Hace once años se dio una conjunción cósmica de ésas que pasan pocas veces: un día frío de octubre (no es retórica, hacía frío de verdad), sábado, me compre dos discos y the music the constantly played says everything to me about my life.
Uno de ellos era el Soidemersol, el otro no viene al caso. El de La Buena Vida no era un disco para mí, sino un regalo. Pero como el cumpleaños no llegaba hasta dos semanas después, le quité el envoltorio y me lo puse. Una vez. Y me rompió.
En aquel entonces acababa de dejarme mi primera novia, por lo que me creía el tipo más desdichado del mundo, nadie había sufrido tanto con una relación y, desde luego, nadie sería capaz de joderme tanto en la vida. Era inconsciente e iluso: sí, me joderían más veces y de peores maneras. Y el disco me lo avisaba y yo me lo creía: lo malo de la vida suele ser que al final te hace sentir como un patán. “Al final”, en aquellos días, era justo ese momento. Y las rimas a veces torpes, otras cándidas, de La Buena Vida lo sabían todo sobre mí: yo ya fantaseaba con que los años pasarían junto a mí y no me quedaría nada.
El disco estuvo dos semanas metido en mi discman, que si están llorando las nubes, que si adiós amigos, que si por mucho tiempo que pase. Ese cd estuvo conviviendo esas dos semanas con la persona a quien se lo iba a regalar sin que ella lo supiera, y yo me moría de ganas de decirle que aquello era increíble, que ese grupo se había ido buscando una orquesta y había regresado con un totem. Me tenía que callar que aquellas canciones me estaban obligando a llorar todo lo necesario, a verme a mí mismo de la manera más ridícula posible, o no, o autocompadecerme sinceramente. No podía decirle que ‘Pacífico’ era quizás la mejor canción de la historia (las mejores canciones de la historia tienen eso, que sólo lo son durante un tiempo muy breve; luego las colocas de nuevo en su sitio real). No podía contarle la vergüenza que me daba la frase de la blusa marinera o muchas otras.
Me pasé dos semanas callando, pero lo peor es que estuve tentado de no regalar Soidemersol. En los momentos egoístas, el disco me pedía que me quedase siempre a su lado. Es lo que tienen algunos: que quieren que te obsesiones con ellos, pero luego de los efectos secundarios no te dicen cómo librarte. No me venció la tentación, pero fue más duro que desengancharse del tabaco (es lo único en esta vida que he dejado, no puedo comparar con otros vicios que no he tenido o que mantengo).
Al final regalé Soidemersol y nunca me lo volví a comprar (también influye que yo vivía con la persona a la que se lo regalaba, pero queda más legendario si lo vendo de la otra manera; ya sabéis, imprime la leyenda).
Ayer lo vi entero en directo y debo confesar que estuve con los ojos humedecidos en ciertos momentos, en ciertas frases o en ciertos arreglos de cuerda o trompeta. Y volví a pasar la misma mezcla de vergüenza ajena y amor sincero por esas canciones. ¿Los remedios de qué? Seguimos igual, once años después, al menos en lo que a mi relación con la música y los discos se refiere.







