
¿Hace cuanto tiempo que no abres tu cofre de los tesoros? Hablo de ése, metafórico o no, donde has guardado parte de tus recuerdos y donde, de tanto tiempo cerrado, ha anidado una araña, que vete a saber cómo ha llegado hasta allí. Uno nunca sabe por qué hueco entran.
A lo que íbamos, ¿hace cuánto que no lo abres? ¿Has perdido la llave? ¿O es que no te atreves a mirar quién eras? ¿Te siguen dando miedo las cosas normales, tanto como para que, años después de encerrarlas, los rincones oscuros sean cada vez más visibles?
Espanto, tal vez miedosos en algún momento de sacar a la luz lo que habían escondido, han decidido abrir su propia caja. Y, aunque también tenga una telaraña, de su miedo a las cosas normales sólo ha vuelto a aflorar aquella sensibilidad especial que hizo de la segunda maqueta de Espanto un hito absolutamente out of time. Fuera del tiempo y del lugar, sí, pero también totalmente pasado de moda, si es que alguna vez su forma de actuar lo ha estado.
En el mundo de Espanto, las profesoras de Primaria esperan los amores detrás de sus mesas y creen que pueden llegar de la mano del alumno más díscolo. No hay manzanas en sus mesas, pero sí hijos pequeños en casa, esperando a la madre soltera que debe ocuparse de la educación de otros antes que de la suya.
En el mundo de Espanto, las excursiones al monte acaban en tragedia amorosa, en discusiones de las que rompen parejas. Si le haces caso y vas por otro camino distinto, luego ella te pedirá cuentas, así que más vale que sepas algo de orientación. En ese mundo, en esas excursiones fallidas, no sólo no hay guijarros para regresar a buen puerto, sino que la Guardia Civil, hasta su perro, recibe los besos de la chica.
En el mundo de Espanto, se reconocen las trampas que la vida nos va dejando en el camino, las cosas que ayer no hicimos y que hoy nos agobian; queremos resolverlas ya y no podemos terminar las de hoy: todo se acumula, sin posibilidad de escapatoria. No tenemos el don de la ubicuidad, pero lo pretendemos. Y Luis y Teresa nos señalan por ello, se señalan a sí mismos.
En el mundo de Espanto, las cosas viejas aún tienen importancia, no como en las tiendas en las que todo pasa demasiado rápido. No como en las relaciones, donde los chistes que ayer hacían gracia, hoy son más insoportables que una actuación de Chiquito de la Calzada, que un humorista de televisión local.
Con cuatro historias de su mundo, Espanto han vuelto a abrir su cofre de los tesoros y les ha salido un hit absoluto (Profesora de primaria; la acabarán odiando) y otro menos rotundo, pero con igual carga de profundidad (Brigada de rescate; mejor la letra que la música, creo). Y como si fuera un single de dos caras, las otras dos canciones amplian el campo de batalla de un grupo que, gracias a Dios, parece decidido a no encerrarse en su mundo interior.
En esa segunda cara virtual, aprovechan una canción disonante (La trampa del ser tiene la melodía menos amable de todas las que nos han enseñado hasta ahora) para llenarla de arreglos a cual más atípico. Una gozada que a primera escucha llama la atención por su rareza y en la que,al final, todo acaba cuadrando. Y una letra cuyo mensaje anda cerca de ese Algo mejor que hacer del señor Parade.
Espanto concluyen estas cuatro nuevas canciones, con una (La obsolescencia del producto; toma pedantería) por la que yo daría un brazo para que la produjese Ibon Errazquin. Se iban a enterar muchos indies profesionales…
La sensibilidad especial que Espanto desprendían en anteriores estrellas de su universo vuelve a hacerse presente en su nueva maqueta. Pero, además, con la peculiaridad de que ya han dejado de remitir a todos esas cosas maravillosas que cualquiera debe escuchar (Magnetic Fields, Jonathan Richman, Le Mans, Vainica Doble…) para empezar a sonar a Espanto. A lo tonto, con dos de sus maquetas (la primera la dejo sólo para muy iniciados), ya tenemos un disco de ocho canciones por el que otros pegarían.
Parafraseándolos, el problema son el resto de grupos, el problema es que… vosotros sois extraordinarios.
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