
Todos los niños pequeños, todos los poetas y todos los mentirosos; Todos vosotros, gente hermosa, vais a morir
Así, con una bola de ruido enjaulada por la hermosa voz de Alan Sparhawk comienza Drums & Guns, el inminente nuevo disco de una de mis bandas favoritas.
De ello hemos dado muestras en varios de nuestros artículso, acercándonos a la carrera de los de Duluth con una mezcla de veneración y mirada crítica. Lo hemos intentado, al menos, porque cuando uno se pone de frente con sus grupos favoritos, es complicado ponerse la careta de observador neutral.
De hecho, Low nunca han pretendido que los oyentes fueran neutrales. Su lentitud máxima era, en numerosas ocasiones, exasperante… a no ser que te gustasen las cosas cocidas a fuego lento. Si éste era el caso, ellos eran los que más lento lo hacían y lo suyo no era fuego, sino hielo puro. Amor y odio, ya sabéis, esas reacciones básicas que suelen provocar, a partes iguales, los únicos grupos “que de verdad importan”.
Drums & Guns nace de una crisis existencial que a punto estuvo por llevarse todo por delante. Puede parecerlo, pero el dato no es baladí: es lo más importante del meollo, el concepto (o casi). Alan Sparhawk cayó en una grave depresión durante la gira de The Great Destroyer, Zack se marchó del grupo por decisión propia y Mimi… Mimi sólo estuvo allí presente, viendo cómo su marido se derrumbaba. El incendio fue descomunal.
De sus restos parte Drum & Guns, un disco de canciones accesibles asaeteadas por el propio grupo. Muchos de estos temas se habían escuchado ya en directo, pero cuando Low regresaron al estudio de la mano de Dave Fridmann, quisieron darle la vuelta a todo lo escrito hasta entonces. Y, curiosamente, encargaron al productor de los sonidos más brillantes y/0 melancólicos que hiciese un disco frío. Violento. Tremendista.
En cierto modo, Drums & Guns regresa a los tiempos del espectacular e infravalorado Secret Name. Allí cobraron especial importancia las máquinas, los ruidos, los arreglos. Se rellenaron los espacios que dejaba la música de Low con detalles sin aparente protagonismo, pero que se revelaban fundamentales.
Aquí ocurre igual. Baterías grabadas y repetidas, puestas con eco. Guitarras que no se tocan más que una nota, superpuestas sobre sí misma una y otra vez, voces en loop, violines grabados y retorcidos en el ordenador, solos metálicos puestos del revés, palmas sin más acompañamiento. Ni rastro del indie rock cercano y enérgico con el que dieron otro gran giro a su carrera en The Great Destroyer. Sí mucho sonido sintético, bases sampleadas y un tono lúgubre.
A primera vista, echa para atrás. Es como si los Low afligidos, pero amables de los dos primeros discos, o los tristes pero soportables de su siguiente cosecha, acabaran de descubrir qué es morir. A la altura de la décima canción, Take Your Time, construida en base a unas campanadas de medianoche, te acongojas. A la de Murderer, vuelve a sentirte vivo y, si andas bajo de defensa, demasiado cerca de romperte en mil pedazos.
Es la misma sensación que The Drift: la del miedo al vacío existencial. Como aquel, Drums & Guns es un disco para escuchar en solitario, recogido, pero con el volumen a tope. Miles de detalles permanecen ocultos y van sumándose en cada nueva oportunidad que se le da.
Pero Low no son (y nunca serán) Scott Walker. Mientras aquel buscaba a toda costa el miedo escénico, Low tienen en sus voces su mayor amigo para solucionar crisis de tendencias suicidas. Tanta dulzura, sólo comparabale a los mejores Simon & Garfunkel, acaba por mantener al oyente pegado a un disco que, de otro modo, resultaría insoportable.
Porque entrar en los textos es una excursión a los peores lugares del ser humano, un disco obsesionado con las armas, la destrucción, los asesinatos y la sangre.
One more thing before I go /
One more thing Ill ask you, Lord /
You may need a murderer /
Someone to do your dirty work.
A esta hora, mañana, yo sólo estaré un día más cerca, un amanecer más a la espalda.
Y así, doce canciones encadenadas a sus propias miserias, pero para nada autocompasivas o falsas. Sino conscientes de su turbio origen, como demuestra el único punto irónico, esa Hatchet de letra casi cómica:
Yo seré tu Charlie y tú serás mi George, enterremos el hacha como los Beatles y los Stones
Escasa pero agradable rendija en un disco tenso, violento, dolorido y hermoso. Y para nada minimalista, como tal vez les cuenten por ahí. Aquí todo es maximalista, del mismo modo que los haikus lo son.
Hasta hoy (un mes después de haberlo escuchado por primera vez, en una escucha inconscientemente diaria) pensaba que no estaba entre sus tres mejores discos, pero ya lo estoy dudando.
Tags: Low
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