A veces, como los peces

Gov´t Mule Viernes 7 julio 2007. Sala Joy Slava. Madrid. (Una crónica de Santo) Ahí estaba yo, infeliz chico de su tiempo: gafaspasta, converse, aires de fiesta… Ese viernes en concreto vestía una especialmente desafortunada combinación de colores chillones. Francamente, desentonaba un poco entre aquella colección de viejos rockeros ataviados de negro mate, largas melenas, [...]

Gov´t Mule

Viernes 7 julio 2007. Sala Joy Slava. Madrid.

(Una crónica de Santo)

Ahí estaba yo, infeliz chico de su tiempo: gafaspasta, converse, aires de fiesta… Ese viernes en concreto vestía una especialmente desafortunada combinación de colores chillones. Francamente, desentonaba un poco entre aquella colección de viejos rockeros ataviados de negro mate, largas melenas, bigote y algún sombrero vaquero. Pues eso, ahí estaba yo, una vez más en la sala Joy Slava, dipuesto a abrirme las venas para llenarlas de rockÂ… ¡Oh, sí, dame más, nena!

El concierto empezó tempranito. En los primeros instantes ya estaba enterándome de qué iba la cosa. Pero no lo descubrí en su totalidad hasta que terminó: ¡casi tres horas de rock! Tras las cuales me sorprendí bastante, puesto que pensaba que sólo era capaz de sobrevivir a tres minutos. Más asombroso aún si se tiene en cuenta que no se me hicieron del todo largas. Es más, en muchos momentos me divertí como un enano. Lástima que no fuera a lo largo de toda la actuación.

La fórmula de Gov’t Mule está basada en la teoría, la técnica y la improvisación. Es el rock americano tal y como lo entendemos: desde Hendrix hasta Grateful Dead. Se trata de temas de estilo clásico, pero de bastantes vertientes distintas, reinterpretados en cada concierto. Cada uno de ellos puede llegar a durar más de diez minutos, entre solos de guitarra, de hammond, y demás improvisaciones.

Claro está que durante 3 horas pueden pasar muchas cosas. Me alegra decir que el 51% del tiempo que pasé ahí, el espectáculo del rock me secuestró, erizándome los pelos, y me hizo parte de ese orgulloso colectivo de fans que tocan la guitarra imaginaria y estiran a la vez los dedos índice y meñique de cada mano. Pero también hubo momentos de tedio, cuando se atascaban en sus interminables solos, en improvisaciones un tanto vacuas (el problema es que eran igual de largas las vacuas que las interesantes). Haciendo balance, no sé si les saldría por casualidad, pero creo que la banda supo encontrar un equilibrio. Así, pasada la mitad del concierto, un tema soporíferamente eterno casi consigue enviarme de vuelta a casa; cuando ya lo creía todo vendido, la banda resucitó con un visceral rithym blues en cuyos solos de guitarra se podían ver las tripas de Warren Haynes digiriendo pesadamente alguna ruptura amorosa, o algo parecido.

Me gustaron cuando sonaron más cerca del blues, en un estilo que el propio Hendrix habría firmado, o incluso cuando tomaban aires cuasi jamaicanos, gracias al buen hacer de Danny Louis a los teclados. Ejemplo de esto fue el espectacular arranque, Hammer & Nails, y otros temas que mi recortada cultura musical no me permitió identificar (anda que si supiese más, iba a estar aquí escribiendo sin cobrar ni para una caña; N.E: Para una caña sí te va a llegar, hombre).

Me gustaron mucho menos en las mencionadas improvisaciones sin salero, y en los temas más cercanos al hard rock (gafaspasta, recuerden). Aunque sí que tengo que mencionar que con estos últimos fue con los que la audiencia más se volcaba. Así sonaron, por ejemplo, en Endless Parade (nombre adecuadísimo en este caso), para cerrar el concierto, o en Rocking Horse, coreados por el público.

Vamos ahora, uno a uno, con los miembros del grupo.

En cuanto a Warren Haynes, se le ve pleno líder y anfitrión, por mucho que esa barriguilla blandita pueda reducir la cola de gruppies sedientas en la puerta de su camerino. La voz apareció menos que su guitarra, pero como cantante demostró muy buenas maneras, con un tono caluroso, rasgado y potente. La guitarra me encantó cuando era ruidosa, sobre todo en los temas en los que el slide aportaba un sonido más (de nuevo) Hendrix a los solos y la técnica dejaba espacio para la imaginación.

Me pareció increíble cómo la banda continuaba sonando llenísima aún cuando su única guitarra estaba perdida en los punteos. Esto no se debió sólo a los acordes que marcaba el teclado, sino también al perfecto engrase del grupo.

Andy Hess, al bajo, se ocupó bien de ello. Muy atento a la trayectoria de cada canción, cuando la guitarra se iba de picos pardos, él entraba de cabeza en unos walkings sonorísimos que construían un robusto colchón de melodía. Haynes debería levantarle un monumento a su bajista, porque se lo pone fácil.

Tampoco estaba a por uvas el veterano batería Matt Abts. Con la cabeza bien fría evitó cualquier ataque de virtuosismo que rompiese el ritmo; levantó las baquetas de los timbales y le dedicó más tiempo al ride y al charles bien abierto contribuyendo así a ese colchón tan necesario para llenar el vacío de la guitarra. Pero también tuvo su momento de gloria: en la recta final del concierto, sus compañeros le dejaron el escenario para que se diera un baño de masas con un solo de batería de los de antes, y que entusiasmó. A mí se me hizo pelín largo y no demasiado espectacular, pero está bien recuperar ese show para el rock de vez en cuando, claro que sí.

Los teclados de Danny Louis aportaron un punto de frescura. Me gustaron más cuando sacaba todo su sonido analógico (no conseguí confirmar si tocaba un auténtico Hammond). Pero tampoco me desagradaron en su versión más comprimida y enlatada. A Louis le gusta lucirse y a mí me gustó ver cómo se lucía. Sus solos, en muchas canciones, fueron más atrevidos que los de guitarra. No obstante, el diálogo entre ambos instrumentos, guitarra y Hammond, alcanzó en algún instante (cortito, eso sí) un nivel espléndido, haciéndome creer que me encontraba en un concierto de jazz, no de rock.

Cuando las 3 horas llegaron a su fin, respiré. A ratos había mirado el reloj. En otros momentos, me olvidé totalmente de él. La reacción del público, que en su mayoría parecía mucho más afín a este estilo de música que yo, fue de entrega absoluta. Sólo algunas personas comentaban que se les habían hecho demasiado largas las canciones. Y yo abandoné la sala pensando que había saldado una vieja deuda con el hard rock. Dentro de diez años, otra dosis.

Y hablando de la sala, esta vez la jugada me salió bien. Estuve en la cola de la Joy Slava casi una hora antes. Eso me permitió coger el mejor sitio: primer piso, primera fila. Toda la visibilidad posible, las cajas acústicas a la altura de las orejas, y la posibilidad de sentarme (si terminé de ver el concierto, creo que fue en parte gracias a esto). Hay que reconocer que cuando uno está bien colocado la acústica y la visibilidad son mejor que buenas. ¿Un paso hacia la reconciliación? Lo veremos el próximo miércoles.

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5 Comments

  1. miguel added these pithy words on July 11, 2007 | Permalink

    uy, uy, uy… alguién se está haciendo mayor?

  2. santo added these pithy words on July 11, 2007 | Permalink

    Pues dado que la mayoría del público que aguantó hasta el final superaba con creces la cuarentena, no creo que sea ese el problema… Aunque no puedo negar que las tallas de los pantalones me van en aumento…

  3. miguel added these pithy words on July 11, 2007 | Permalink

    qué no… dentro de poco la choper los bigotes y el rock sureño a toda mecha

  4. santo added these pithy words on July 12, 2007 | Permalink

    Ah! Si lo decías por eso… ¡por supuesto! Lo del rock sureño debe ser algo que se le pilla el gusto con la edad, como ver el tiempo en las noticias o el estado de las carreteras en el teletexto. Y en cuanto a la moto, ahora tengo una vespa… ¿adivinas cuál quiero dentro de un par de años?

  5. miguel added these pithy words on July 12, 2007 | Permalink

    …si sólo es por picarte un poco

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