
¿Hay alguien que puede llevar la responsabilidad de haber dado nombre a un estilo musical y ser capaz de no enaltecerse ni ser vícitima de la vanidad, sino de seguir trabajando en la música? Sólo alguien realmente apasionado de la música, sólo alguien que ha estado allí, ha conocido a todos los protagonistas y, sin embargo, nunca ha sacado la cabeza por enciam de ellos.
Legs McNeil y Gillian McCain fueron los editores del fanzine Punk, que sirvió para dar nombre al movimiento que cambió la música a finales de los 70. Su nombre (tradúzcanlo como basura, inadaptado, lo peor de la sociedad) fue también el de toda una generación surgida de los años de plomo, de las crisis económicas, del final de los ideales hippies y del comienzo de la psicosis drogadicta. A finales de los 90, McNeil y McCain reunieron todas sus conversaciones, todos sus años de experiencias, en el libro definitivo sobre el estilo: “Mátame, por favor”.
Los músicos son los grandes protagonistas del relato. Los dos autores sólo intervienen para seleccionar las declaraciones. No hay textos introductorios ni parrafadas teóricas: “Por favor, mátame” es tan sólo una sucesión de declaraciones de las estrellas del punk. Son todos los que están y casi me atrevería a decir que están todos los que son (los que fueron): Iggy Pop, las Velvet, Johnny Thunders, los New York Dolls, Malcom McLaren, Sex Pistols, los MC5, Television, etc… Prácticamente todos los músicos que creáis que fueron claves en el punk pasan por las páginas de un libro apasionante y esclarecedor.
En “Por favor, mátame” no se esconden los defectos de un estilo quizás poco coherente. Tal vez la culpa sea nuestra, por pedir coherencia de ideas a un grupo de chavales que, en todo el mundo, lo único que tenían en común era reaccionar contra el status quo establecido: en la música, contra los grandes dinosaurios de los 70 (Pink Floyd y el rock progresivo a la cabeza); en la vida diaria, contra una sociedad que negaba a la juventud hasta el derecho a la queja.
Las drogas son otro de los ejes centrales: los subidones, las fiestas de speed, la mezcla de sustancias tóxicas y adrenalina que permitía a Iggy Pop ser la mayor bestia sobre un escenario. Pero también los bajones, las decepciones, las caras demacradas, las adicciones que llevan al abismo, y finalmente las muertes por sobredosis e incluso los asesinatos (Sid y Nancy, las caricatura del punk como forma de vida).
La violencia como válvula de escape y la explosión de creatividad trasladada a la música, los fanzines, la ropa, los conciertos; todas las caras del punk quedan perfectamente plasmadas a través de los comentarios, a veces ácidos, otras tiernos (no todo en el punk son dientes apretados), pero siempre interesantes.
Poco queda hoy de aquella explosión de ideas, aunque sí lo más importante: buenos discos, buena música y (aunque parezca mentira en un movimiento que dio cobijo a algunos de los más grandes idiotas de la historia de la música) la necesidad de hacernos pensar.
Aunque la edición española del libro está agotada, Discos Crudos tiene prevista una reedición con añadidos para este año. Imprescindible en sus bibliotecas, les hará pasar mejores ratos que el último de Harry Potter
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WHAT TO DO NOW?