It´s a Shame About Ray – The Lemonheads (1992)
Evan Dando es una contradicción con patas, el sísifo de la canción pop alternativa. Tenía tantos motivos para ser feliz y convertirse en una estrella y tan pocas maneras para desperdiciar su don que decidió tomar el camino difícil. Ésta es la historia de un músico empeñado en lograr algo y que siempre se quedó al borde, por su propia culpa.
It´s a Shame About Ray debería haber convertido a Lemonheads en cabeza de león. Como cabezas de ratón llevaban ya un tiempo entregando discos irregulares pero disfrutables y como colas de león se pasarían el resto de su carrera (incluso tras su vuelta hace ya unos cuantos meses), dando canciones muy buenas junto a otras que daban risa.
La culpa la tiene su líder y el único motor del grupo: un tío tan pagado de sí mismo que no dudaba en utilizar unas fotos en la cama para hacerse propaganda. Alguien que creía que el estrellato pop simplemente consistía en salir en la sección rosa junto a miles de amantes.
Evan Dando era un superdotado. Seguramente en lo sexual también, a juzgar por su físico y por su notable lista de amantes, pero aquí lo que nos ocupa es lo simplemente musical. Y ahí, el tipo tenía una mano increíble para hacer que el chicle pareciese alternativo, para darte la misma canción de siempre envuelta en guitarras razonablemente ruidosas y melodías nada obvias.
Dando había pasado por su fase hardcore y, dando una voltereta en triple mortal, también había probado sus influencias country. Pero nada de eso ocultaba lo que siempre había querido hacer: hits masticables y escupibles al momento, bubblegum pop para la generación X.
En It´s a Shame About Ray lo consigue. Curiosamente (dado lo bajo de su deseo), apelando a una inteligencia bastante por encima de la media de los músicos de su generación. Aquí no hay berreos ni frases pretendidamente surrealistas que esconden el vacío más absoluto. No, no, no. Aquí hay hay un narrador consistente con algunos de los puntos de vista más extraños y sin embargo plausibles de la época.
Véase Rockin´ Stroll , el vibrante número que abre la función. Obsérvese como Dando habla de los primeros pasos de un bebé como metáfora de vaya usted a saber qué y piénsese en cómo contrasta la letra con los latigazos eléctricos de la canción. Onomatopeyas de nuevemesino (gdunk gdunk gdunk gdai) en envoltorio de rock alternativo, ¿quién da más rareza?
En serio, es sorprendente desentrañar cada uno de los recovecos de este disco. Pero lo mejor es que todo viene después de la música, porque ésta brilla con luz propia. Guitarras rasgadas para evocar un divorcio en Confetti (la canción que imitaban una y otra vez los primeros Australian Blonde ), R.E.M. (y sus mandolinas) y Sonic Youth (y sus afinaciones sui generis) colisionando de manera perfecta en Rudderless (uno de mis himnos generacionales, quizas el #84) o Juliana Hatfield ejerciendo de enfadada en el previo de una de las canciones más dulces (y más simples, bubblegum de nuevo) de todo el disco, Bit Part (“quiero ser algo más que una pequeña parte de tu vida, algo que más un breve cameo“, dice). Hermosísima es Hanna & Gabi, la más country de todo el lote, con una steel que rompe por dentro y una letra que lo hace por fuera (you can scream but I’ll just dream how you might dissapear; sí, a mí estas frases me impresionan).
Todo el disco está atravesado por un rayo de melancolía que brilla con luz propia en la letra fúnebre de la titular (donde Ray tiene su nombre grabado en una piedra, ¿sera una lápida?) o en la terrible Buddy (que fue renombrada así después de que algunas cadenas comerciales no quisieran apoyar un single llamado My Drug Buddy) donde ella reconoce que las adicciones no sólo pueden venir de las drogas, sino también de las personas enganchadas. Afortunadamente, Evan Dando acelera el pulso cuando el edificio le resulta demasiado traumático y así crea algunas de las canciones de los 90 más dolorosas y, no obstante, más pegadizas (porque duele oír cómo se enamora, la verdad, cuando escupe -y las escupe, en serio- frases como “she’s the pebble in my mouth and underneath my feet she’s the puzzle piece behind the couch that made the sky complete, Alison’s starting to happen“).
Yo era un pipiolo cuando este disco llego a mi vida. Pero un pipiolo de libro: con tanto por hacer que cada paso nuevo dolía, con tanto por dar que me lo quedaba para mí mismo. No tenía ni idea de música (ahora tampoco, pero lo oculto bajo una fachada de mil discos oídos) ni tampoco sabía que existía un musical llamado Hair. Había visto el graduado y, seguramente, no la había entendido (quizás incluso le había dado al fast forward para ver el momento en que había esperado que Anne Bancroft se desnudaba, sin éxito): No hubiera entendido que Frank Mills fuese una versión (tan delicada y fuera de lugar ella). Pero Evan Dando, a quien ya había escuchado en el magnífico (aunque terriblemente irregular) Come On Feel, me metió un golazo por toda la escuadra que me dura hasta hoy.
Tags: Lemonheads, Los 90
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