
Travolta, esos Mercromina convertidos en Chatarra y luego travestidos con la fiebre del sábado noche, están a punto de debutar. Apenas han pasado dos años desde que los de Albacete se fueran con esa despedida que lanzaban, en letras y música, Desde la montaña más alta del mundo.
Ahora, aquella melancolía por las cosas hechas, por las grandes aventuras en las que se habían embarcado, por los montes escalados y los fracasos en la mochila, todo aquello ha dejado paso a un suave optimismo, a una media sonrisa disfrazada de música tristona.
El efecto amor, debut de la banda conocida como Travolta, tercer estreno de los valientes albaceteños, no es el mismo perro con distinto collar. Hay cosas que nunca cambiarán, pero otras que ya lo han hecho. Poco queda aquí de las tormentas de guitarras licuadas que inundaban el último disco de Mercromina. Y nada de las estructuras atípicas con las que cantaron Bingo. Afectados por las consecuencias de ese efecto, Travolta se consagran a lentas canciones de violines y guitarras transparentes, de morriña por el futuro y cabezas altas.
Galaxie 500 andan por aquí. Si quieren llamarlo slow-core, háganlo, pero se equivocarían, porque aquí hay muy poco dolor y sí unas cuantas canciones de prístina belleza. La misma que a borbotones le sale a Sufjan Stevens (sus pianos se citan en el comienzo de la canción titular), la que también cultivaban Darren, Damon y Naomi, ese lado amable de la vida que siempre tiende a aparecer, por mucho que queramos ir cabizabajos.
El efecto amor es un disco cercano, muy alejado de los manierismos de aquel Canciones de andar por casa que marcó la tercera parada discográfica de Mercromina, pero cercano a algunas de sus canciones más intensas, como la exquisita Vals de Ballenas. A Travolta la lluvia a mares no sólo se les cuela en una canción de letra simple, pero efectiva (como todas), sino también en un ambiente otoñal persistente incluso cuando el disco ya ha dejado de sonar. Baterías tocadas como si se utilizarán escobillas, vientos soplados como si un bebé durmiese en la habitación contigua, vaho en las ventanas, y una mirada de esperanza:
al caminar no siento el hielo, con mis zapatos lo aplasto y lo entierro, en estos días que es tan difícil sólo mantenernos vivos. Mi corazón está valiente. Hoy voy a ir a buscar lo que tenga que ser y es que hoy es el día en que quiero encontrar lo que quiera que venga hasta aqí. Mi corazón está valiente…
Pájaros heridos que se juegan el destino, piedras arrastradas por el río de la indiferencia y de la rutina, Travolta no se dieron por vencido y acabarán venciendo al paso de la memoria, a esa fugacidad impuesta porque tenemos toda la música a nuestro alcance y queremos bebérnosla a cubos.
Aviso: es necesario pararse en los surcos digitales, en los meandros de guitarras, hammonds, sólos a lo Wilco, punteos cálidos, slides, pianos y demás música de la tranquilidad. Es necesario volver a disfrutar de la música a la vieja usanza, olvidándonos de que ya mismo hay otro grupo con nuevo disco que HAY QUE oír. Por un día, no está nada mal bajarse del mundo, tirarse en marcha y verlo pasar mientras Travolta te susurran al oído:
Un día vi que el mundo iba a estallar delante de mí y yo no pude abrir los ojos, ahora nunca será así, con los ojos bien abiertos siempre.
Se confirma así el talento de Joaquin Pascual (guitarras, pianos, voces) y Carlos Cuevas (batería y coros), ahora unidos a Ana Galletero (violin, organo, bajo y coros) y Paco Cuerda (guitarras y coros). Se confirma el regreso de unos grandes del indie patrio o, mejor dicho, de unos modestos que no necesitan subir de división para ser mucho más que estimables músicos. Para ser fieles compañeros vitales. Algo tendrán que, pase lo que pase, siempre caen de pie.
Los que se dieron por vencidos.mp3
La casa.mp3
WHAT TO DO NOW?