

Es �ste un disco tocado por la gracia divina, con una elegancia fuera de toda duda y que mezcla con buena mano y sin alardes las m�sicas que lat�an en el coraz�n de esta banda de angelinos con coraz�n mejicano.

Actualizaciones de rock and roll cl�sico (Revas House podr�an firmarla Wilco), texmex, instrumentales que quitan el aliento (Arizona Skies sigue siendo una de las canciones m�s hermosas de aquella �poca), el aire cool de los mejores Morphine (¿se fijaron los de Sandman en Kiko and the Lavender Room para grabar su Cure For Pain?), un precioso vals mexicano (Rio de Tenampa), ritmos latinos con arpas de Veracruz (Saint Behind The Glass), folk rock del que HAY que escuchar (Short Side Of Nothing), The Band (When The Circus Comes) y 16 canciones en un crisol del que, por una vez, s� sali� oro puro.

�El Sgt. Peppers de Los Lobos, como algunos escribieron? Quiten, quiten: su Smile. Por deslumbrante, singular y �nico en su atm�sfera.  Por ambicioso y por irrepetible. Por no cambiar nada y, sin embargo, hacer una revoluci�n de lo m�s silenciosa. No se lo pierdan: sus corazones no son nada sin �l.

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