
!Hey! Décadas llevo tratando de encontrar el punto de no retorno, ser la resurrección y montar unas buena fiestas en Chelsea que ni el cojo Manteca. Pero la única opción que siempre me ha quedado ha sido la de oír discos como éstos.
6. Closer Joy Division (1980)
Otra columna fundamental en la educación de cualquier adolescente de finales de siglo pasado y comienzos de éste. Es abusrdo imponer una distancia imposible con las cosas que nos machacan por dentro. Ian Curtis lo intentaba con sus letras y, junto a su grupo, con una música densísima, aunque llena de espacios vacíos, que usaba los silencios, pero nunca los dejaba aparecer. Closer no sólo es un disco más dramático pero menos efectista que su predecesor (Unknow Pleasures), sino que además es un disco moderno incluso cuando sintetizadores como los de Isolation o Heart & Soul hayan pasado de moda, al menos, un par de veces desde entonces. Sigue teniendo una profundidad tan angustiosa, a veces tan alemana (Decades, A Means To An End, Atrocity Exhibition o The Eternal suenan con la frialdad emotiva del Berlín de Brian Eno, no del de Lou Reed), que no resulta cómodo entrar entre sus notas. Y aunque su uso y disfrute desgaste varias de las canciones (personalmente, Twenty Four Hours ya me resulta inaudible) el conjunto es aún una piedra de toque fundamental. Excesiva también, como corresponde a los grandes discos tristes. Un disco que cada vez me doy cuenta es más para una escucha personal, demasiado íntimo como para romper su atmósfera oyéndolo junto a otra persona.
5. New Order Technique
El Forever Changes de la generación acid, con un grupo bandera mostrando las miserias de la época a la par que encadena una sarta de himnos definitorios del sonido que marcó el final de una década. Un disco en el que las apariencias de alegría y sonrisa en la cara ocultan tanto como la frase de Round & Round: The picture you see is no portrait of me / It’s too real to be shown to someone I don’t know. Así, en plena época de fingir que todo va bien, de inventar un falso segundo verano del amor, New Order se encargan de quitar las caretas de los demás analizando la propia intimidad. Y no es extraño que en una canción de desorientación pastillera como Mr. Disco aparezcan una frase absolutamente descriptiva de tanto exceso: Ibiza, Mallorca, and Benidorm too I’ve searched all these places but never found you. Si antes íbamos por la vida perdiendo trenes y cogiendo resfriados, ahora ya perdemos hasta las neuronas mientras saltamos de fiesta en fiesta.
Desde el ácido comienzo de Fine Time (ácido por discotequero y por esa letra casi pederasta y socarrona: But I’ve never met a girl with all her own teeth / That’s why I love you babe ( ) you’ve got style / You’ve got class / But most of all / You’ve got love technique) hasta el oscuro final del dramapop Dream Attack (donde el amor es a la vez inevitable, deseable y agobiante), Technique es una voltereta genial en la carrera de un grupo capaz de sobrevivir a todo, excepto a su propia senectud (como demuestran su últimos discos y directos).
4. Stone Roses Stone Roses (1989)
A finales de los 80 llegó un nuevo verano del amor, aunque en esta ocasión tenía más que ver con las drogas que con el buen rollo hippie. Smile había querido gritar Brian Wilson 20 años atrás, pero sólo el Acid se había atrevido a darle forma a esa sonrisa. El pop de la década en la que la industria más controló las listas estaba contaminado por clones de clones de artistas que una vez merecieron la pena, pero que ya sólo divagaban. Y Manchester, propulsada por la locura que habían encendido New Order y que Happy Mondays habían convertido en fiesta desenfrenada, se había transformado en Madchester. Con ella, toda una generación indie que, sin apenas posibilidad de agarrarse a un grupo de pop inglés vital, se había lanzado a las pistas de baile.
De toda esa locura salió el que sería el disco más recordado de Madchester. Curiosamente, también el menos bailable, el más sesentero, el que tenía los estribillos más tangibles, el que no parecía dispuesto para las noches locas. No lo parecía, aunque lo estuviera: pocas secciones rítmicas del dance pudieron igualar la mestría con la que Mani y Reni ponían a cien las canciones. Lo vieron los remixers, que no tardaron en convertir a Stone Roses, el disco, en la banda sonora perfecta para el hedonismo juvenil.
Pero había algo más que una mina de oro en la sección rítmica de los mancunianos. Había un guitarrista imaginativo, en estado de gracia, capaz de crear estribillos sonoros, sin letra, y de reinventar la mejor tradición británica. Se llamaba John Squire y fue uno de los culpables de que los jóvenes ingleses no abandonaran para siempre el pop en busca de nuevas sensaciones.
Y aún había más razones. Por allí pasaba un vocalista chulesco y arrogante a la vez que indolente y pasota. Alguien que te escupía en la cara frases epatantes como quiero ser adorado o soy la resurrección o no pares, pero era como si te las susurrase, como si cayeras en una hipnosis profunda que, de vedad, te obligase a adorarlo, a verle como a un mesías, a no dejar de poner sus discos.
Aquello fue cosa del destino, de un golpe de suerte tal vez. Ellos nunca volvieron a insinuar ni siquiera la cuarta parte de lo que consiguieron con este disco. Su historia es triste y, para muchos, eso resta valor a su debut. Peor para quienes así lo piensan, que son incapaces de ver que, aún hoy, Stone Roses sigue siendo toda una revelación.
3. Doolittle Pixies (1989)
Algo en este disco provoca euforia y aún no sé qué es. He intentado descifrar sus secretos, en busca de la piedra filosofal del pop alternativo, pero nunca se deja. Se oculta bajo la apariencia de ser tan sólo un conjunto de buenas canciones, producidas con intención de masa, de limar las aristas y pulir las complejidades conceptuales de sus experiencias anteriores. Quiere convencernos de que es sencillo sonar como Monkey Gone To Heaven o Here Comes Your Man, con esa capacidad adictiva. Nos quiere embaucar: algo así lo han hecho otros antes mil veces. Así pretende ocultarnos su fórmula magistral.
Lo peor es que lo logra: la primera vez que lo escuchas sabes que no has oído nada igual, pero te suena terriblemente familiar, como si siempre hubieses necesitado que alguien te cantase canciones así. Te montas en la cresta de una ola con la buñueliana Debaser y ya no te bajas hasta la explosión épica en menos de tres minutos de Gouge Away. Mientras unos se pasan la vida buscando una melodía que echarse a la cara, los Pixies van y regalan quince. Así, de una tacada, sin temblar.
No lo quieren reconocer, pero esto es pop pervertido. Los Pixies miraban las canciones de otros y les aplicaban el mismo tratamiento que el señor Humbert con Lolita: lo que a ojos de otros era una simple niña, sin encanto alguno, en la mente de Humbert se volvía el más puro placer carnal que el hombre pudiese divisar. De igual manera, Black Francis y compañía observaban los ritmos anodinos, los estribillos simplones y las voces sin garra de otras bandas de los 80 y en su mente les daban los toque precisos (un grito punk, un bajo bubblegum, un acompañamiento lo mismo hardcore que noise que sacado del pop de chcias de los 6) para convertirlas en imortales. La diferencia es que mientras a Humbert le perdió su Lolita imaginada, a los Pixies la jugada les salio bien y cambiaron el pop underground para siempre.
Pocos se enteraron, pero los que lo hicieron no volvieron a ser los mismos. La euforia de la que les hablaba en un principio fue transformada en rabia adolescente por Nirvana y Lolita se quedó a vivir entre nosotros, ya cada vez más manoseada por los mayores que querían jugar con ella. Muchos otros han hecho del pop independiente un lugar de buenas canciones, pero nadie ha sido capaz de igualar el impacto de los discos de los Pixies.
2. And Don´t The Kids Just Love It Television Personalities (1980)
Jamás he visto un disco que engañase tanto. Bajo su apariencia juvenil, divertida y destartalada se esconde una tragedia personal, la de Dan Treacy, a la que no deberíamos hacer tanto caso, a no ser que queramos convertirlo en el nuevo Brian Wilson, una marioneta a la que poder manejar a nuestro antojo y que nos sirva para dar conciertos nostálgicos.
Dijo Kurt Cobain que el único grupo que siempre que se lo ponía le hacía llorar eran los Television Personalities. Y ésa es la opinión que se está generalizando hoy en día. Nos centramos en las letras y nos olvidamos de lo más importante en un disco: el sonido.
And Don´t The Kids Just Love It es la antesala de todo la música que se considere indie. Pongamos que hoy nace un grupo que se llama, yo qué sé, los Roulettes y que tocan pop desenfadado, sin preocuparse demasiado por saber tocar o por ligar las melodías. Pero, al final, todo les cuadra y de su disco esquemático salen buenos himnos. Los Roulettes nunca citarán a Television Personalities como influencia. Y no es que se hagan los interesantes (eso comenzará un poco más tarde, cuando ya sean famosetes), sino que será verdad. Pero los Personalities habrán influido a cualqueira que sea el grupo indie primerizo que les hizo empuñar una guitarra.
Tres acordes y ni idea de saber tocar. Con tantos punks a tiempo parcial, los TV Personalities decidieron escoger la senda de Syd Barret (le dedicaron una canción dulce con grito de enfado final) mezclada con unos posos de melancolía de finales de los 50 (pienso en ese punteo de guitarra de Diary of a Young Man, por ejemplo) y frita al estilo Nuggets. Ninguno de los garages estadounidenses de los 60 en los que la psicodelia se practicaba con escasos medios y muchas ganas sonó como ellos, pero en este disco parece como si Dan Treacy hubiese estado allí.
En las 14 canciones de este disco hay una euforia musical, una capacidad para crear ganchos, para hacer que ese sonido basura sea una parte más de su atractivo. En estos tiempos, en los que la tecnología hace que cualquier grupo suene como los U2 de Acthung Baby, en los que los programas de producción podrían hacer hasta que yo cantase bien, And Dont´t The Kids Just Love It es suficiente para darnos cuenta de que habremos ganado en calidad sonora, pero no en mejores canciones. Parties In Chelsea, Jackanory Stories, This Angry Silence o cualquier otra son las canciones que se repiten en la radiofórmula celestial . Porque si hay Dios, seguro que es fan de los Television Personalities.
De sus letras duele hasta decir algo. Que bajo esa aparente música infantil (en el sentido más positivo de la palabra) haya historias de familias en descomposición de, suicidios de esquizofrénicas adolescentes, tardes en las que vas a buscar a un viejo amigo y resulta que nunca exisitió, rabia Muchas veces dan ganas de no saber qué canta Dan Treacy para poder seguir disfrutando de su música. Si reparas en algunas frases ( But just like life there’s a good beginning but there is no middle / So you may as well skip to the end / It’s the same old story / And I’ve heard that story a thousand times before; ¡buff!), ya todo cambia.
Créetelo. Si aún no los has escuchado con atención, puede que no te hayas dado cuenta de que son el grupo de tu vida.
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