
Es lo que llaman “espíritu de campamento”. Uno está allí, en medio de ninguna parte, rodeado de gente que le gusta. Y de pronto, en un segundo, ha perdido pie. Casi sin darse cuenta se encuentra en una burbuja, el resto del mundo ya no existe… nosotros y el paisaje somos uno.
Nos creemos especiales, distintos. Nos rompen el corazón y pensamos que somos los únicos. Nos despertamos del sueño de la infancia abruptamente y parece como si fuéramos los únicos. Nos enamoramos y el mundo a nuestro alrededor desaparece. Pero no somos tan raros. A todo el mundo le pasa algo similar. Lo difícil es contarlo.
Paul va a trabajar este verano, de Michel Rabagliati, es el enésimo intento humano por describir las emociones y sensaciones que se dan en el tránsito de la niñez hacia la edad adulta, en esa irregular y poco tangible etapa que llama adolescencia. Puesto que las experiencias de nuestra juventud nos marcan para el resto de la vida, es lógico que los artistas quieran desentrañar sus misterios. El problema es que, la mayor parte de las veces, este tipo de obras acaban en un batiburrillo sentimentaloide y cursi que las emparenta más con los malos folletines que con la buena novela de aprendizaje.

Sin embargo, de cuando en cuando, cae en nuestras manos un tesoro, una obra capaz de sortear todos los obstáculos y retratar intensamente todas las sensaciones del momento. Cuando esto ocurre, ese autor, el responsable de la obra, nos hace el mejor regalo posible.
La historia de Paul es la historia del verano soñado, ése en el que llegas a un sitio nuevo, haces amigos, descubres las partes oscuras del mundo, amas y todo acaba. Es la historia de ese espíritu de campamento que citábamos al principio, de esa burbuja en la que nos creemos invencibles.
El comic de Paul es el espejo en que nos podemos mirar para ver reflejada nuestra propia nostalgia. Da igual que sus personajes sean tan vívidos que parezcan reales, da igual que su localización esté reflejada al detalle. Da igual que no seas canadiense, ni católico, ni siquiera humano. Si alguna vez pudiste entrar en algo parecido al espíritu del campamento, te verás reflejado en Paul y sus compañeros.

Ando intentando desvelar las claves que hacen de Paul va a trabajar este verano un tebeo absolutamente necesario en tu (sí, te hablo a ti) educación sentimental, pero me es imposible. Si acaso, puedo contar cómo a mí me atrapó el torrente de sentimientos sutilmente desplegados sobre cada una de las viñetas. Puedo decir como me apasionaron las intrahistorias de un campamento demasiado perfecto para ser real. O recordar escenas como la de la primera escalada de Paul, la subida al monte junto a Marie o los días de lluvia y barro con los mayores.
Puedo intentar describir con palabras la indeleble huella que deja este comic en quien lo lee, pero nada podrá igualar las hermosas cotas a la que Rabagliati llega en toda la secuencia de la bajada de las canoas, desde el autobús hasta las estrellas. O en la bellísima y conmovedora escena final.
No se si Michel Rabagliati, canadiense de trazo clásico, vivió realmente las experiencias que nos cuenta en su Paul va a trabajar este verano. Intuyo que hay parte de verdad y parte de ficción, como corresponde a los buenos autores. Lo que sí tengo claro es que sus historias, ésta al menos, me ayudan a vivir, a comprender mis propios sentimientos y a mirar hacia atrás con nostalgia. Como Ghost World, pero sin el cinismo.
Han pasado dos días desde que me acabé el tomo con el que la editorial riojana Fulgencio Pimentel se estrena en esto de los comics y aún tengo el corazón en un puño, pero no quiero volver a empezar a leerlo para no tener que dejar que termine de nuevo. Como me dijo el otro día alguien sin duda más sabio, hay cosas que es mejor tener siempre a medias. En cualquier caso, y como dice Jonathan Richman, “that summer feeling is gonna haunt you the rest of your life“.
WHAT TO DO NOW?