
(Foto está extraída de La Rioja. Firmada por J.R.)
No suelo ir a los conciertos vendido de antemano. Y no porque no tenga ganas. Me gustaría que mi ceguera de fan, la que inevitablemente aparece con determinados artistas favoritos, también se pudiese experimentar en directo. De hecho, me sería mucho más sencillo disfrutar de las actuaciones de algunos de mis favoritos. Sería todo colocarme en primera fila y empezar a cantar, a dar botes, a mover la cabeza y a perder el control del pie.
No me ocurre y lo siento. Generalmente, tiendo a colocarme cerca de la gente que no está muy metida en el universo de quien toca. Como, además, mis citas con los directos ya casi se han visto reduciadas al panorama festivalero, mis problemas se agravan aún más. A veces hasta paso vergüenza por disfrutar de ciertas cosas. SObre todo, cuando los argumentos para defender a esos grupos son tan sentimentales, están tan ligados a mi intimidad, que tratar de convencer al otro de “esto es bueno” supondría dar algo de mí.
Con esa rémora me planté el pasado sábado en La Gota de Leche logroñesa, un edifico dedicado a las actividades juveniles y con sonoridad de polideportivo, para presenciar la cita más esperada por esa nimia minoría que en Logroño aprecia a Parade, a Hidrogenesse, a Julio Bustamante o a Kiki D´Akí. Cita ineludible para, posiblemente, más de la mitad de las personas que allí acudieron; curiosidad gratuita para la otra mitad.
Quememos naves y lancemos loas: como concepto, los conciertos matinales deben estar, desde ya y por norma, en el cartel de un festival como Actual. Permiten traer a propuestas minoritarias y, ya de paso, tomarte unos pinchos de tortilla, unas croquetas, unos pimientos rellenos o lo que fuese acompañados por una cerveza (o vermout) a eso de las 12 y media de la mañana. La sensación que uno tiene estando allí es de júbilo pleno. Para un fan irredento de Parade, como soy yo, eso de pedirme una tortillita de patata mientras el murciano arrancaba con Sé positivo, acepta el silicio tuvo algo de ciencia ficción cañi.
Volvamos a donde habíamos empezado: confieso que sentí un poquito de vergüenza cuando Parade salió al escenario con su teclado y su camisa negra abotonada casi hasta arriba. Aún más, cuando, a medida que pasaban las canciones, yo mismo no podía dejar de entonar mis estrofas favoritas mientras, justo delante de mí, el único punk de toda la sala (muñequera de pinchos, para que se hagan a la idea) escuchaba divertido y con mofa las arreboladas canciones del baladista murciano. Porque sí, ya sabemos todos que Parade es “o lo tomas o lo dejas”, pero vivirlo así, tan en crudo y casi sin haber desayunado, es una minipelícula de terror.

(Foto extraída de la edición Rioja de El Correo)
Por suerte, quien estaba tocando era el señor Antonio Galvañ, que supera todos nuestros miedos con música de alto quilataje. Fue llegar a Flora Rostrobruno, interpretada únicamente con el teclado, y olvidarme de todo. En ese momento, el concierto de Parade (magnífico en su reinterpretación de temas propios usando discos ajenos) cobró sentido definitivo y se transformó en un acto de fe. Como San Pablo cayéndose camino de Damasco, sé de varios que se convirtieron a su música tras su actuación en directo. Vergüenza seguiremos teniendo cuando Antonio aparezca en el escenario, tan desválido, pero para la próxima ya sabremos que con un par de canciones puede conquistar los corazones más duros. De hecho, cuando Gino Paoli apareció en forma de versión, yo creo que hasta los punkis se emocionaron.

Cambiar el orden de los factores no altera para nada el producto cuando es Bustamante quien aparece por el coqueto escenario de la gota de leche. Centrado sobre todo en su último disco, lo de Julio fue la reunión de campamento más divertida de la historia. El público sentado en las primeras filas, entregado a la magi de un maestro que acabó incitando a dar palmas y bailar. Las verbenas de los pueblos deberían estar llenas de las canciones del valenciano, para que todos volviéramos a pegarnos a esas chicas y hacer como que bailamos (que el reggaeton es muy complicado). Un crack Bustamante y de 10 ese final con Mundo Sereno:
Ven, sígueme:
te voy a llevar a un mundo
prodigioso,
confortable, de categoría.Aunque tal vez hayas estado allí antes
te voy a llevar igual… te voy a llevar igual.
De sereno poco y de prodigioso mucho el multiverso creado por los Austrohungaros, que en Logroño, en pleno día de reyes, se personificó en los cada vez más geniales Hidrogenesse. Si a varios de los grupos del colectivo tecnopop les sobran las gracietas y les fallan las canciones (a los presentes el sábado como público Mano de Santo, por ejemplo), a Carlos Ballesteros y Genís no les falta ni les sobra nada. Están en su punto justo: allá donde la melancolía tiene cierto chiste autocompasivo y donde la música es un hit inapelable en cada segundo.

Presentaron las canciones de Animalitos y nos enseñaron que vienen de nuevo con el arsenal cargado. El público ya había entrado en plena catarsis y se rindió a la evidencia de que talentos como ellos escasean. A mí casi me dieron ganas de que Genís se dejase de Astrud e hiciese de Hidrogenesse su definitivo motor de expresión. Fue una blasfemia, de acuerdo, pero tampoco tan grande como se creen muchos. Por cierto, su disco se hace esperar: el amable Carlos me confirmó al final del concierto que hasta febrero (o así) no estará terminado.

Y terminada no está Kikí D´Akí, ni mucho menos. Es más, canta como los ángeles, con su pinta de funcionaria vainiquera, y las canciones de su último disco suenan fenomenales, si bien a alguna le pesan los excesos sentimentales. Y disfrutamos, claro, pero a mí se me queda un regusto algo amargo (un poco, tampoco nos vamos a poner tontos).
Primero, porque creo que Kiki hubiese ido mucho mejor al comienzo de la mañana, cunado su pop más normal aún no iba a tener en contra el peso musical de tres grandes heterogéneos. Y segundo: su pasado es mejor de lo que fue su presente. El Zurdo será todo lo que ustedes quieran, pero también es uno de los mejores compositores de la historia del pop español. Y permitirse el lujo de dejar sus canciones fuera está al alcance de muy pocos. De Kiki, por ejemplo, no.
Así que mientras un Katsura que saca lo peor de mí le gritaba “Que grande eres, Kikí” con cierta sorna, yo no pude reprimir el comentario más fuera de tono de todo el concierto (más incluso que el del punkie cuando le gritó a Parade “escúpenos”): “Acepta el pasado, Kikí”, le dije. Ésa será la única manera de que cosas como Unidad de Destino puedan ser escuchadas en directo por toda esa generación que nos las perdimos en su día. El recibimiento que tuvo Accidente, y su capacidad para romper corazones en plena mañana de Reyes, me da la razón. Se positiva, Kiki, acepta el cilicio de haber tenido al Zurdo como compositor.
(Una última observación. No me gusta señalar -o tal vez sí-, pero no me parece de recibo que uno, cuando haga la crónica de un concierto y decida no ir o no quedarse siquiera hasta el segundo grupo, se la invente tirando de notas de prensa y no sea capaz de hacer una simple llamada para confirmar, al menos, que los grupos tocaron en el orden previsto. Porque si no, se escriben cosas como ésta y el público que estuvo allí ya ni se cree que el periodista hablase con alguien en la barra o esa afirmación final hecha claramente a la ligera: “Los asistentes acabaron el concierto cansados pero contentos del espectáculos del que habían podido disfrutar. Muchos de ellos, se fueron directos a su casa a dormir para coger fuerzas para el concierto de la noche y poder salir de fiesta para concluir bien las fiestas navideñas”. )
Tags: Bustamante, Hidrogenesse, Kik DAk, Parade
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